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Hitler representaba al imperialismo alemán y tenía como propósitos principales, primero, adueñarse del mundo entero, crear un gran mercado para las empresas alemanas y apoderarse de todos los recursos necesarios para su expansión; en este intento chocaba con las otras potencias imperialistas que aspiraban a lo mismo: el dominio total del mundo para ellas solas. Pero el otro propósito, y no menos importante, era destruir el régimen comunista soviético, y en esto coincidía totalmente con las otras potencias, sobre todo Estados Unidos (EE. UU.) e Inglaterra. Es de antología la belicosidad anticomunista de Winston Churchill. Esta profunda identificación entre todas las potencias capitalistas, tanto aliadas (EE. UU., Inglaterra y Francia) como del eje fascista (Alemania, Italia y Japón), se manifestó durante la guerra y perdura como lazo histórico que conecta el pasado y el presente. Durante la guerra fue evidente el odio compartido hacia el comunismo, que llevó a los aliados a evitar el enfrentamiento total y el choque a muerte con el régimen nazi.
Ya en vísperas de la rendición de Alemania se hizo más ostensible esa afinidad. Refiriéndose a la situación prevaleciente en marzo de 1945, cuando el régimen nazi estaba por colapsar y Hitler preveía su inminente derrota, el mariscal de la Unión Soviética Georgui Zhukov menciona en sus Memorias y reflexiones un documento confidencial sobre negociaciones secretas entre mandos nazis y oficiales aliados: “… los alemanes proponían a los aliados cesar la lucha contra ellos si éstos accedían a una paz por separado en cualesquiera condiciones” (Pág. 270). Esto es, el enemigo común era la Unión Soviética.
Para mayor evidencia, Zhukov alude a la directriz expresa del Führer respecto a la rendición de Alemania: “En el momento de la caída de Berlín, Hitler (…) lanzó la consigna: Vale más entregar Berlín a los norteamericanos y los ingleses que permitir la entrada de los rusos” (Pág. 296). Todavía un día antes de su rendición final, “Las tropas alemanas se retiraban precipitadamente hacia el oeste, tratando de entregarse prisioneras a las tropas norteamericanas…” (Ibid. Pág. 318).
Para desgracia de los nazis que esperaban cobijarse bajo el manto protector estadounidense, el ejército ruso tomó Berlín antes, y ya desde el 28 de abril los mandos soviéticos emitieron sin dilación un decreto fulminante: “… el partido fascista de Alemania y sus organizaciones eran disueltos y su actividad quedaba prohibida” (Ibid. Pág. 311). Allí el antagonismo era abierto, sin conciliación alguna. Mientras tanto, EE. UU. protegía los restos de la Alemania nazi y rompía la alianza de guerra con la Unión Soviética. Se manifestaba así abiertamente la lucha de clases entre el país comunista y todos los capitalistas.
El imperialismo estadounidense se abría de capa y exhibía su verdadera esencia. Elocuente al respecto es Ronald Powaski en su obra La Guerra Fría: Estados Unidos y la Unión Soviética, 1917-1991: “Así pues, en el espacio de unos cuantos días de febrero de 1946, el gobierno de Truman abandonó, de una vez para siempre, los intentos de satisfacer los deseos de la Unión Soviética. Las razones de la nueva política se dieron el 22 de febrero en un ‘telegrama largo’, de ocho mil palabras, que redactó George Kennan. Desde su puesto en la embajada norteamericana en Moscú, Kennan advirtió al Departamento de Estado de que la hostilidad soviética con respecto al mundo capitalista era inevitable e inmutable por ser la justificación del opresivo sistema totalitario que los comunistas habían impuesto al pueblo soviético. Kennan recomendó que, en vez de tratar de complacer al régimen soviético, EE. UU. se concentrara en contener la expansión del poderío soviético hasta que en la Unión Soviética se instaurara una forma de gobierno más moderada” (Powaski, Pág. 93). Esta posición se asemeja mucho al famoso discurso anticomunista de Hitler en Düsseldorf en 1932.
Después de la rendición de Alemania frente a la URSS, se instauraron los Juicios de Núremberg, promovidos por la Conferencia de Potsdam, para juzgar a los criminales de guerra nazis. Pero muchos de ellos gozaron de la protección del gobierno estadounidense, que ocultó o alteró expedientes para atenuar condenas, o evitó que todos los responsables fueran llevados a juicio. Pocos recibieron el castigo que merecían. La inmensa mayoría quedó impune.
Más aún, buena parte de los altos mandos militares y destacados científicos nazis fueron rescatados por EE. UU. “Muchos permanecieron en Europa y, lejos de ser perseguidos, fueron reclutados por las potencias occidentales para colaborar en la Guerra Fría contra la Unión Soviética. La OTAN, fundada en 1949, incorporó a antiguos oficiales de alto rango del ejército alemán e incluso a miembros de las SS como Reinhard Gehlen, quien dirigió una red de espionaje alemán contra la Unión Soviética, posteriormente absorbida por EE. UU.” (Resumen Latinoamericano, 11 de mayo de 2025).
El reclutamiento de nazis por EE. UU. se operó en absoluto secreto inicial, en el marco de la llamada “Operación Paperclip”, que arrancó en julio de 1945, es decir, a escasos dos meses de concluida la guerra, caído el régimen de Hitler y desatada ya abiertamente la Guerra Fría. Historiadores especializados estiman en mil 600 el número de científicos, médicos, técnicos, ingenieros y militares reclutados. La afinidad, pues, era manifiesta.
En 2001, la CIA desclasificó archivos que exhiben la contratación de varias de estas “celebridades”; entre otros integrantes de las SS destacan personajes como Klaus Barbie. También Wernher von Braun, quien fue ingeniero en jefe del programa de cohetes de Hitler y dirigió el desarrollo del misil balístico V-1 y V-2. En EE. UU., incorporado a la NASA, encabezó el programa de cohetes de viajes espaciales y fue director fundador del Centro Marshall de Vuelos Espaciales. También merece mención especial Kurt Debus, otro especialista en cohetes, que fue director fundador del Centro Espacial Kennedy.
Destacan, asimismo, “Otros científicos alemanes reclutados en la ‘Operación Paperclip’, como Walter Paul Emil Schreiber, médico infectólogo especializado en guerras bacteriológicas (que terminó sus días en Argentina), y el ingeniero químico Magnus von Braun, que acabó siendo un alto ejecutivo de Chrysler” (historia.nationalgeographic, 21 de enero de 2025). Varios de estos connotados nazis terminaron fungiendo como directivos o especialistas en empresas aeronáuticas o armamentistas, por ejemplo, en Lockheed Martin.
Estos casos, y muchos más, revelan la conexión histórica entre el nazismo de Hitler y el fascismo de EE. UU. y sus vasallos: el sionismo israelita, los líderes de la Unión Europea y los neonazis ucranianos. Siguiendo este hilo histórico de continuidad, resulta evidente que EE. UU. es el depositario del legado nazi, y que al igual que la de Hitler, su política es antagónica al progreso, la paz y el bienestar de los pueblos, de donde se deriva la imperiosa necesidad de que todos los explotados de la Tierra identifiquen esta amenaza y le opongan resistencia. Debemos aprender de la historia o, en su defecto, como dijo el filósofo español George Santayana, “Aquellos que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo”. Es decir, a sufrirlo de nuevo en carne propia.
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Escrito por Abel Pérez Zamorano
Doctor en Economía por la London School of Economics. Profesor-investigador de la Universidad Autónoma Chapingo.