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Opinión
El fascismo, sus rasgos y base social
Hoy, las crisis económica, política y bélica que azotan al mundo, así como la decepción de diversos gobiernos socialdemócratas parecen estar abonando el terreno para un ascenso fascista.


Recientemente leí el libro de Robert Paxton sobre La anatomía del fascismo. El objetivo de la obra es intentar responder una de las preguntas más básicas, pero también más complejas de la materia: ¿qué podemos entender por fascismo? Paxton intenta desmarcarse de las respuestas sencillas, que parecen resolver el problema, pero que no resisten un contraste riguroso con la historia.

El fascismo no es sólo una dictadura nacionalista o un gobierno anticomunista. Ambas cosas son ciertas, pero son insuficientes para definir al fascismo. Para tener una imagen más precisa es necesario considerar otros rasgos.

(1) Los fascismos han contado con una agenda expansionista que busca ampliar su territorio a costa de despojar a otros pueblos, con la justificación de que se trata del espacio vital que su nación requiere.

(2) Hacia el interior, estos fascismos han tenido una decidida política de vigilancia y control de la vida privada, de las costumbres, gustos, hábitos e incluso del tiempo libre; como señalaba Mussolini, “para el fascista todo está en el Estado, nada humano o espiritual existe, y tanto menos valor tiene, fuera del Estado” (El fascismo, p. 59).

(3) El fascismo ha sido una respuesta ante crisis generales (Primera Guerra Mundial y Gran Depresión), en oposición a democracias liberales fallidas, y como reacción ante el ascenso comunista. Se trata de una alternativa más cómoda para las élites, en un contexto donde éstas no pueden seguir gobernando de la forma en que lo han hecho, y donde las masas trabajadoras “corren el riesgo” de organizarse en movimientos comunistas. El fascismo termina siendo, por sus implicaciones, una herramienta del orden burgués contra el comunismo.

(4) El discurso fascista se centra en la nación y contiene un fuerte componente xenófobo y de odio contra grupos vulnerables. La nación y laraza se describen como víctimas de una conjura, en la que existe un enemigo externo claramente identificable (judíos, inmigrantes, musulmanes, comunistas, etc.). Estos enemigos sirven como chivo expiatorio y oposición para generar cohesión interna; y esta cohesión es la que busca servir de base para devolver a la nación su supuesta grandeza.

(5) Por otro lado, el discurso fascista subordina la lucha de clases al bienestar de la nación. En ese sentido, mezcla en una misma agenda propuestas que apuntan al bienestar de la sociedad (mejores salarios, salud y educación, y un mayor nivel de vida para los trabajadores), con la protección del capitalismo nacional y la propiedad privada. El fascismo se presenta como una alternativa para superar las dicotomías de izquierda y derecha; pero, en la práctica, prioriza los intereses de las élites.

(6) No obstante, el fascismo tampoco tiene una doctrina clara; es practicista y no guarda ninguna preocupación por la verdad o por contar con un programa político coherente y científico. Detrás del pensamiento fascista hay una ferviente fe en que la fuerza de la voluntad y la voluntad de la fuerza son suficientes para imponerse a la realidad. Para ellos, la práctica lo es todo; la teoría son tonterías, y la verdad es lo que ellos van a imponer. Por eso sus discursos son peligrosos, porque están pensados para endulzar el oído de la gente y ganar su simpatía, no importa si lo que dicen es verdad. Son demagogos profesionales, y en la práctica son oportunistas de primera.

Me detuve a señalar varios de los rasgos que Paxton considera centrales del fascismo no para ofrecer una definición acabada, sino para contextualizar y dar una imagen más detallada de la cuestión. No obstante, dejé para el final un rasgo que me parece crucial y sobre el que quiero hacer algunas reflexiones adicionales.

(7) Normalmente se asocia al fascismo con un líder carismático, y no pocas veces se lo explica también como resultado de las acciones de dicho líder. Sin embargo, el fascismo no surge por la voluntad de un caudillo. Al contrario, la posibilidad de que emerja un líder depende, en buena medida, de que en la sociedad existan los ánimos y la predisposición para apoyar sus discursos y agendas. El fascismo se caracteriza también por tener una amplia base social que participa activamente en la política.

