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“Esta Sara Vial es trinadora, nació tal vez para despepitar la aurora, anunciando los rayos y el arrobamiento del día. Esta Sara Vial es dulce como el agua del Sur, entre Carahue y Boroa, agua en que cae la salvaje murtilla y la llena de aroma claro que transcurre. Es antigua y desigual, reminiscente y fogosa, niña antigua con piano enlutado y corazón extremadamente eléctrico. Es verdadera y cantarina esta suave y serena y sauce Sara”, escribiría Pablo Neruda en el prólogo a La ciudad indecible, de su amiga y coterránea Sara Vial de los Heros (Valparaíso, Chile, 1927-2016). La intervención de la poetisa, ensayista, crítica literaria y periodista Sara Vial fue definitiva para materializar la compra de La Sebastiana, una de las tres casas del poeta en Chile y hoy convertida en la Casa Museo Pablo Neruda.
El cambiante modelo estético de su tiempo, con la irrupción de las vanguardias y el rechazo de la preceptiva no arrastró a Sara Vial en la corriente del verso libre; todo lo contrario, destaca por el cultivo de las formas clásicas y los tópicos universales, como en el soneto Qué modo sin esfuerzo el de la rosa, (Viaje en la arena, 1970), donde la perfección formal sirve de marco para expresar el contraste entre los ciclos de la naturaleza, que discurren sin interrupciones y la prisa, las dudas y la inacción del hombre de nuestros días.
Qué modo sin esfuerzo el de la rosa,
qué movimiento justo el de la espiga,
en todo lo que el alma se investiga
qué natural dominio el que reposa.
La ola no se atrasa ni se emboza,
el tallo de crecer jamás se olvida,
a su obra el otoño y la caída
de cobre de la hoja silenciosa.
Sin prisa madurar sabe el estío
después de la invernada y el rocío,
y qué perfecta cabe bajo el cielo
sin apurar la miel de su corriente,
colmada con orgullo y dulcemente
la irreprochada curva del ciruelo.
Una lectura superficial de Incendio en los puertos (Un modo de cantar, 1962) permitiría pensar que sólo se refiere al incendio de un caserío en la parte alta del puerto de Valparaíso. Bien está lamentar la pérdida de los bienes de un grupo de personas y conmoverse ante la impotencia de quienes (simbolizados por el mar) no pueden subir en auxilio de sus hermanos afectados. Pero visto de cerca, el poema es una denuncia social de la falta de espacios para que los más pobres construyan su vivienda, teniendo que instalarse en las laderas, junto a otras familias en iguales condiciones, improvisando un refugio con materiales endebles e inflamables, a menudo sin los servicios elementales, porque las grandes avenidas con “orgullosas palmeras” son para el turismo.
Y hay veces que se incendia una casa en la altura
el mar tiene un reflejo de sangre repentina,
porque su agua no puede subir hasta las llamas
y arrebatar al humo la ventana que llora.
Es el fuego más triste, porque sube a los barrios
más alados y pobres, donde apenas el viento
logra ascender las rotas escalas de madera,
¡no es incendio alegre de hierba en la montaña!
¿Quién puede detenerlo? Las veredas no alcanzan
a subir tan arriba, se les corta el aliento
al borde del abismo, mientras la calle sigue
trepando como puede las laderas del cerro.
Y las mínimas casas, de qué modo se afirman
las unas a las otras, con sus viejos umbrales
y sus pobres ventanas ornadas de geranios,
único terciopelo púrpura de su manto.
Por resistir el viento se pusieron más juntas,
por no tener abajo un lugar en las calles
entre las avenidas de orgullosas palmeras,
por eso es que tampoco pueden quemarse a solas.
Además de La Ciudad Indecible es autora de los poemarios Un Modo de Cantar, Viaje en la Arena, En la Orilla del Vuelo, Al Oído del Viento, Grabados y Poemas y Mi Patria Tiene Fomia de Esperanza. Recibió el Premio Gabriela Mistral en 1976, el Regional de Literatura en 1980, el Pedro de Oña en 1981 y el Regional de Periodismo en 1984; fue fundadora de la Sociedad de Escritores de Valparaíso y forma parte de numerosas antologías nacionales e internacionales.
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Escrito por Tania Zapata Ortega
Correctora de estilo y editora.