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Opinión
Los detectives salvajes en La Guerra de Galio
Es evidente que Héctor Aguilar Camín eligió, sin ambages, contar una historia desde el poder con el discurso construido para reprimir la disidencia.


La historia del movimiento armado socialista en México comenzó a ser reconstruida, pieza a pieza y de manera profesional por historiadores comprometidos durante la década de 1980. Los primeros trabajos sobre la miríada de los grupos guerrilleros que florecieron durante los sesenta y los setenta se encontraron con inconvenientes, por ejemplo, la dificultad de ubicar su objeto de estudio ya que fueron incontables la cantidad de facciones, partidos y grupos que “pasaron a la clandestinidad” y resolvieron que el mejor recurso para sobrevivir y enfrentar a la burguesía en el poder era la vía armada, crear un foco guerrillero, formar un ejército del pueblo y luchar contra las fuerzas armadas del Estado represor.

A la proliferación de incontables focos guerrilleros se sumó otro problema: la falta de fuentes para reconstruir un relato que se aproximara lo más posible a la historia del movimiento armado socialista en México. ¿De qué manera reconstruir un proceso histórico si, en primera instancia, sólo había silencio, vacíos, negación, ocultamiento, destrucción de pruebas, desapariciones forzadas y sepultura de cadáveres? En todo caso, como lo ha escrito la historiadora Adela Cedillo, pionera e impulsora del rescate de la historia de la guerrilla en México, tanto los agentes de la represión como los sobrevivientes de la lucha armada prefirieron guardar un silencio sepulcral porque, según reveló un sobreviviente de la lucha armada, “la rebelión de los setenta nace en silencio, crece en silencio, vive en silencio”.

Una tercera dificultad fue la campaña ideológica de ocultación y linchamiento hacia la experiencia histórica de la guerrilla mexicana, una suerte de acuerdo tácito para despreciar, vilipendiar y ridiculizar la lucha armada. En este sentido operó, desde arriba, un desprecio intencional por la memoria de los luchadores sociales que decidieron unirse al movimiento armado socialista de México, en palabras de Cedillo, “la clase política, los medios de comunicación, el empresariado, el alto clero, las organizaciones sociales y la academia invisibilizaron el conflicto, minimizaron su importancia, soslayaron sus causas de fondo, negaron su sentido político asimilándolo a la delincuencia organizada, difundieron la imagen de los guerrilleros como terroristas, inadaptados sociales, lúmpenes o, en el mejor de los casos, como individuos idealistas”. Vituperados, los protagonistas de la guerrilla en nuestro país, cada vez van reclamando una vindicación de la memoria que ayude a entender las (sin)razones y las violencias del Estado y la opresión.

En este panorama, uno de los principales libros y quizá una de las explicaciones más reconocida sobre la guerrilla en México fue la novela La Guerra de Galio, de Héctor Aguilar Camín, publicada en 1990, que presumió, durante cierto tiempo, ser el non plus ultra de los años setenta en el país para explicar las causas y el desarrollo de la guerrilla en México. Gozó de una fama que lo situó como el gran conocedor de los problemas de la izquierda y de la lucha armada en el país y los esfuerzos por impulsar la ventilación de uno de los grandes problemas ocultos en los sótanos del sistema: la Guerra Sucia del Estado Mexicano, la persecución, la tortura, el asesinato contra los opositores políticos.

Y en cierto sentido, en una primera lectura, La Guerra de Galio parece ser el discurso de un narrador imparcial, atemperado, ajeno a los desplantes del radicalismo y a la obnubilación del dogmatismo y la ortodoxia; un simpatizante de las causas justas y un fervoroso denunciante de los excesos del poder, de los abusos de las fuerzas armadas del Estado, de los atentados contra la democracia y contra al avance de las garantías civiles e individuales y los ataques al marco jurídico constitucional y al Estado de Derecho.

Pero tras una relectura crítica, el roman a clef de Aguilar Camín palidece y se nos revela tal como es: una inconsistente y melodramática narración que allana el camino para la difusión del discurso hegemónico soporte de la razón neoliberal –como diría Rafael Lemus– que contribuyó a cambiar las dinámicas de opresión y explotación a partir de los gobiernos de Miguel de la Madrid y de Carlos Salinas de Gortari. Cabe reconocer que la intención de Aguilar Camín no es exculpar los crímenes y los abusos del Estado y del Ejército Mexicano durante la Guerra Sucia. La suya no es una voluntad deliberadamente malintencionada, no es un libelo agresivo ni propaganda contra las disidencias radicales ni trata de pasar por alto los abusos y los crímenes cometidos contra los revolucionarios de la época, aunque contribuye tímidamente a difundir la manida interpretación de los dos demonios: por un lado, el demonio del terrorismo; por otro, el diablo del terror del Estado.

