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Reportaje
Islandia y Brasil en el macrojuego geopolítico anticolonial
Dos países definen su bando en la guerra contra el neocolonialismo; y en las urnas, sus ciudadanos expresan el deseo de soberanía y autodeterminación.


Dos países definen su bando en la guerra contra el neocolonialismo; y en las urnas, sus ciudadanos expresan el deseo de soberanía y autodeterminación.

La necropolítica de Estados Unidos (EE. UU.) dibuja su nuevo orden tecnopolítico con visión neofascista: reconfigura Medio Oriente en su guerra eterna contra Irán, expolia recursos críticos de América Latina y margina a la Europa comunitaria como cliente del complejo industrial militar.

Esa visión neocolonial tiene su mejor expresión en el rearme de Alemania que, a su vez, facilita más armas para aniquilar palestinos al Premier israelí. Mientras, el procónsul estadounidense en Colombia, que se retrata ante decenas de cuerpos aniquilados –como presas de caza– hace lo suyo por su ejército.

Son efímeros trazos del nuevo orden que diseñan las cúpulas en Washington y cuyo neofascismo es tan rampante que ya lo desafía un puñado de Estados.

Uno es Brasil con el Partido de los Trabajadores (PT) y los Sin Tierra (ST) que defienden derechos ganados; y el otro es Islandia, esa Isla del Norte donde ‒contra todo pronóstico‒ muchos libran valientes batallas por su soberanía.

Conscientes de que esta batalla será definitiva, esos hombres y mujeres se preparan ante la dificultad por venir, buscan nuevos aliados y estudian la situación; saben que deben aprovechar este momentum: en vísperas de la elección legislativa en EE. UU., cuando se disputará el control de la potencia imperial.

El resultado de esa elección en el Congreso también se proyectará en México, que en 2027 escenificará elecciones para 17 gubernaturas y 500 diputados. Es indudable la injerencia de EE. UU. en ese proceso en que se jugará la continuidad del actual proyecto político en una tendencia global de avance hacia la derecha radical.

Trump retó, Lula ganó

Por ello, el Brasil de Luiz Inácio Lula da Silva es el nuevo campo de batalla por la autodeterminación de América Latina. Esta región que, como ha señalado el líder del Movimiento Antorchista, ingeniero Aquiles Córdova, es donde EE. UU. se atrinchera ante su inevitable pérdida de hegemonía.

Ésta es una contienda entre fuerzas poderosas, que trascienden la cuestión electoral y donde Brasil está en el primer plano ante la estrategia estadounidense por controlar la política de toda Suramérica.

Para ello, Washington ya tiene a su servicio a siete procónsules de ultraderecha en sus respectivos Estados: Argentina, Bolivia, Colombia, Ecuador, Chile, Perú y Paraguay. Y suma a su favor la decapitación de la soberanía en Venezuela, a la que desangra de sus bienes geopolíticos tras retener ilegalmente a su presidente.

Envanecido por ese indigno balance, Donald Trump lanzó el reto y el Brasil de Lula decidió neutralizarlo. El juego de enorme dimensión geopolítica que hoy libran los dos colosos del continente americano oscila entre amagos, represalias e intentos diplomáticos.

A EE. UU. le urge hacerse de “la joya de la corona” latinoamericana y que Brasil sea su portaaviones sobre toda la región; para ello requiere el retorno del bolsonarismo.

 

 

Basta recordar que el gigante latinoamericano tiene un Producto Interno Bruto superior a 2.1 billones de dólares (el de México oscila entre dos y 1.8 bdd). De ahí la trascendencia de que esta disputa geopolítica se decida a favor de nuestras naciones y la conservación de sus recursos para la prosperidad futura.

El experimentado político Lula trazó una línea roja para no ceder soberanía ni negociar activos nacionales. Trump, el arrogante magnate, usa tácticas de presión político-arancelarias y judiciales para reinstalar a otro procónsul afín en el Palacio de Planalto, sede del gobierno brasileño.

Ahí se origina la reacción de Lula que, ante miembros del PT y con voz enronquecida, pregonó su posición a tres semanas de la elección presidencial del cuatro de octubre:

“¡Mientras yo viva, la extrema derecha no volverá a gobernar Brasil! ¡Es más, que venga a ayudarlos quien quiera! ¡Si quieren a Trump, que venga! ¡Si quieren a Milei, que venga! ¡Que venga quien quiera! ¡No quiero ayuda de fuera!”.

Analistas internacionales reconocen la “política de astucia” con la que Lula (el primer presidente obrero de Brasil) logró influir para suprimir la dictadura militar y su estructura autoritaria; además de desplegar su habilidad de diálogo para mitigar la escalada comercial con EE. UU.

Sin embargo, Donald Trump abrió un nuevo frente con demostraciones de fuerza unilateral alegando “amenazas” a su seguridad nacional; a lo que Lula ha respondido consciente de que la soberanía nacional es todo; por ello, alza la voz y exije el retorno al respeto al Derecho Internacional y al mismo tiempo, abre canales a la interacción con los miembros de las más prometedoras economías del Siglo XXI: Rusia, India, China, Sudáfrica y otros del bloque BRICS-Plus, donde se practica una política exterior colectiva que no se intimida frente a EE. UU.

