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Historia
Todo se desmorona, de Chinua Achebe. Una denuncia del imperialismo colonialista
La novela es una obra notable y contiene una denuncia impecable de la destrucción de comunidades, costumbres y vidas por parte de los imperialismos occidentales.


Todo se desmorona es una gran obra de la literatura africana. Escrita por el autor nigeriano Chinua Achebe (1930-2013), fue publicada en plena Guerra Fría, en 1958, tan solo unos años antes de la independencia de Nigeria (1960). En términos generales, cuenta la historia de una familia de la comunidad igbo de Umuofia. No obstante, el libro es simultáneamente una denuncia contra la destrucción de los pueblos originarios por parte de los colonizadores ingleses, quienes se apoderaron por la fuerza de las tierras aledañas al río Níger desde el Siglo XIX.

La novela está dividida en tres partes. La primera comienza con la presentación del personaje principal. Okonkwo era un guerrero y agricultor muy apegado a las tradiciones religiosas, sociales y productivas de su comunidad. Esto, junto a su determinación y apego a los intereses comunes de Umuofia. le gana el respeto de sus vecinos. Su existencia ocurría tranquilamente. Con sus tres esposas y sus hijos dedicaba sus días a la producción de autoconsumo y ocasionalmente a las acciones guerreras de su pueblo, el más importante de la región. Sin embargo, esa vida relativamente apacible se ve interrumpida de manera abrupta. Okonkwo asesina por error a un vecino y esto, interdicho en la comunidad, provoca un exilio de siete años para él y para toda su familia. Respetuosos de las costumbres comunales, abandonan su tierra.

El exilio es el tema de la segunda parte del libro. La familia llega al pueblo de la madre de Okonkwo, Mbanta. A pesar de que están marcados por el crimen cometido, los vecinos reciben con agrado a los nuevos inquilinos y éstos se integran pronto a las actividades de su nueva comunidad temporal. Sin embargo, pronto aparece un elemento disruptivo, un religioso blanco inglés, acompañado por discípulos africanos que habían arropado la religión extranjera. Esta primera aparición se traduce muy pronto como el inicio de la erosión de los usos y costumbres aldeanos tradicionales. Mucha gente comienza a abrazar la nueva religión cristiana, entre ellos el primogénito de la familia protagonista; pero el conflicto escala hasta el punto en que la población comienza a sufrir divisiones y pleitos internos, entre cristianos y no cristianos. De la misma manera, comienza a correr información sobre la suerte trágica de los nigerianos inquietos: las autoridades blancas, que mandaban como punta de lanza de su conquista de los pueblos a los religiosos, no titubeaban en asesinar a los disidentes.

La tercera parte arranca con el retorno de toda la familia a Umuofia. El padre, orgulloso guerrero de su pueblo, confía en que los vecinos seguirían abrazando sus tradiciones. Sin embargo, el cristianismo y las autoridades coloniales también habían llegado a esta comunidad. Aunque aquí, a diferencia de Mbanta, los blancos actuaban con mucha mayor violencia. No sólo imponen sus leyes y su religión a los inquilinos, sino que, a raíz de una ofensa perpetrada por un converso al cristianismo, que causa el enojo del pueblo, el juez blanco secuestra a los líderes tradicionales (Okonkwo, entre ellos), los humilla y los mantiene encerrados durante un buen tiempo. Más adelante son liberados, si bien para este momento la división y los miedos hacia el nuevo gobierno eran profundos al interior de la comunidad. El pueblo se reúne para tomar una determinación, pero temeroso decide no lanzarse contra los blancos y Okonkwo, decepcionado, toma medidas por su propia mano que lo llevan a un final fatal. Su mundo quedó derrumbado desde el momento en que la comunidad se entregó al invasor sin luchar.

En suma, la novela es una obra notable y contiene una denuncia impecable de la destrucción de comunidades, costumbres y vidas por parte de los imperialismos occidentales. La situación que retrata el autor no fue, sin embargo, exclusiva de Nigeria. Todos los países colonizados por Occidente sufrieron suertes similares o, incluso, peores, ahí donde tomaron las armas contra el invasor. No obstante, también resulta evidente que un solo hombre, como Okonkwo, no significa nada a la hora de enfrentar a los opresores. Para esto es necesario que toda la comunidad afectada se reúna y, organizada, tome las armas para barrer al enemigo imperialista que lacera los intereses colectivos. 


Escrito por Anaximandro Pérez

Doctor en Historia y Civilizaciones por la École de Hautes Étus en Sciences Sociales (EHESS) de París, Francia.


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