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En la Franja de Gaza no hay una guerra, sino una masacre, pues no existen dos ejércitos confrontados. Hay una agresión de Israel, con apoyo estadounidense, contra la población civil: el número de muertos rebasa ya los 73 mil. Es una labor sistemática de exterminio, de limpieza étnica. Próximamente se cumplirán tres años de este nuevo episodio de agresión contra el pueblo palestino, con renovado daño social y sufrimiento humano.
Según Unicef España, “En los dos últimos años se ha confirmado la muerte o la mutilación de la escalofriante cifra de 64 mil niños y niñas en toda la Franja de Gaza, entre ellos al menos mil bebés” (Unicef, ocho de octubre de 2025). Y agrega: “La crisis de desnutrición sigue siendo alarmante, especialmente entre los menores de un año. La falta prolongada de una alimentación adecuada ha perjudicado gravemente el crecimiento y el desarrollo de la infancia. En la Franja de Gaza, toda la población infantil menor de cinco años –más de 320 mil– corre el riesgo de sufrir desnutrición aguda (…) en el mes de julio, 13 mil niños y niñas fueron identificados con desnutrición aguda”. Un verdadero holocausto en Palestina cometido por el sionismo.
Los bombardeos han destruido el 85 por ciento de la infraestructura civil, edificios habitacionales, hospitales, depósitos de agua, escuelas. Todo reducido a escombros. Se está ejecutando en Gaza una demolición metódica total para volverla inhabitable; el objetivo es asesinar en masa a los gazatíes y obligar a los sobrevivientes a abandonar sus tierras. Todo esto al amparo del silencio cómplice de gobiernos aliados de EE. UU. Esos mismos gobiernos, ante las protestas de apoyo a Palestina, detienen a los manifestantes, amordazando así todo intento de solidaridad.
También en el sur del Líbano, Israel –con la connivencia del mundo “civilizado” y las “democracias occidentales”– bombardea ciudades y aldeas, mata población civil, ocupa territorios, destruye infraestructura. El seis de septiembre, por ejemplo, el hospital Qandour fue reducido a escombros. Suman 17 los hospitales seriamente dañados desde marzo; tres totalmente inhabilitados. Más horror: medios de prensa internacionales han denunciado reiteradamente que Israel está empleando municiones de fósforo blanco contra la población civil libanesa. Esta sustancia produce horribles quemaduras en la piel. Mientras tanto, los organismos internacionales miran hacia otro lado.
En Irán, la misma saña. Al inicio de la agresión, el 28 de febrero, Estados Unidos bombardeó una escuela primaria en Minab, dejando 168 niñas muertas. El mismo día fueron asesinados también el líder religioso de Irán, el ayatolá Alí Jameneí, su hija y su nieta de poco más de un año de edad. El bombardeo a la escuela no fue accidental. En primer lugar, es conocido el nivel de precisión que la tecnología garantiza en disparos de misiles: lo que llaman el Error Circular Probable, el radio del círculo donde impacta el misil. Los Tomahawk tienen un margen de error menor de cinco metros. Segundo, fue un bombardeo de tres golpes; con diferencia de minutos, tres misiles Tomahawk impactaron sobre la escuela. Fue, pues, un crimen premeditado.
Otro caso. El 1º de septiembre, en Kuhestak, al sur de Irán, fue bombardeada una boda, con un saldo de cinco muertos y 70 heridos. Nada que ver con un campo de batalla. Dice el analista Mohammad Lotfi: “La masacre de Minab y la carnicería de Kuhestak están separadas por varios meses y ocurrieron en circunstancias muy diferentes, pero ambas fueron resultado de ataques deliberados”.
Todos estos crímenes de Israel y Estados Unidos están tipificados como crímenes de guerra por los cuatro Convenios de Ginebra de 1949 y sus protocolos adicionales, que fueron ratificados por 196 Estados y tienen efecto vinculante. Los Convenios constituyen la base del derecho humanitario internacional y protegen la vida y los bienes de la población civil en casos de guerra. El artículo 53, por ejemplo, tipifica como crimen de guerra la destrucción de infraestructura civil. Hoy, la devastada Gaza evidencia la flagrante violación de estos principios del derecho internacional. Pero bien se ve que cuando a su interés conviene, el gran capital viola sin el menor empacho las normas que él mismo ha establecido. Es el derecho del más fuerte.
