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Poesía
La Epopeya de Gilgamesh
Gilgamesh era dos tercios divinos y un tercio humano y, sin embargo, lo humano se impone constantemente a través de sus defectos y sus virtudes.


El poema épico al que hoy llamamos Epopeya de Gilgamesh, pero que originalmente y durante miles de años fue conocido por sumerios, asirios y babilonios como “Aquél Que Alcanzó A Ver Lo Profundo”, constituye la primer gran obra de la literatura universal con más de cuatro mil años de antigüedad. Esta historia anónima de creación colectiva pertenece a la tradición oral sumeria y fue registrada sobre tablillas de arcilla a lo largo de tres imperios emparentados: el sumerio, el asirio y el babilónico.

La Epopeya de Gilgamesh nos demuestra a cada instante que el ser humano de hace más de cuatro mil años se parecía mucho más a nosotros de lo que podríamos suponer. Gilgamesh era dos tercios divinos y un tercio humano y, sin embargo, lo humano se impone constantemente a través de sus defectos y sus virtudes.

La historia comienza con la soberbia y arrogancia del gobernante, y a lo largo de su crecimiento espiritual por medio del autoconocimiento frente a cada situación, va ganando en comprensión y humanismo a la vez que merma su fuerza. El miedo frente a lo desconocido, la amistad, el amor y el temor a la muerte siempre han sido aspectos naturalmente intrínsecos del ser humano. La Epopeya de Gilgamesh no es solamente la primera gran obra de la literatura universal... También es la primera historia existencialista. Gilgamesh no es héroe ni antihéroe, sino un ser humano construyéndose a sí mismo, aprendiendo de cada error, corrigiendo cada prejuicio, sobreponiéndose a sus miedos, destruyendo poco a poco su máscara social forjada por el ego y aprendiendo quién en verdad es frente a la naturaleza y a sus semejantes (Santiago Romero Bordieu).

La versión rimada de la que tomaremos los siguientes fragmentos que ilustren el argumento de esta antigua epopeya fue elaborada a partir de las traducciones francesa e inglesa por Antonio Domínguez Hidalgo, quien volcó el contenido en “versos de 16 sílabas divididos en dos hemistiquios octosílabos, y la rima asonante, aunque irregular, porque se intercalan consonancias, coliteraciones y aliteraciones, a fin de conservar así un mucho de su ritmo primitivo, intenso en repeticiones y ritornelos” (Iniciación Literaria II, Antonio Domínguez Hidalgo, 1977).

Formado por 12 tablillas, en la primera se describe al personaje central de la epopeya, Gilgamesh, Rey de Uruk, el gran constructor de la ciudad amurallada quien, pudiendo ser un buen guía se ha convertido en un gobernante tiránico que mantiene aterrorizado a su pueblo.

 

Aquel cuyas dos terceras / nacieron partes divinas

la restante fue humana; / cuya forma de su cuerpo

toro salvaje se eleva; / y al arremeter sus armas

nadie compite en destrezas / y al hombre débil aterra.

“Aquel que se ha transformado / por obra de aquel pasado”.

Gilgamesh nunca dejaba, / entonces, el hijo al padre.

Abatida la nobleza / de Uruk en sus dormitorios,

no frenaba la arrogancia / que de noche o por el día

Gilgamesh les demostraba / para no caer en su ira.

Sin embargo, Gilgamesh, / Gilgamesh pastor de Uruk,

nuestro buen pastor sería: / fuerte, majestuoso y sabio.

Gilgamesh a las doncellas / no dejaba con su madre:

a la hermana del guerrero / o hasta la esposa del noble.

 

Habiendo observado los dioses la conducta del gobernante, encargan a Ururu, madre de los dioses, crear un rival que combata a Gilgamesh. Entonces la diosa concibe a Enkidu, hirsuto y salvaje, y lo lanza a la estepa, donde vaga amistándose con todos los seres de la naturaleza. Pronto llegan las noticias de su presencia y Gilgamesh envía a Shamhat, una hieródula o prostituta sagrada, para seducir a Enkidu y atraerlo a la ciudad.

 

“Enkidu, tú eres tan sabio / que hasta un dios se te parece.

No te pierdas en la estepa / vagando entre tanta bestia.

Ven, déjame conducirte / hasta la amurallada Uruk,

al sagrado templo de Eanna, / de Ishtar y Anu mansión.

Allá vive Gilgamesh, / perfecto de fortaleza,

quien como un toro salvaje / sobre de su pueblo reina”.

Cuando la doncella habló, / sus palabras lo envolvieron

y agradeciendo los dones, / su corazón se hizo luz

y hablando Enkidu a la moza, / le dice: “llévame pronto

al sagrado templo de Eanna, / de Ishtar y Anu mansión,

y llévame a Gilgamesh, / el perfecto en fortaleza;

quien como toro salvaje / sobre de su pueblo reina.

Yo quiero valientemente / retarlo y luchar con él.

