Sólo un pueblo unido, organizado y consciente puede elevar plenamente la soberanía nacional y trazar el camino hacia su emancipación.
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¿Cuántos peces pueden extraerse del mar antes de arriesgar su existencia? La pregunta parece sencilla, pero responderla requiere mucho más que saber cuánto pescado se captura anualmente. Por ejemplo, en el caso de la merluza común (Merluccius hubbsi), una de las principales especies de pesca argentina, los científicos necesitan reconstruir el estado de la población que se desplaza en un espacio completamente inaccesible, ¿cómo hacerlo?
Los investigadores recurren a campañas científicas, información proveniente de la pesca comercial y modelos matemáticos. Entre los indicadores utilizados se encuentran la biomasa total, la biomasa reproductiva, el reclutamiento y la captura por unidad de esfuerzo (Cpue). La biomasa representa el peso conjunto de los peces de una población; mientras que la biomasa reproductiva permite conocer la cantidad de individuos capaces de contribuir a las siguientes generaciones. La Cpue, por su parte, relaciona las capturas obtenidas con el esfuerzo empleado para conseguirlas. Sin embargo, que la Cpue aumente o disminuya, no significa que la biomasa haya cambiado en la misma proporción: en este indicador pueden influir factores como la eficiencia de las embarcaciones y las características de la actividad pesquera. Por eso, conocer el estado de una población exige combinar diversas fuentes de información. El objetivo no es únicamente saber cuántos peces existen actualmente, sino determinar si la población conserva la capacidad de reproducirse y permanecer en el futuro.
La historia reciente de la merluza muestra por qué esto es necesario. De acuerdo con el Instituto Nacional de Investigación y Desarrollo Pesquero (Inidep), durante la década de los 90, la pesquería experimentó una fuerte expansión. La demanda internacional y el aumento de los precios favorecieron la incorporación de embarcaciones congeladoras y el incremento del esfuerzo pesquero. Hacia finales de esa década, las capturas se aproximaron a 700 mil toneladas, mientras las biomasas total y reproductiva disminuían. La situación llegó a tal punto que, en 1999, se declaró una emergencia pesquera y, posteriormente, se implementaron distintas medidas de control. Entre ellas se encuentran límites de captura, cuotas, vedas y restricciones al esfuerzo pesquero.
Pero aquí aparece una cuestión que va más allá de la biología. Un pez es un organismo vivo, crece, se reproduce y muere siguiendo procesos naturales. La población necesita conservar suficientes individuos reproductores para generar nuevos reclutamientos. Si la extracción supera durante mucho tiempo la capacidad de recuperación poblacional, la actividad pesquera afectará la propia fuente que los sustenta. Sin embargo, para quienes participan en la producción pesquera, existen también otras condiciones: barcos para navegar, trabajadores con necesidades, mercados consumidores de pescado y empresas que buscan comerciar. El propio desarrollo de la pesca argentina muestra cómo la demanda y los precios pueden impulsar la capacidad de captura. La ciencia encuentra un límite que la economía no puede eliminar. Un barco puede modificarse para ser más eficiente; una red puede capturar más; una flota puede aumentar su capacidad, pero ninguna tecnología puede obligar a una población de peces a reproducirse más rápido de lo permisible por sus condiciones biológicas.
El problema, entonces, no consiste únicamente en pescar demasiado, también debemos preguntarnos por qué una sociedad exige permanentemente más de la naturaleza. Bajo el capitalismo, la producción no tiene únicamente el objetivo de satisfacer las necesidades humanas: se encuentra subordinada a la acumulación, la competencia y la obtención de plusvalía. La naturaleza aparece así como una fuente de materias primas apropiada y explotada en una escala cada vez mayor.
Esto no significa que el pescador o trabajador sea responsable individualmente del deterioro de los recursos; significa reconocer que nuestras decisiones productivas se encuentran condicionadas por relaciones sociales más amplias. Podemos conocer científicamente cuánto puede soportar un ecosistema; pero mientras la producción esté orientada fundamentalmente a obtener cada vez más, dominará la constante presión por incrementar la explotación. Frente a ello, necesitamos una forma de organizar la producción de acuerdo a las necesidades sociales y a las condiciones materiales que las satisfacen. Producir lo necesario, y no sólo producir para obtener más plusvalía.
La ciencia puede decirnos cuánto puede soportar el mar; pero por sí sola no puede transformar las relaciones sociales que determinan cómo utilizamos esa riqueza. Para construir una sociedad donde la producción esté al servicio de las necesidades humanas y no de la acumulación capitalista, hace falta organización, conciencia y lucha.
Sólo un pueblo unido, organizado y consciente puede elevar plenamente la soberanía nacional y trazar el camino hacia su emancipación.
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Escrito por Redacción