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De acuerdo con la distinción clásica entre tipo de Estado y formas de Estado o formas de gobierno, el fascismo constituye una forma anómala que se produce dentro del tipo de Estado capitalista, cuya normalidad sería la democracia burguesa. Desde este punto de vista, el fascismo es, pues, una forma de emergencia o excepción del Estado capitalista.
Sin embargo, cabe recalcar que fascismo y democracia son dos formas distintas de una misma acción: la acción que la clase burguesa emprende para frenar en su camino a la clase proletaria.
De hecho, la burguesía establece inevitablemente, en todos los países, dos sistemas de gobierno, dos métodos de lucha mediante los cuales busca defender sus intereses y preservar su dominio. Estos métodos pueden alternarse o entrelazarse en distintas combinaciones. El primero es el del “liberalismo”, la política “más astuta”: un método que busca ampliar los derechos políticos y avanzar mediante reformas, concesiones y otras medidas de este tipo. El segundo es el de la violencia: el método que no concede nada al movimiento obrero, que respalda las instituciones antiguas y ya caducas y que rechaza de manera tajante cualquier reforma.
Casi huelga aclarar que, cuando la burguesía pasa del empleo de un método a otro, no lo hace como resultado del cálculo perverso de individuos aislados ni tampoco por mera casualidad, sino en virtud del carácter profundamente contradictorio de su propia situación.
Los cambios de táctica de las clases dominantes, y de la burguesía en particular, expresan justamente el carácter dialéctico del desarrollo social: de ahí las oscilaciones de la táctica de la burguesía, la transición de las supuestas concesiones y de la política “liberal” de la burguesía al sistema de la violencia.
Es precisamente desde este punto de vista que, ¡en 2014!, el economista egipcio Samir Amin relacionó el retorno del fascismo a la escena política con la crisis del capitalismo contemporáneo.
En este sentido, Amin explicó que el fascismo no es sinónimo de un régimen policial autoritario que rechaza las incertidumbres de la democracia electoral parlamentaria. El fascismo constituye, más bien, una respuesta política específica a los desafíos que puede enfrentar la gestión de la sociedad capitalista en determinadas circunstancias: sólo en ciertas coyunturas de crisis violentas y profundas la opción fascista parece ser la mejor para el capital dominante o, a veces, incluso, la única posible.
Según Amin, las diversas formas de fascismo que se han dado en la historia moderna de Europa, esto es, todos los regímenes fascistas que estuvieron al frente y ejercieron el poder en varios países europeos, especialmente durante la década de 1930 y hasta 1945, tuvieron, cuando menos, dos características en común.
En primer lugar, todos ellos estaban dispuestos a gestionar el gobierno y la sociedad de tal manera que no se pusieran en duda los principios fundamentales del capitalismo, específicamente la propiedad privada capitalista, incluida la del capitalismo monopolista moderno. Ésta es la razón por la que Amin denomina a estas diferentes formas de fascismo formas particulares de gestionar el capitalismo y no formas políticas que cuestionen la legitimidad de este último.
En segundo lugar, Amin subraya que la opción fascista para gestionar una sociedad capitalista en crisis se basa siempre –incluso por definición– en el rechazo categórico de la “democracia”.
Desde esta perspectiva, cabe aceptar que fascismo y democracia son dos aspectos de una misma realidad. Un siglo antes que Amin, Antonio Gramsci ya había advertido que hay, de hecho, una perfecta división del trabajo entre fascismo y democracia.
Cuando la burguesía “democrática” se siente impotente para resolver el problema de no dejar escapar el poder, sostenía Gramsci, llega un punto en el que la “democracia” comprende que debe hacerse a un lado y dejar el campo libre a una fuerza distinta. Es el turno del fascismo.
Grosso modo, la “democracia” organiza el fascismo cuando siente que ya no puede resistir más a la presión de la clase trabajadora. El fascismo, al disgregar a la clase obrera, devuelve a la “democracia” su posibilidad de existir. Cuando la clase obrera pierde toda forma y toda organicidad y se ve reducida a una masa desligada, pulverizada y dispersa, la situación política es “democrática”: los grupos burgueses seudoliberales que arman, favorecen e incitan al fascismo a la lucha contra los obreros pueden restablecer entonces “el imperio de la ley”.
A juicio de Gramsci, el alternarse del fascismo a la democracia y de la democracia al fascismo cierra inexorablemente en torno a la clase trabajadora el círculo vicioso en que la burguesía quiere apresarla.
“¿Cómo se rompe este círculo vicioso?”, preguntaba Gramsci. “Resolver este problema equivale a resolver, prácticamente, el problema de la revolución”.
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Escrito por Miguel Alejandro Pérez
Maestro en Historia por la UNAM.