 

Al acercarse a las murallas de Uruk, Shamhat y Enkidu ven a un hombre que se tambalea al caminar, preso de una fatiga extrema. Al preguntarle la causa de tal estado, éste les responde:

 

“Gilgamesh ha aprisionado / en el patio del palacio

a las doncellas que pronto / han de andar a matrimonio

y la ciudad se conmueve / porque nada puede hacer;

el tirano se ha propuesto / a cada doncella violar.

Imponiendo sus caprichos / desgracia nuestra ciudad.

Todos pueden elegir / libremente a sus esposas

y legalmente casarse / con sólo una condición:

primero Gilgamesh, el rey, / luego el esposo las toma.

Por consejo de los dioses, / ello ha sido así ordenado.

Cuando el cordón le cortaron, / para él eso decretaron”.

Y a las palabras del hombre / Enkidu palideció.

 

Enkidu enfrenta a Gilgamesh y lo vence; pero cuando el rey ya se retira humillado, el antiguo salvaje lo reconviene, critica su conducta errónea, haciéndolo recapacitar y dando paso a una amistad duradera.

 

De noche Gilgamesh llega / buscando nuevas doncellas;

Enkidu sigue parado / y a Gilgamesh se le enfrenta.

Se aproxima Gilgamesh. / Enkidu lo obstaculiza.

El nacido de la estepa / demuestra su gran poder:

caminan hacia el mercado / y comienza la pelea.

Enkidu empuja la reja, / que a la plaza es como puerta

y no deja que penetre / Gilgamesh, ¡oh, grande afrenta!

Gilgamesh y Enkidu luchan / bufando como dos toros.

Hacen añicos la puerta / bufando como dos toros.

Y destruyen las paredes / bufando como dos toros.

Gilgamesh cae de rodillas. / Su furia ha sido vencida.

Y Gilgamesh derrotado / comprende lo que ha pasado.

Se va alejando humillado / y, sin embargo, sonriente,

Enkidu le habla muy alto, / como para consolarlo:

“Gilgamesh, como a ninguno / tu madre te trajo al mundo,

Ninsunna, vaca salvaje, / conductora del rebaño.

Altísima entre los hombres / es tu testa coronada.

Y si imperas sobre el pueblo / y Enlil te dio la grandeza,

¿por qué traicionas tu origen / y cometes la torpeza

de extender contra tu nombre / la ruindad y la miseria?”.

Gilgamesh, inteligente, / entendió su vanidad,

sus abusos, su maldad / y cambióse de repente.

Gilgamesh, rostro esplendente, / hacia Enkidu se acercó

concediéndole razón, / y lleno de admiración,

lo abrazó en señal de paz, / uno al otro se besaron

y un gran lazo de amistad, / para siempre comenzaron.

 

La amistad se pone a prueba cuando el monstruo Humbaba amenaza a la ciudad y Gilgamesh decide ir al Bosque de los Cedros a matarlo. Enkidu y los sabios de Uruk tratan de persuadirlo sin éxito, así que el antiguo salvaje de la estepa decide acompañar a su amigo en la arriesgada empresa en que decapitan al monstruo, se enfrentan a la furia de la diosa Ishtar quien, agraviada por el rechazo de Gilgamesh, consigue que Anu envíe contra ellos el Toro de los Cielos, a quien Enkidu mata, atrayendo sobre ellos la furia inextinguible de la diosa.

 

Y Anu entonces convencido / por el enojo de Ishtar

hace que el toro salvaje / vaya y comience a matar

con sólo dos resoplidos / a cientos de humanidad.

Y con el tercero a Enkidu / se lo lanza a muerte dar,

pero con agilidad / el héroe logra desviar

la arremetida mortal / al alcanzar a brincar.

Entonces enfurecido / Enkidu aprisiona al Toro

de los Cielos, por los cuernos / y al suelo lo lanza ya.

El Toro del Cielos arroja / espumarajos al rostro

del nacido en las estepas, / más con el macizo rabo

Enkidu se limpia pronto / y tirando al toro al lado

dice a su rey Gilgamesh: /–¡Nos hemos glorificado!

Y empujando sus espadas / entre los cuernos y el cuello

muerte al Toro de los Cielos / los dos amigos le dieron.

Cuando al Toro habían matado / Gilgamesh y Enkidu rieron

y su corazón en lágrimas / a Shamash* agradecieron.

Arrastraron al gran Toro, / de los Cielos el portento,

y homenajeando a Shamash / el triunfo aquel ofrecieron.

Y mientras cual dos hermanos / se abrazaban de contento,

Ishtar sobre las paredes / de la amurallada Uruk

saltaba por las almenas / profiriendo maldiciones:

–Desgracia a ti, Gilgamesh, / por todos esos insultos,

por asesinar al Toro, / alado Toro del Cielo.

Mas como Enkidu en la estepa / podía escuchar todo ruido,

oyó el discurso de Ishtar / y arrancó el muslo derecho

del grande Toro del Cielo / y lo arrojó hasta la cara

de la enfurecida Ishtar: / podría matarte también,

como lo logré con él, / pero sólo sus entrañas

a ti te voy a colgar”, dijo Enkidu a la humillada,

que permanecía callada…


Escrito por Redacción


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