La evidente derrota bélica y ética del imperialismo en Ucrania exhibe sus lacras.
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Hace unos años el mundo era regido por una jerarquía internacional establecida por un monarca triunfante, el capitalismo occidental, y dirigida por Estados Unidos (EE. UU.) y Europa. Los dueños del mundo, coronados, entraron al tercer milenio; habían derrotado a su único contrincante real del Siglo XX, la Unión Soviética, y desde 1991 pudieron hacer y deshacer con amplias libertades. Pero esa unipolaridad, con un imperio único e incontestable, peligra con la nueva multipolaridad sino-rusa. En estas circunstancias, la intención de abandonar Ucrania aparece como un replanteamiento razonado de la estrategia estadounidense.
El científico francés Emmanuel Todd (en La derrota de Occidente) entiende este nuevo tablero mundial como un escenario donde países poderosos con una profunda cohesión nacional (China y Rusia) están enfrentados al primer mundo euroamericano caracterizado, fundamentalmente, por una decadencia generalizada. Esta característica explicaría la ausencia de racionalidad en las decisiones políticas occidentales –como provocar y sostener la guerra en Ucrania, a pesar de que siempre fue claro que Rusia ganará. Es así en tanto que a esa decadencia la sustancian, entre otras cosas, dos circunstancias: 1) el desmoronamiento interno, nacional, cultural y socioeconómico, de los pueblos del denominado “Occidente colectivo” y, 2) la desaparición de los viejos Estados-naciones, es decir, el divorcio entre las élites dirigentes y los intereses nacionales comunes, así como el mayor compromiso entre los Estados occidentales y los intereses trasnacionales emanados de la globalización capitalista. De esa manera, lo que se observa, cuando menos a partir de la lectura de Todd, es una suerte de automatización del imperialismo occidental, que el autor denomina posimperialismo, en favor del gran capital globalista y en detrimento de los pueblos de Europa y Norteamérica.
En el escenario actual, donde la multipolaridad es un hecho, los posimperialistas actúan en los términos de su supuesto (pero infundado) dominio global. Así, entonces, el Occidente colectivo es irracional al tomar decisiones y esto resulta una desventaja frente a Rusia o China, quienes cuentan con buenas dosis de identidad entre sus pueblos y sus Estados; resguardan principalmente sus intereses nacionales; pueden delinear objetivos geoestratégicos concretos relacionados con sus límites reales y todo lo anterior los capacita para atacar de manera adecuada aquellas amenazas que consideren existenciales para su Estado-nación.
Pues bien, bajo esa lectura, la insistencia de Trump por sacar a su país de la guerra de Ucrania y de la OTAN puede entenderse como un intento por revirar su política exterior hacia un camino orientado a defender la integridad del capitalismo estadounidense. Esto se sigue, por ejemplo, del análisis que ofreció recientemente el profesor John Mearsheimer ante el Parlamento Europeo, en su discurso El futuro desolador de Europa (Europe’s Bleak Future, Bruselas, 10 de noviembre de 2025). Este politólogo sostiene que, si bien Rusia es una potencia muy poderosa, la verdadera lucha de EE. UU. está en China, pues ésta ha crecido ininterrumpidamente desde la década de 1990 y, gracias a su hoy insuperable capacidad económica, a su crecimiento demográfico y a sus capacidades bélicas, ha llegado a ser la única potencia capaz de disputar a Occidente el liderazgo del mundo. Trump entiende así las cosas cuando menos desde su primer mandato y, en consecuencia, está dispuesto a abandonar a la debilitada Europa, que no despierta el mismo interés geoestratégico de los tiempos del bloque comunista, y a dejar la lucha (perdida) contra los rusos, para concentrar todos sus esfuerzos sobre el verdadero reto global asiático.
Evidentemente, las élites europeas se niegan a ceder, pues entienden que el abandono estadounidense significará no sólo una aceleración de la victoria rusa, sino, simultáneamente, la derrota de Europa. No obstante, si Norteamérica permaneciera metida en ese viejo continente, el triunfo del Kremlin llegaría necesariamente y, en cambio, no podría hacerse nada contra China quien, sin obstáculos, se engrandecería aún más. Así, si EE. UU. no sale hacia el Pacífico, la preeminencia mundial de Occidente no tendrá ninguna oportunidad más frente a la catástrofe que se vislumbra. Así, entonces, hoy la mejor salida para conservar el imperio, por lo menos durante unos años más, es sacrificar a Europa y concentrar fuerzas, recursos financieros e intereses en las lejanas tierras de Asia Oriental.
La evidente derrota bélica y ética del imperialismo en Ucrania exhibe sus lacras.
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Escrito por Anaximandro Pérez
Doctor en Historia y Civilizaciones por la École de Hautes Étus en Sciences Sociales (EHESS) de París, Francia.