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Historia
La Revolución Mexicana de 1910: gato por liebre
El proceso revolucionario de 1910-1917 es un momento constitutivo del carácter capitalista del Estado mexicano.


El proceso revolucionario de 1910-1917 es un momento constitutivo del carácter capitalista del Estado mexicano. En este proceso, las masas desempeñaron un papel fundamental, pues su acción en armas determinó el fin del porfiriato; pero quienes salieron ganando no fueron ellas.

Martha Harnecker menciona que las masas hacen las revoluciones sociales, no las personalidades por muy grandes que éstas sean. Aquí hay que hacer una precisión, pues no sólo se trata de que las masas participen, es decir, que se movilicen y luchen con las armas en mano como en 1910, sino que se involucren en la dirección del movimiento para que sus intereses se impongan.

En la Revolución, quienes dirigieron el movimiento, no representaban los intereses genuinos de la población. Madero, el llamado “padre de la democracia”, en esencia, sólo buscaba un cambio político, no una revolución social, su traición a los mexicanos se concreta en los Acuerdos de Juárez, con los que dejó completamente a un lado la reforma social que había prometido, por ejemplo, a los campesinos del Ejército Libertador de Sur para ganarse su apoyo. Desde ese momento quedó claro que la democracia en México no significa mejorar la vida de las clases trabajadoras, sino simplemente que los ricos se repartan el poder, simulando hacer caso a la voluntad del pueblo. Tras la firma del tratado, Madero siguió una campaña para el desarme de los grupos rebeldes y un combate directo contra aquellos que se oponían, como los zapatistas. Ese abandono de las causas populares determinó la caída de Madero.

En la siguiente etapa de la Revolución, para luchar contra Huerta, nuevamente las masas se sumaron al combate, demostrando una vez más su capacidad de sacrificio. Aquí se dejan ver dos liderazgos populares, Villa y Zapata, pero que lamentablemente carecieron del proyecto de nación necesario para consolidar el proceso revolucionario a su favor. Carranza, el Primer Jefe, nunca aceptó la participación de Villa ni la de Zapata, porque los combatió junto a otro terrateniente como Álvaro Obregón. Con la derrota de Villa y Zapata, las masas quedaron otra vez a merced de los intereses de las clases dominantes.

Aunque en la Constitución se plantearon temas respecto al trabajo y la tierra, en los hechos hicieron todo lo posible para no llevarlos a la práctica. La reforma agraria tuvo que esperar hasta el periodo de Cárdenas para ver algún avance, pero sólo eso. El pueblo mexicano ha tenido que luchar para que sus derechos se concreten en la realidad; concluido el proceso revolucionario, inició la lucha por hacerlos efectivos, que hasta el día de hoy no termina.

Regresando a Martha Harnecker, podemos afirmar que para que las masas no sólo sean “carne de cañón”, es indispensable la educación política de éstas, es decir, que la masas comprendan su papel en la sociedad y que sepan que la solución a sus problemas no radica en cambiar a la persona del poder, sino a la clase social a la que representa; que sepan que pertenecen a una clase, y mientras esa clase no esté en el poder, seguirán sometidos a los intereses de una clase ajena.

Hoy, la “Cuarta Transformación” está en el poder; y a pesar de que se proclama defensora de las causas populares, sigue la misma lógica de hace cien años: utilizar a las masas para cumplir con sus propios intereses de clase.

Por tanto, ampliar el horizonte político de las masas hará que éstas se planteen objetivos políticos de largo alcance, que vayan más allá de las mejoras inmediatas de su situación económica. Además, los blinda ante los discursos de la falsa izquierda que los busca en las campañas electorales. Éste es un trabajo lento, difícil porque el sistema mismo se encarga de alejar a las masas de la cultura, del conocimiento, para que ellas no exijan como corresponde hacerlo. Los bombardean con propaganda que los mantiene sumisos, callados ante la injusticia y hasta justificando la existencia de la pobreza y la desigualdad. Pero si realmente queremos que no suceda lo mismo que en 1910, que no les den “gato por liebre”, es necesario comenzar la educación política del pueblo de México. 


Escrito por Diego Martínez

Sociólogo por la UNAM.


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