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Cultura
Un mundial para las élites
Mundial tras mundial, la FIFA ha perfeccionado un modelo basado en la extracción de riqueza pública para beneficio privado.


Como fenómeno de masas a escala global, el futbol nació en la calle, en las periferias, en los barrios populares. Por eso el circo de la FIFA resulta grotesco, insoportable.

Una de las estampas más insultantes del partido inaugural del mundial en el Estadio Azteca fue la ausencia de los sectores populares. Expulsados de un espacio que históricamente les ha pertenecido, los aficionados comunes tuvieron que seguir el partido desde la calle, el bar de la esquina o las plazas públicas. El mexicano promedio, el que trabaja toda la semana y pierde varias horas de su día atascado en el tráfico o sudando en el transporte público no puede pagar un boleto de 80 mil pesos. En su lugar, el México-Sudáfrica atrajo al estadio a una parodia de afición: un desfile de políticos, empresarios, influencers, whitexicans… las mismas élites que en el día a día desprecian, desde su autoasignada superioridad intelectual y moral, toda práctica cultural de las clases populares, entre ellas el futbol.

El papel de la FIFA ha sido vergonzoso en todos los niveles. Su estrecha alianza con la élite política de Estados Unidos la ha llevado a callar y obedecer ante los vergonzosos abusos que ese país comete contra las delegaciones de otras naciones. El caso de Irán, cuya selección debe pernoctar y entrenar en México, y sólo puede entrar a territorio estadounidense para disputar los encuentros, ha sido una grotesca demostración de bajeza.

La mercantilización del deporte no es un fenómeno nuevo, pero eso no lo hace menos criticable. Al contrario, hoy es apremiante denunciar que esa mercantilización ha llegado a un nivel escandaloso.

El futbol profesional siempre ha convivido con el dinero. Lo novedoso es la desaparición progresiva de cualquier límite. Todo parece estar en venta: los horarios de los partidos, la identidad de los clubes, la experiencia de los aficionados, hasta las palabras. Los estadios se transforman en centros comerciales, los equipos en marcas globales y los seguidores en simples consumidores. Lo que antes era una expresión colectiva de pertenencia se convierte en una mercancía, no pocas veces de lujo, reservada para quienes pueden pagarla.

La FIFA suele presentarse como una organización dedicada a promover el deporte y la convivencia entre los países. Los hechos cuentan una historia distinta. Mundial tras mundial, la institución ha perfeccionado un modelo basado en la extracción de riqueza pública para beneficio privado. Las abusivas condiciones impuestas al gobierno de México –aceptadas por éste en su momento– son una muestra incuestionable. Gobiernos enteros modifican leyes, destinan recursos multimillonarios y subordinan intereses nacionales para satisfacer las exigencias de una organización que acumula ganancias obscenas mientras se envuelve en discursos sobre inclusión y diversidad.

Lo más triste es que el espectáculo sigue alimentándose de aquello mismo que excluye. La pasión popular continúa siendo la materia prima indispensable del negocio. Sin la emoción de millones de personas, sin la memoria compartida de la afición de base, la de siempre, sin los niños y jóvenes que juegan en el pavimento soñando con vestir la camiseta de su selección, todo este montaje perdería sentido. La FIFA y las élites pueden apropiarse temporalmente de los estadios, de las transmisiones y de los espacios VIP. Pero el futbol no les pertenece. Nunca les ha pertenecido. Por eso necesitan gastar fortunas para simular que sí. 


Escrito por Aquiles Lázaro

Licenciado en Composición Musical por la UNAM. Estudiante de la maestría en composición musical en la Universidad de Música de Viena, Australia.


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