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Poesía
La Cosmogonía Sumeria
Contamos con una serie de resúmenes, más o menos breves, de diferentes “imaginaciones creadas” para dar respuesta al problema fundamental que planteaban los orígenes del Universo.


La mayoría de las teogonías “literarias” constituyen simultáneamente, otras tantas cosmogonías; sin embargo, otros mitos parecen haber sido concebidos de una manera muy diferente: los dioses, tras haber nacido, crean, por sí mismos y en un segundo momento, si se puede decir así, y con total independencia con relación a su propio futuro, las realidades de este mundo. Contamos con una serie de resúmenes, más o menos breves, de diferentes “imaginaciones creadas” para dar respuesta al problema fundamental que planteaban los orígenes del Universo, por ejemplo, la imprecisa alusión que responsabiliza a la gran y antigua diosa Mab/Mammi de la “creación”, en la que el cosmos actual se presenta como el resultado de la “separación” primigenia de un gran conjunto confuso y primordial, formado por dos partes, una Superior y otra Inferior, complementarias y simétricas. Esta misma visión es la que nos ofrece el inicio de un cuento sumerio titulado Gilgamés, Enkidu y el Infierno.

 

En aquellos días, en aquellos días arcaicos

En aquellas noches, en aquellas noches arcaicas

En aquellos años, en aquellos años antiguos...

Cuando el Cielo había sido separado de la Tierra

Y cuando la Tierra había sido separada del Cielo,

Habiéndose apoderado An del Cielo

Y habiéndose apoderado Enlil de la Tierra,

Y habiendo entregado el Infierno a Éreskigal...

 

Otra explicación del origen del cosmos aparece en otros desarrollos literarios, como en El torneo del árbol contra la caña, menos “simplista” que la “separación” primigenia; en él se analizan y discuten las respectivas ventajas del Árbol y de la Caña. Del texto cuneiforme se conservan una docena de testimonios datables en el primer tercio del ll milenio a.C. La Tierra -el elemento femenino– aparece engalanado para una boda; el elemento masculino, el Cielo, desciende para fecundarla. En este caso, el autor intenta explicar el origen de los árboles y las fragmitas (carrizo común) remontándose al momento en que, por primera vez, aparecieron sus prototipos y antepasados; para explicarlo, parte del hecho, atestiguado por la experiencia, de que si las especies vegetales surgen del suelo, al igual que los recién nacidos salen del vientre de su madre, normalmente lo hacen después de que el agua (de la lluvia) haya empapado la Tierra. Para dar cuenta de este hecho adopta la imagen más evidente: la fecundación de la hembra mediante el esperma al que asimila, como ocurre con frecuencia, con el agua. Así, el primer Árbol y la primera Caña deben su origen al abrazo de la Primera Pareja, a la que, como sucede con frecuencia, se la considera desde el punto de vista de su materialidad, en tanto que Cielo, en la parte superior, y en tanto que Tierra, en la inferior, al tiempo que personificaciones de dos divinidades que, en esta ocasión, se tienen por primordiales: An (Arriba/Cielo) y Ki (Abajo/Tierra). 

 

La inmensa plataforma de la Tierra relucía:

¡Su superficie era verdosa!

La espaciosa Tierra estaba revestida de plata y de
[lapislázuli,

adornada con diorita, calcedonia, cornalina y antimonio,

engalanada con un esplendor de vegetación y de hierba:

¡Tenía algo de soberana!

¡La augusta Tierra, la santa Tierra,

se arreglaba para el Cielo, el prestigioso!

Y el Cielo, ese dios sublime, hunde su pene masculino, 

en la Tierra espaciosa:

Él, de un solo golpe, deposita en la vagina

la simiente de los valientes Árbol y Caña.

¡Y ella, como una magnífica vaca, está completamente

preñada de la rica semilla del Cielo!

 

Similar al anterior es el relato del Torneo de el verano contra el invierno, destinado en principio a explicar la aparición en el mundo del primer verano y del primer invierno, presentados en esta ocasión como personalidades, antepasados y arquetipos de todos los veranos e inviernos posteriores. No es frecuente encontrar en estos mitos de génesis a Enlil llevando a cabo, por sí solo, como ocurre en este caso, un acto de creación, En este tensón, especie de “torneo literario” o “juego intelectual” destinado a la fijación ritual de los mitos, el preámbulo está constituido por una veintena de líneas y explica los orígenes de las dos grandes estaciones en que se divide el tiempo cíclico en Mesopotamia, de acuerdo con el ritmo de trabajo de los campos y, en consecuencia, de la distribución del agua, tanto la del río (crecida) como la de la lluvia: el Invierno –húmedo y propicio para la fecundación– y el Verano, seco y adecuado para la maduración. Presenta a Enlil, que antes de crear el Universo, es decir, Mesopotamia, engendra los Días y las Noches, que servirán de marco temporal y unidades principales para las estaciones. Todavía no han aparecido los hombres, tampoco el Universo material en sí mismo; sin embargo, el programa está bien calculado en función de su existencia futura y del trabajo, que será su razón de ser. Para crear estas dos estaciones, agentes personalizados de la abundancia futura, y en especial de la abundancia agrícola, el poema muestra a Enlil fecundando la Tierra como un toro en celo, en una escena que refleja el imaginario de estas regiones en que el pastoreo era una actividad fundamental; así se explica el “regalo” nupcial, como se designa al acto de dejar preñada a la Tierra para que de ella nazcan los gemelos Verano e Invierno, a los que Enlil tratará como jóvenes terneros a los que hay que criar.

 

Nunnamnir (Enlil) se preparó

para crear el tiempo adecuado:

Él, así pues, elabora un programa acerca del Universo a crear

–Que interesará a multitud de hombres,

después, como un toro altivo, pone su pie sobre la Tierra,

Y el Soberano del Universo decide

crear el Día propicio y umbroso

y la Noche propicia y lujuriosa.

Y, para hacer que el lino brote en abundancia

Y que la cebada se difunda por todas partes,

garantizar la crecida de todos los ríos,

desarrollar la fertilidad (...)

de tal modo que el Verano detenga la lluvia

y que el Invierno asegure a las orillas el agua fecunda,

planta, así pues, su pene en la vasta Región montañosa

y dio a la Montaña su “regalo”,

preñándola de Verano e Invierno, fortuna del país.

¡Al lugar en que había plantado su pene,

Enlil lo hizo mugir de placer, igual que un uro!

Él pasó todo un día, inmóvil, sobre la Montaña

Y (todavía) la montó durante toda una noche.

Así, igual que se extrae el aceite fino,

hizo salir de él al Verano y al Invierno,

a los que, como si fuesen uros

hizo pacer en los pastos de montaña,

para que engordasen y se hiciesen fuertes

en las dehesas montañosas.


Escrito por Redacción


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