Tribuna Poética
El testamento poético de Salvador Díaz Mirón
La poesía, para Díaz Mirón, tiene una misión más alta que el individuo.
Al acercarse a la obra del poeta y periodista veracruzano Salvador Díaz Mirón (1853-1928), a menudo se comienza indagando en su biografía y en las circunstancias que hubo de enfrentar como producto de su tiempo; también se reflexiona sobre sus relaciones familiares, formación académica y definición política, se identifica la influencia que el romanticismo de Víctor Hugo y Byron tuvo sobre él y se enlistan sus poemarios, con fecha y lugar en que se produjeron. Todo esto se ha estudiado exhaustivamente y se conoce bien su accidentada y contradictoria biografía, a menudo marcada por prisión, exilio y ostracismo. Pero si la hoja de vida y la bibliografía de Salvador Díaz Mirón es relevante, no lo son menos su personal e irrepetible forma de interpretar la realidad a través de sus versos y una posición estética en la que, rechazando toda sensiblería, asume la misión mortal y trágica del poeta:
Alumbrar es arder. Estro encendido
será el fuego voraz que me consuma.
La perla brota del molusco herido
y Venus nace de la amarga espuma.
A gloria, 1884
La poesía, para Díaz Mirón, tiene una misión más alta que el individuo, “cantar la redentora utopía”, es decir, está ligada al porvenir y al compromiso con una sociedad ideal, aspiración que se expresa a menudo en complejas referencias mitológicas y de personajes históricos. La tarea es, para el vate, consolar y guiar a la humanidad en tiempos de sufrimiento, oscuridad y egoísmo, cuando el mal y el bien se confunden:
¡Cuando el mundo, ese Tántalo que aspira
en vano al ideal, se dobla al peso
de la roca de Sísifo, y expira
quemado por la túnica de Neso;
cuando al par tenebroso y centellante
imita a Barrabás y adora al Justo,
y pigmeo con ansias de gigante
se retuerce en el lecho de Procusto;
cuando gime entre horribles convulsiones
para expiar sus criminales yerros,
mordido por sus ávidas pasiones
como Acteón por sus voraces perros;
cuando sujeto a su fatal cadena
arrastra sus desdichas por los lodos,
y cada cual en su egoísta pena
vuelve la espalda a la aflicción de todos;
el vate, con palabras de consuelo,
debe elevar su acento soberano
y consagrar, con la canción del cielo,
no su dolor, sino el dolor humano!
Sursum, 1886
¿Y cómo debe ser esa poesía que guíe al hombre como un faro en la oscuridad? Para el poeta debe ser perfecta. Es conocida la titánica batalla de Díaz Mirón por alcanzar la perfección formal en sus versos, sobre todo en la última etapa de su producción. Pero la perfección no se limita al exterior, él pule cada línea con magistral destreza de orfebre literario hasta dar a cada composición “firmeza y luz”, como al cristal de roca; buscando nuevas combinaciones de sonidos, acentos y ritmos. A decir del crítico mexicano Héctor Valdés, entre sus poemas, que “son poco más de un centenar; casi no hay composiciones desdeñables; algunas parecen hechas para ser leídas en voz alta. Todas son una conquista del poeta, también artífice, cuya tenaz labor hizo brillar de manera única la poesía mexicana”.
En¿Qué es poesía?, su manifiesto literario, expresa los tres pilares sobre los que debe descansar la tarea del héroe-poeta, los heroísmos del pensar, el sentir y el decir, enumerando enseguida todo lo inefable del mundo, todo lo inasible, el más alto ideal.
¡La poesía! Pugna sagrada,
radioso arcángel de ardiente espada;
tres heroísmos en conjunción:
el heroísmo del pensamiento,
el heroísmo del sentimiento
y el heroísmo de la expresión.
Flor que en la cumbre brilla y perfuma;
copo de nieve; gasa de espuma;
zarza encendida do el cielo está;
nube de oro, vistosa y rauda;
fugaz cometa de inmensa cauda,
onda de gloria que viene y va.
Nébula vaga de que gotea,
como una perla de luz la idea;
espiga herida por la segur;
brasa de incienso; vapor de plata;
fulgor de aurora que se dilata
de Oriente a Ocaso, de Norte a Sur.
Verdad, ternura, virtud, belleza,
sueño, entusiasmo, placer, tristeza,
lengua de fuego, vivaz crisol;
abismo de éter que el genio salva;
alondra humilde que canta al alba;
águila altiva que vuela al Sol.
Himno que brota de la montaña;
nostalgia obscura; pasión extraña;
sed insaciable; tedio inmortal;
anhelo eterno e indefinible;
ansia infinita de lo imposible;
amor sublime de lo ideal.
Lascas, 1901.
Escrito por Tania Zapata Ortega
Correctora de estilo y editora.