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Historia
La otra patria: el desierto de Manuel José Othón
En el contexto del proceso de modernización capitalista en México surgió, hacia finales del Siglo XIX, la perspectiva del llamado “nacionalismo bucólico”, representada por uno de los últimos exponentes del romanticismo mexicano: Manuel José Othón.


En el contexto del proceso de modernización capitalista en México surgió, hacia finales del Siglo XIX, la perspectiva del llamado “nacionalismo bucólico”, representada por uno de los últimos exponentes del romanticismo mexicano: Manuel José Othón (1858-1906). Poeta antimoderno, Othón lamentaba el “exceso de civilización” y elaboró una visión idílica del país fundada en la exaltación de la naturaleza.

Othón propuso, en efecto, un modelo de nación basado en la estetización de la naturaleza, articulando una forma de “patriotismo bucólico” orientada por el ideal de una “patria verde”. Sin embargo, dentro de esa misma estetización de los paísajes aparece un poema singular que introduce una visión del territorio muy distinta del edén bucólico. Se trata de En el desierto, subtitulado Idilio salvaje, publicado póstumamente en 1906. Aunque varias ediciones invirtieron las frases o redujeron erróneamente el título, el poema no es tanto un “idilio” ni un canto a lo “salvaje”, sino más bien una composición paisajística que describe un entorno concebido como “catástrofe geológica”, donde la soledad árida del paisaje produce desolaciones metafísicas.

El poema telúrico de Othón presenta así una imagen estetizada del desierto que, como ha observado José Joaquín Blanco, “anticipa la otra patria, el paisaje macabro”, en contraste con la edénica “patria verde” promovida por el nacionalismo bucólico finisecular. El desierto aparece como una “llanura amarguísima y salobre” bajo una atmósfera candente y asoladora, donde “se incrustan las águilas serenas, como clavos que se hunden lentamente” y donde imperan el silencio, la lobreguez y un pavor apenas interrumpido por “el galope triunfal de los berrendos”.

Aunque el desierto que columbra Othón como “llanura hosca e inexorable” o “lontananza dolorida” se distingue de la visión idílica del México rural propuesta por el bucolismo patriótico, cabe sugerir que esa “sabana adusta” funciona, en última instancia, como un horizonte escatológico frente a la modernidad industrial incipiente. Se trata, en otras palabras, de una estetización de la naturaleza que se levanta en oposición a la técnica moderna.

En este sentido, un eje central es la tensión entre tradición y modernidad que colapsa en el desierto. El nacionalismo bucólico evocaba un México tradicional, armónico, católico y holístico, y lamentaba su disolución bajo el empuje de la secularización y del desarrollo económico.

Un segundo eje es la oposición entre campo y ciudad. Con la modernidad, la ciudad –y ya no el campo– comenzó a concebirse como el espacio privilegiado de lo humano y como sede del progreso técnico. De acuerdo con Carlos Marx, si en la antigüedad la historia tendía hacia la ruralización de la ciudad, en la modernidad se impone el proceso inverso: la urbanización (o modernización) del campo. Desde este punto de vista, una condición fundamental del capital, además del trabajo libre, es la separación del trabajador respecto a los medios materiales de producción, es decir, su desvinculación de la tierra como su “laboratorium natural”. Este proceso supone la disolución tanto de la pequeña propiedad agrícola como de la propiedad comunal basada en la organización rural colectiva.

De esta lógica se desprende que, al dejar de ser la tierra el centro de la historia, los campesinos quedan desplazados de ella; y que tampoco tienen lugar en la historia moderna, pues el desarrollo de las fuerzas productivas exige eliminar tanto la pequeña propiedad como la antigua organización comunal. En la concepción histórica del progreso capitalista, el campesinado está destinado a desaparecer.

En México, la agricultura mantuvo una estructura de tipo feudal desde la Colonia hasta la Revolución. No fue sino entre 1910 y 1952, cuando la ciudad desplazó al campo como eje de la vida nacional, con la consolidación del sector industrial, que el país pasó gradualmente de una fisonomía rural a otra predominantemente urbana.

En ese contexto, el “patriotismo bucólico” decimonónico promovido por poetas como Othón percibía una patria “tentada por la industria”, lo que producía una oposición tajante entre capital y provincia, entre ciudad y campo. La ciudad aparecía entonces como espacio de decadencia moral, mientras la provincia era imaginada como una Arcadia relativamente inmutable, cuyos valores estéticos y éticos se oponían a la civilización industrial.

Desde esta perspectiva, la provincia rural representaba el alma de México: un espacio idílico amenazado por el progreso, sostenido por comunidades relativamente autónomas y ancladas en prácticas tradicionales. El nacionalismo bucólico rechazaba así la ideología urbana y defendía la identidad rural, anticipando el ocaso de un México católico, agrario y provinciano ante el avance modernizador de las primeras décadas del Siglo XX. 


Escrito por Miguel Alejandro Pérez

Maestro en Historia por la UNAM.


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