El hacinamiento penitenciario es una de las violaciones más recurrentes a los derechos humanos.
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Conocido popularmente como El payador libertario, El Gaucho Molina o El Bardo del Tacuarí, el uruguayo Carlos Molina (Cerro Largo, 1926 - Montevideo, 1998) forma parte de esa generación de poetas anarquistas que en la primera mitad del Siglo XX pusieron su pluma para denunciar las injusticias sufridas por el peonaje y defender las causas del naciente movimiento obrero en América Latina. De origen campesino, atestiguó la miseria, las injusticias, los abusos de las autoridades; a los 16 años emigró a Montevideo, donde desempeñó diversos oficios antes de sufrir desempleo y regresar temporalmente a su terruño.
Músico autodidacta, en 1949 regresó a la capital y, dueño de un talento extraordinario para la improvisación en verso, se consolidó como payador profesional; por sus ideas anarquistas a menudo sufrió cárcel y persecución política, pero siempre se negó a cantar coplas para algún caudillo o candidato. Es autor de Yunta y Surco, Cantándole al pueblo (1956); Tierra libre (1958), Trovero del pueblo (1957), Hachando los alambrados (1959); Rebeldías del camino (1961); Yunques rojos (1963); Coplas del nuevo tiempo (1970); Grillos y terrones (1980); Coplas (1984); El hombre y la copla (1995); El mástil de mi guitarra (1995). Junto a otros virtuosos de la copla, Carlos Molina grabó diversos álbumes en los que canta sus propios versos.
Su enérgica poesía combativa está llena de simbolismos y será preciso tratarla aparte; hoy entregamos a nuestros lectores una muestra de la aguda sensibilidad del poeta para expresar los más profundos dolores, reproduciendo la métrica popular por excelencia, el octosílabo y el habla popular de su patria; conmueve la sinceridad y la ternura con que un padre llora la muerte de su pequeño hijo. La emoción rompe las barreras culturales, del idioma, el modismo, la nacionalidad y la época y hace de esta pieza una obra de arte que habla directo al corazón de los pueblos, para quienes sus hijos son el más preciado tesoro.
Romance pa‘mi gurisito (*)
Gurisito de mi sangre,
recoldito de mi pecho,
te hice una cuna en mi poncho
y el poncho se quedó hueco.
Hay un silencio pesado
como de alas de murciélagos
cegando el bichito ‘e luz
que ardía en tu sonajero.
Ahí están tus chupetitos
tus pañales, tus baberos
que en la noche roe... y roe
la polilla de los tiempos.
¡Qué hombrecito ibas a ser,
mi gurisito travieso!
Canto de pájaro arisco
del que sólo oí el silencio.
Mi tierno charaboncito
tan arisco, tan matrero,
me dejaste hueco el poncho,
hueca el alma pecho adentro.
Te viá a buscar en la noche
de la vida y el misterio
y rebrotará tu carne
en el polen de otro beso.
Pelusita de mi sangre,
yuyito de mi potrero,
abrite en flor en su entraña,
tráinos tu aroma de nuevo,
tráinos olor a ternura
amanecida en tu cuerpo,
tráinos tu llanto, tu risa
pa’ hacer guitarrear mi alero.
En tu carita redonda
dos hoyitos pa’ los besos,
pa’ llenarlos de ternuras
juntadas en los desvelos.
Pero no pasés de largo,
que mi rancho sigue abierto
y en la noche de tu ausencia
ando lo mismo que un ciego.
Mi sonoro tamborcito,
que dende el vientre materno
me repiqueteó en la espalda
como la hondura del sueño.
¿En qué nube dormidito
se me quedó mi lucero,
dónde brillan de tus ojos
los dos carboncitos negros?
¡Ay de tu corazoncito
que se me apagó en el pecho!
Brasita de mi ternura,
rumbo de mi pensamiento!
¡Ay tus manitos de mi alma,
mis dos pichoncitos ciegos
inmóviles en la escarcha
de la muerte y el silencio!
¿Quién mató la copla azul
del grillo e’ tu sonajero
y quién en vez de pañales
me trajo el ala de un cuervo?
Y ahi’stá tu pobre cunita
vacía de amor y de sueño,
arbolito que arrancaron
de mi propio sufrimiento,
¡gurisito de mi sangre
brasita e’ mi trasfoguero,
que siempre llevo prendida
en la noche del recuerdo.
Gurisito: Diminutivo cariñoso del vocablo guaraní gurí (ngirí), de uso en Uruguay y Argentina y que significa niñito, muchachito, pequeñito, etc.
El hacinamiento penitenciario es una de las violaciones más recurrentes a los derechos humanos.
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Escrito por Tania Zapata Ortega
Correctora de estilo y editora.