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Brújula
El demagógico discurso de la salud del bienestar
Ojalá los políticos que tanto pregonan que estamos pasando por una verdadera transformación en el sistema de salud se atendieran ellos o sus familiares en un hospital público.


Afirmar que el sistema de salud mexicano se equipara con el de primer mundo no sólo es un discurso mentiroso, sino una burla para las personas que no tienen acceso a él. Sin pensar en lo grotesco del asunto, los gobiernos de la “Cuarta Transformación” (4T) no se cansan de vociferar el extraordinario “milagro” mexicano respecto al sistema de salud. Sin mostrar pruebas, señalan que el 80 por ciento de los medicamentos están cubiertos nacionalmente; además, en días recientes, la Presidenta activó la universalidad del “nuevo” sistema de salud a partir del primero de enero de 2027. Esto significa que cualquier mexicano podrá recibir atención médica en cualquier institución pública sin importar su afiliación. Sobre esto se está armando un gran espectáculo, pues de cara a las elecciones de 2027 hoy, más que nunca, recurrirán al pan y al circo.

Pero llega un día en que el circo se acaba. Y esto sucede cuando las mismas personas que acuden con sus familiares enfermos, los médicos y enfermeras, continuamente denuncian que el sistema de salud es un desastre. Y no es para menos. El Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi) reveló que la carencia de atención médica a las personas desde 2018 se duplicó y que más de 50 millones de mexicanos han quedado fuera del esquema, cifra por demás abrumadora y que constituye una desgracia sobre la ya difícil situación de las familias.

La frecuencia con que algún miembro de la familia se enferma resulta muy alta, debido principalmente a la enorme desigualdad que concentra la riqueza en pocas manos, y a que la pobreza atrapa a la mayoría de la población; y es precisamente esta situación de desigualdad, que conlleva la alimentación de bajos nutrientes y comida chatarra, lo que provoca que la población se enferme continuamente.

La experiencia de las familias al acudir por atención médica dista mucho de lo señalado en los discursos de los funcionarios; si ya antes de 2018, los servicios de salud públicos eran pésimos, ahora son mortales. Tan solo por poner algunos ejemplos: en la pasada pandemia se estimó que casi un millón de personas murió, y los expertos sostienen que la mayoría de estas muertes pudieron evitarse; pero poco se pudo hacer no sólo por el descontrol provocado por el Covid-19, sino porque no se invirtieron los recursos necesarios para equipar y mejorar la infraestructura hospitalaria; el abandono del esquema de vacunación ha provocado el regreso de epidemias que ya habían sido erradicadas, como el sarampión y la tuberculosis.

La carencia actual de medicamentos en los hospitales representa una constante que agrava los padecimientos. Quienes acuden a un hospital público lo hacen porque “no les queda de otra”; la escena se replica: no te dan cita, no te atienden, hay filas interminables, una mala atención, familiares y pacientes deambulan en busca de gasas y medicamentos; y esto no le sucede sólo al derechohabiente, sino a los pacientes que mendigan la atención cuando no pertenecen a tal unidad médica; además, deben trasladarse a los hospitales regionales o a la capital porque en provincia, en el mejor de los casos, solamente hay un centro de salud disponible … con un médico pasante. ¡Y éste es el sistema de salud mexicano igualito al de Dinamarca! 

Ojalá los políticos que tanto pregonan que estamos pasando por una verdadera transformación en el sistema de salud se atendieran ellos o sus familiares en un hospital público; pero eso no sucederá porque ellos con el privilegio del dinero, ante cualquier dolencia acuden a los servicios privados más prestigiosos del país o del extranjero, cosa a la que nunca accederá el peón de una comunidad remota que, para trasladar a su enfermo, debe hacerlo en una camilla improvisada con ramas, transitar por veredas y cerros, donde el enfermo casi siempre muere antes de llegar al centro de salud más cercano, porque no cuenta con los mismos privilegios; en definitiva, no hay nada de qué presumir. 


Escrito por Capitán Nemo

COLUMNISTA


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