Es tal la barbarie y tan inocultable que, además de los afectados, otras voces de protesta se alzan, incluso dentro del imperio. “Wes J. Bryant, quien se desempeñó como jefe de evaluaciones de daños civiles en el Departamento de Guerra estadounidense (el Pentágono) y actualmente trabaja como analista de crímenes de guerra, cuestionó los estándares éticos y legales que guían la campaña militar de EE. UU. en Irán. ‘¿Está EE. UU. atacando intencionalmente a civiles en Irán? Lo está haciendo’, aseveró Bryant durante una entrevista con Al Jazeera (…) Según Bryant, su experiencia dentro del Pentágono le permite conocer cómo se documentan y revisan los objetivos militares. ‘Puedo decirles por experiencia que cada ubicación de objetivo se registra en múltiples niveles a lo largo de la cadena de mando’” (HispanTV, cuatro de septiembre).
Y crece el rechazo al salvajismo entre las mismas tropas estadounidenses desplegadas en la región del Golfo Pérsico. Más militares exigen su baja del ejército porque se les obliga a atacar a civiles indefensos. HispanTV publicó una noticia cuya fuente original es la cadena estadounidense MS NOW, medio ajeno a toda sospecha de proclividad hacia Irán. Dice la nota: “Soldados estadounidenses admitieron haber recibido órdenes del Pentágono para bombardear infraestructuras civiles en Irán, según la cadena MS NOW. La cadena habló recientemente con cinco soldados estadounidenses que quieren abandonar el ejército porque lo que vieron en los últimos meses tras la guerra contra Irán puso en tela de juicio sus creencias morales, indicando que ‘se les está pidiendo que violen el derecho internacional’. Uno de los militares (…) señaló que estas ofensivas ‘violan el derecho internacional humanitario tal como se define en los Convenios de Ginebra’ (…) La cadena indicó que, seis meses después del inicio de la guerra, aumentó el número de soldados que abandonaron el ejército por remordimiento, debido al incremento de víctimas civiles (…) Según la cadena, el bombardeo de la escuela en Minab en febrero, y la muerte de civiles en ese ataque, influyeron (…) Mike Prysner, quien dirige una línea telefónica de ayuda para que los militares se declaren objetores de conciencia en el Centro para la Conciencia y la Guerra, afirmó que su grupo ha visto un aumento de seis veces en las solicitudes desde el inicio de la guerra contra Irán el 28 de febrero, y agregó que la tasa actual es la más alta de los últimos 25 años” (HispanTV, cinco de septiembre).
En lo concerniente a las causas de la bestialidad referida, falsas explicaciones la atribuyen a causas morales, por ejemplo, a la “maldad” de Trump o de Netanyahu, o bien a una razón sicológica, como el desquiciamiento mental de esos gobernantes (situaciones ambas que no se excluyen). En Estados Unidos, tampoco radica la causa en la política o la ideología particular de los republicanos: los demócratas hacen lo mismo; y en Israel, antes de Netanyahu, sus antecesores procedieron igual.
Como causa más inmediata de los actos reseñados, destacan la impotencia militar y la desesperación de los mandos militares estadounidenses, que están sufriendo una bochornosa derrota frente a Irán, que exhibe la debilidad sistémica del otrora casi invencible ejército imperialista. Incapaz de derrotar a las fuerzas armadas iraníes y a su gobierno, firmemente respaldados por el pueblo, EE. UU. ataca a la población civil para aterrorizarla, forzarla a retroceder, retirar su apoyo al gobierno y empujarla a la rendición. Una vez rendido moral y políticamente el pueblo iraní –razonan los estrategas estadounidenses– se facilitaría la derrota del ejército. Pero a la luz de los hechos, ese cálculo es erróneo.
Pero la causa más profunda, sistémica, que empuja al imperio a cometer tantos crímenes es la necesidad de expansión del gran capital: una necesidad vital, que encuentra un obstáculo en los ahora estrechos límites nacionales y necesita expandirse más allá, hacia nuevos mercados y fuentes de materias primas. El imperialismo necesita el mundo entero para satisfacer su necesidad de acumulación; eso precisamente le impele a abrirse paso a sangre y fuego. Ése es el titiritero que mueve a Trump y a Netanyahu.
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Escrito por Abel Pérez Zamorano
Doctor en Economía por la London School of Economics. Profesor-investigador de la Universidad Autónoma Chapingo.