Para comprender el alcance de esto, considérese lo que señala Paxton cuando afirma que “ni siquiera el nazismo se basó sólo en la fuerza bruta. Un descubrimiento notable de la investigación reciente es el del escaso aparato policial que necesitó para imponer su voluntad. La Gestapo estaba tan bien suministrada de denuncias de ciudadanos fanáticos –o envidiosos– que podía arreglárselas con una proporción de aproximadamente un policía por cada 10 mil a 15 mil ciudadanos” (La anatomía del fascismo, p. 256).

Lo que quiero subrayar es que el fascismo cuenta con una base social que está alineada con su política, y se encuentra coordinada y movilizada, por lo que no sólo permite, sino que propicia y protagoniza diversas formas de violencia (como los pogromos o linchamientos multitudinarios contra sectores vulnerables y grupos de oposición). La existencia de esta base es uno de los rasgos esenciales que distinguen al fascismo de una dictadura militar o tradicional, que sí recurren a la violencia y al terror, pero cuya existencia no se sustenta en este tipo de participación social.

Esta cuestión es importante y hay que ser finos en el análisis. No es que la gente sea como un pizarrón en blanco donde el caudillo fascista llega a escribir por entero y unilateralmente su ideología de extrema derecha. La manipulación sí existe, pero no es tan sencilla de explicar. Hay factores económicos, políticos, culturales e ideológicos implicados y es necesario considerarlos o, al menos, hacer unas cuantas reflexiones.

De acuerdo con Sweezy (Teoría del desarrollo capitalista), el fascismo encontró sus bases entre los “sectores medios” de la sociedad (pequeños propietarios, trabajadores independientes y empleados con jerarquía). La explicación de Sweezy es que estos sectores ocupaban una posición social particular que los hacía proclives al discurso fascista: son contrarios a los intereses de las élites, pero también observan con desprecio a los trabajadores organizados; aspiran a volverse burgueses; carecen de una base común para generar identidad y cohesión; “son peculiarmente inestables y se adhieren fácilmente a vagos ideales de grandeza nacional o superioridad racial” (p. 347).

No es que los sectores medios sean fascistas por naturaleza. La idea es que, por su posición social, son más proclives a rechazar el orden liberal que ha beneficiado a las élites y ha llevado al país a una crisis, pero tampoco confían en el comunismo que va en contra de sus ilusiones de ser parte de la élite. En ese sentido, y ante la falta de una identidad y cohesión comunes, este grupo sería más receptivo a los discursos nacionalistas y xenófobos.

Hoy, las crisis económica, política y bélica que azotan al mundo, así como la decepción de diversos gobiernos socialdemócratas parecen estar abonando el terreno para un ascenso fascista. En los últimos años, diversos grupos y políticos de extrema derecha han accedido a importantes puestos de elección popular mediante discursos xenófobos y conservadores. Apenas en junio, Elon Musk promocionó en sus redes una película con esta orientación; el 4 de julio, un grupo neofascista marchó en Estados Unidos; en Europa, los movimientos de extrema derecha intentan cooptar a las mujeres para su agenda de “remigración” (deportaciones masivas); y podríamos poner muchos ejemplos más.

El fascismo está al acecho y no hay vacuna infalible contra él; pero sí podemos cortarle el paso. De acuerdo con Paxton, una de las formas que han resultado más efectivas para este fin ha sido la prevalencia de amplios grupos de izquierda (sindicatos y organizaciones populares independientes) que restringen la posibilidad de que el fascismo se organice. Por otro lado, habría que decir que la educación popular y científica es imprescindible, pues el fascismo echa mano de discursos maniqueos, prejuiciados y falsos, mismos que se vuelven evidentemente absurdos en la medida en que se dispone de mejor información y se cuenta con una educación crítica.

Educar y organizar son dos tareas imprescindibles para cerrarle el paso al fascismo o a cualquier otra forma de dictadura que busque atentar contra los derechos y el bienestar de las personas trabajadoras y subalternas, sin importar su país de origen, su color de piel, su preferencia e identidad sexo-genérica, o sus capacidades. 


Escrito por Pablo Bernardo Hernández

Licenciado en psicología por la UNAM. Maestro y doctor en ciencia social con especialidad en Sociología por el Colegio de México.


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