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Historia
El hierro y el martillo
La tesis materialista de que el ser humano es el producto de sus circunstancias establece, desde luego, la exigencia progresiva de transformar, en primer lugar, el medio ambiente social.


¿Quién hace la historia? ¿Los seres humanos hacen su propia historia o, por el contrario, son productos de ella? ¿La idea o dictum de que los seres humanos hacen la historia se opone a la tesis materialista esencial según la cual los seres humanos mismos son productos de la historia?

La tesis materialista de que el ser humano es el producto de sus circunstancias establece, desde luego, la exigencia progresiva de transformar, en primer lugar, el medio ambiente social. Desde esta perspectiva, la virtud humana depende de la disposición de relaciones sociales racionales. Sin embargo, la transformación efectiva del entorno social, esto es, la “reforma del medio ambiente”, requiere a su vez de “reformadores”. “Pero, ¿de dónde surgirán si, para convertirse en reformadores, primero deben ser reformados por el medio ambiente?”. Dicho de otro modo, “el educador debe ser educado”.

Este problema se puede ilustrar con el ejemplo de la tecnología: “Para forjar hierro se necesita un martillo y para tener un martillo hay que fabricarlo, para lo cual se necesitan otros martillos y herramientas, y así hasta el infinito; por lo tanto, alguien podría tratar de demostrar que los seres humanos no tienen ninguna posibilidad de forjar hierro”.

Los materialistas franceses del Siglo XVIII sostenían que la historia de la humanidad se explicaba como resultado del desarrollo de las relaciones sociales. “El hombre es todo educación”. Desde este punto de vista, las ideas no significan nada; el medio ambiente lo significa todo: la historia es un proceso sin sujeto. En suma, la historia hace a los seres humanos. Ellos mismos son productos de la historia.

Sin embargo, esta visión generaba una contradicción irresoluble: si el ser humano es producto de su entorno, ¿qué explica entonces la transformación del propio entorno social, el desarrollo del medio ambiente social, la historia de las relaciones sociales? Ante este problema, los materialistas franceses daban un giro: aseguraban que la sociedad estaba determinada por las opiniones e ideas humanas. En otras palabras, el mundo está gobernado por las opiniones: el ser humano es, pues, el sujeto de la historia. En resumen, los seres humanos hacen su propia historia. Son ellos quienes producen la historia.

Se caía así en una paradoja: por un lado, el ser humano era fruto del medio ambiente: esto es, los individuos son productos de su situación; por otro, ese mismo entorno era producto de sus ideas: es decir, son los seres humanos quienes hacen la historia (el medio ambiente es fruto de las opiniones). Incapaces de resolver este dilema, los materialistas franceses adoptaron, finalmente, el punto de vista de la interacción: el medio social influía en los seres humanos, quienes, a su vez, influían en su medio. 

Desde esta perspectiva, el dilema parece irresoluble. Bajo estas condiciones, alguien podría tratar de demostrar que, en efecto, los seres humanos no tienen ninguna posibilidad de forjar hierro.

Sin embargo, esta dicotomía se rompe si el problema se traslada al plano de la práctica. La salida se encuentra, de hecho, en la actividad revolucionaria, la única capaz de cortar este nudo gordiano. En el Fausto de Goethe, al intentar traducir el Nuevo Testamento a su “alemán querido”, el protagonista homónimo otorga la preeminencia creadora a la “Acción”. Resulta claro que los “seres humanos actúan antes de argumentar. Y la actividad humana había ya resuelto la dificultad antes de que el sofisma humano la inventara”.

La acción establece, de hecho, la inseparabilidad de ciencia y potencia, la coincidencia de conocimiento y poder: la actividad revolucionaria realiza, en fin, la síntesis entre el conocer y el hacer. Así pues, “lo verdadero es lo hecho”: “the proof of the pudding is in the eating”. En este sentido, “el problema de si al pensamiento humano se le puede atribuir una verdad objetiva no es un problema teórico, sino un problema práctico”.

En conclusión, la transformación del medio ambiente social coincide con la transformación de los propios seres humanos en el momento de la práctica revolucionaria. En otras palabras, sólo la actividad revolucionaria resuelve la contradicción fundamental del materialismo francés.

En la lucha por cambiar sus circunstancias, por transformar su entorno, los seres humanos se transforman a sí mismos. Para transformar la realidad, resulta necesario comprenderla; pero nada se entiende verdaderamente sin acción. Esto es, la realidad no puede ser verdaderamente comprendida sin actuar sobre ella, sin transformarla. En suma: “no se conoce y no se comprende sino haciendo”. “En el principio fue la Acción”.


Escrito por Miguel Alejandro Pérez

Maestro en Historia por la UNAM.


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