Un contrapunto interesante para evaluar la narración de La Guerra de Galio puede ser la novela Los Detectives Salvajes, de Roberto Bolaño, publicada en 1998. Porque a pesar de que en muchos aspectos son incomparables, hay algunos momentos, algunas pulsiones, ciertas sensibilidades que nos sirven para dar cuenta de cómo se puede utilizar la voz narrativa para apuntalar y plegarse al relato del poder o para denunciar y distanciarse de los discursos hegemónicos.

Ambas novelas ocurren en la década de los setenta y otorgan especial importancia al año de 1976; el año del fin del sexenio de Luis Echeverría Álvarez, el año de la muerte de José Revueltas. 1976 también fue importante por dos cosas, en primera, por el ataque del echeverrismo a Excélsior y a Plural, el diario de mayor circulación que ejercía una crítica inapelable al gobierno y la revista literaria más importante de América Latina, dirigidas por Julio Scherer y Octavio Paz; en segunda, porque en 1976 el Ejército mexicano irrumpió en la Escuela Nacional de Agricultura para expulsar a los estudiantes espartaquistas que habían iniciado un proceso de autonomía de la universidad, frustrado por las élites agrícolas más importantes. Algunos de sus enemigos eran, nada más y nada menos, que descendientes de los sinarquistas, el fascismo mexicano. Estos dos acontecimientos formaron parte de la misma estrategia del tardoecheverrismo de purgas contra los disidentes y las facciones más críticas contra el Estado.

Una de las diferencias más notables entre las novelas es el lugar desde donde se narra. Es evidente que Héctor Aguilar Camín eligió, sin ambages, contar una historia desde el poder con el discurso construido para reprimir la disidencia. Destacan, por ejemplo, los altos funcionarios de primerísima línea, discutiendo los designios de la nación; los militares más destacados; los intelectuales más decisivos, Galio Bermúdez es Emilio Uranga (no revelamos el secreto a nadie), un Uranga dipsómano, maquiavélico, sórdido y caricaturesco, cruel y cínico. Un satanás que se mueve entre el vicio más procaz y los sótanos de tortura de las catacumbas de la Secretaría de Gobernación y de la Dirección Federal de Seguridad.

Hasta en el centro geográfico de la intelectualidad y la política de la Ciudad de México. La novela de Aguilar Camín siempre sucede en el Centro Histórico, en las colonias de Polanco, la Condesa; siempre en el Parque México o en los sitios favoritos de los poderosos, los límites del México de las clases potentadas, de las clases y las facciones de clases de los dirigentes del país. Todo se resuelve ahí; si alguna vez aparece Chilpancingo o Chilapa es sólo para burlarse del nombre provinciano de los periódicos locales o para denunciar algún crimen indecible, venal, de los oscuros mexicanos que habitan más allá de Cuautitlán Izcalli.

Las mujeres están ahí únicamente para ser deseadas y consumidas; para proporcionar el alivio moral a las tribulaciones de los superhombres a través de un hombro o un lecho que sirvan como resorte para activar las fuerzas ocultas de los héroes de la novela y acompañarlos a realizar su sino o, en última instancia, para respaldar todas las opiniones misóginas y reaccionarias que los personajes masculinos –y su autor Aguilar Camín– no se atreven a decir por boca propia. Por otro lado, mientras Bolaño habla desde los márgenes, Aguilar Camín nos plantea una escena cultural mexicana vivida únicamente por los intelectuales más afectos al régimen.

Pero si en algo falla miserablemente Aguilar Camín –y vaya que hay miserabilismo en su novela– es en entender el conflicto, y como su novela es portavoz de la línea de una “democracia sin adjetivos” cuando la protagonista guerrillera, después de haber sufrido en carne propia la represión estatal, logra transitar el proceso de apertura democrática y se encuentra con uno de sus torturadores, reflexiona: “hace siete años éramos enemigos de guerra, yo su prisionera y él mi interrogador. Hoy somos compañeros de cámara y los dos decidimos buscar la democracia. La única vía para el cambio político en México es la legalidad”. En cambio, en Los detectives Salvajes, Roberto Bolaño nos narra desde otro sitio. Casi siempre escribe desde la voz de la calle, de los subalternos. Un ejemplo, durante la matanza del 10 de junio, el jueves de Corpus, Ulises Lima y Arturo Belano, los protagonistas de la novela y víctimas de la represión, espetan: “Vamos a matar unos halcones”. 


Escrito por Aquiles Celis

Maestro en Historia por la UNAM. Especialista en movimientos estudiantiles y populares y en la historia del comunismo en el México contemporáneo.


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