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Historia
México: no has sido eliminado… el trofeo se escapó, pero tu honor permanece
Para nosotros, los iraníes, México no fue simplemente uno de los tres países anfitriones del Mundial. Fue un refugio. Fue un hogar cuando más lo necesitábamos.


Quizá el marcador del Estadio Azteca registró una derrota por 3-2 frente a Inglaterra, pero las grandes naciones nunca son juzgadas únicamente por el resultado de un partido.

Hay victorias que no caben en un marcador, porque lo que la historia recuerda no son siempre los campeones, sino el espíritu de quienes jamás se arrodillan.

México se despidió del Mundial este domingo, pero lo hizo con la misma fuerza con la que, hace siglos, lucharon los mayas y las grandes civilizaciones que dieron identidad a esta tierra. Peleó hasta el último segundo, hasta el último aliento. Y esto no lo dice un mexicano. Lo dice un iraní, un iraní que, durante este Mundial, descubrió el verdadero significado de la hospitalidad mexicana.

Cuando Alireza Faghani hizo sonar el silbatazo final en el Estadio Azteca, miles –quizá millones– de personas derramaron lágrimas. Con más de ochenta mil aficionados alentando desde horas antes del inicio, la Selección Mexicana cayó en un emocionante duelo de octavos de final ante Inglaterra. Incluso jugando buena parte del segundo tiempo con un rival reducido a diez hombres, México jamás dejó de creer y luchó hasta el último instante.

Pero el futbol nunca ha sido solamente el resultado. Si la Copa del Mundo se definiera únicamente por levantar un trofeo, muchas naciones jamás habrían encontrado un lugar en la memoria colectiva. Lo que vuelve inmortal a un pueblo es su carácter. Y en este Mundial, México mostró un carácter que trascendió el futbol.

En las venas de esta nación sigue latiendo la sangre de pueblos que nunca se rindieron. Los mayas levantaron una de las civilizaciones más extraordinarias de la humanidad y resistieron siglos de desafíos sin perder su identidad. Hoy ya no se escuchan batallas alrededor de Chichén Itzá, pero ese mismo espíritu sigue vivo en los rostros de un pueblo que jamás abandonó a su Selección y que alentó hasta el último minuto.

Yo no vi ese espíritu solamente en el estadio. Lo vi en Tijuana.

Para nosotros, los iraníes, México no fue simplemente uno de los tres países anfitriones del Mundial. Fue un refugio. Fue un hogar cuando más lo necesitábamos.

Mientras las restricciones impuestas por el gobierno de Estados Unidos impedían que el Guepardo Persa permaneciera como cualquier otra delegación en territorio estadounidense, Tijuana abrió sus puertas. Allí vivieron nuestros jugadores, allí entrenaron y desde allí cruzaban la frontera para disputar cada partido antes de regresar nuevamente a México.

Pero el pueblo de Tijuana hizo algo que ningún reglamento de la FIFA puede escribir. No recibió a Irán como a una selección extranjera. La recibió como a un invitado.

Y cuando nuestra selección abandonó Tijuana tras quedar eliminada, las despedidas estuvieron marcadas por abrazos, lágrimas y aplausos. Fue una de las imágenes más humanas y conmovedoras de todo el Mundial.

En contraste, nuestra experiencia en Estados Unidos fue muy distinta. Meses de incertidumbre por las visas, restricciones migratorias, limitaciones para el cuerpo técnico y administrativo, interrogatorios prolongados a algunos jugadores y la obligación de abandonar el país inmediatamente después de cada partido fueron parte de una realidad ampliamente documentada por diversos medios internacionales.

Y esas críticas no fueron exclusivas de Irán. Equipos, aficionados y periodistas de otros países participantes también señalaron problemas relacionados con los largos desplazamientos, la logística y distintos aspectos de la organización en territorio estadounidense.

Por eso, si hoy alguien me pregunta, como iraní, quién fue el verdadero campeón de este Mundial, mi respuesta no señalaría necesariamente al equipo que levantará la Copa.

El verdadero campeón es el pueblo que demostró que la grandeza no se mide por rascacielos, estadios multimillonarios o tecnología. La verdadera grandeza se mide por la capacidad de abrir el corazón a quien llega como visitante.

Cuando Irán llegó a México en uno de los momentos más difíciles de su historia deportiva, el pueblo mexicano no preguntó de dónde veníamos.

Nos dijo: “Irán, hermano, ya eres mexicano”.

Y por eso, para millones de iraníes, México jamás será recordado como un equipo eliminado.

Porque hay derrotas que ennoblecen. Y hay pueblos que, incluso sin levantar una copa, conquistan para siempre el respeto del mundo.

Señor México... El trofeo quizá escapó de tus manos. Pero, como los hijos de los mayas, jamás te rendiste. Y en este Mundial demostraste que el verdadero campeón no siempre es quien levanta la Copa... sino quien conquista el corazón de los pueblos. 


Escrito por Mohammad Reza Gilani

@MrezaG88


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