En su primer mandato presidencial (2003-2007), Lula cobró fama mundial por las estrategias que sacaron de la pobreza a entre 20 y 30 millones de personas. Fue tal el avance brasileño que Jim O’ Neill, el analista de Goldman & Sachs, incluyó al país en su informe Building Better Global Economic BRICs (2006) como “uno de los más prometedores de este siglo”.

El presidente brasileño, a quien enfrenta su homólogo estadounidense, alcanzó esos resultados porque tiene tras de sí el saber socio-político adquirido como tornero mecánico en empresas metalúrgicas de Säo Paulo, como sindicalista en plena dictadura y fundador del PT.

Su segundo mandato (2007-2011) consolidó el liderazgo geopolítico de Brasil, que le ganó altos índices de aprobación. Para cerrar el paso a una nueva presidencia, la derecha brasileña y la embajada estadounidense urdieron una emboscada político-judicial: lo acusaron de un supuesto lavado de dinero y corrupción hasta aprisionarlo 580 días.

Entonces llegó a Planalto el reaccionario exmilitar Jair Bolsonaro, quien intentó un golpe para impedir la tercera presidencia de Lula. Por ello, el neofascista expresidente fue condenado a 27 años de prisión, pena que cumple en casa.

Cuando Donald Trump retornó a la presidencia de EE. UU., presionó para frenar el juicio contra Bolsonaro, su amigo, y sostuvo que era víctima de una “cacería de brujas”. Ahí escaló el choque con Brasil, al que impuso altísimos aranceles como represalia.

Por más de 13 meses, Lula ha calificado los gravámenes como “castigo”, ha defendido las decisiones soberanas del Poder Judicial y anunció medidas de reciprocidad. En ese periodo, ambos presidentes han dialogado en persona y vía electrónica (apenas el 21 de agosto), pero la disputa se mantiene.

La guerra de aranceles ‒de hasta 37.5 por ciento a ciertos productos‒ representó pérdidas de exportación por casi 11 mil 500 millones de dólares (mdd). Luego, EE. UU. pasó a la guerra diplomática y acusó a Brasil de retrasar el beneplácito a su candidato Daniel Pérez como embajador.

Más tarde, Brasilia negó el ingreso a estadounidenses que, supuestamente, evaluarían el sistema de voto electrónico; en reacción, Trump revocó la visa de la embajadora de Brasil, Maria Luiza Ribeiro.

Sin embargo, Lula mantiene el pulso. Promovió medidas legislativas estratégicas, como el blindaje estatal a minerales críticos –como el litio y las tierras raras–, y así garantizar la soberanía del Estado.

Con el tiempo, Washington suavizó el mensaje mediante el diario Folha de S. Paulo (1º de septiembre de 2026), en el artículo La negociación entra en un nuevo escenario y Trump sugirió buscar un acuerdo con Brasil.

Aun así, el brasileño activó su estrategia del Nuevo Sistema de Pagos (PIX) que presiona a Visa y Mastercard, dos colosos digitales estadounidenses. Ante las críticas de la Casa Blanca, el obrero metalúrgico respondió que PIX no se negocia.

En ese vaivén, la Casa Blanca insiste con su apoyo tácito y respalda al hijo del convicto exmandatario, exdiputado y senador por Río de Janeiro, Flávio Bolsonaro, actual adversario de Lula para la presidencia, y con él se agrupa a la ultraderecha que, en 2016, dañó a Da Silva.

Lo vigila la justicia brasileña bajo sospecha de planificar la fuga de su padre. Según sondeos, el presidente lo aventaja por entre cinco y ocho puntos, diferencia muy pequeña que él debe remontar antes del cuatro de octubre.

Lula no duda en subir el tono contra la injerencia extranjera y se niega a ceder o alinearse a las presiones. Por su geopolítica asertiva, el historiador John D. French lo califica como hombre “sorprendentemente carismático, ingenioso y entrañable”. Es así como, desde el Sur Global, se ve a Brasil dando la batalla por todo un continente.

Islandia euroescéptica

Al otro lado del mundo, en el Atlántico Norte, está Islandia, Estado insular neutral por décadas al que ahora EE. UU. y la Unión Europea (UE) pretenden convertir en polvorín. Tras el referendo del 29 de agosto, en apretado triunfo, rechazó continuar con el proceso de adhesión a la Unión Europea (UE).

El 52.8 por ciento de los islandeses (118 mil 040) escribió “Nei” (No) en la boleta con la pregunta: ¿Está de acuerdo en retomar las negociaciones para adherirse a la Unión Europea? Participó la mayoría del padrón (82.4 por ciento), donde 47.2 por ciento (105 mil 399 votos) se expresaron a favor del retorno al diálogo.

De seis departamentos en Islandia, cuatro rechazaron la adhesión (rurales y dependientes de la pesca) y dos a favor de continuar esa vía (la capital y otra ciudad). Ello revela la tendencia a la fragmentación entre la ciudad y sus zonas rurales que cada vez aumenta en países europeos.

El “No” es la voluntad social de que sea ese Estado el que proyecte su interés geopolítico, que ni EE. UU. o la Europa comunitaria lo involucren en su conflictiva política exterior.

Tras la cuestión del referendo existe una situación de importancia crítica: por décadas, medios y think tanks occidentales silenciaron que, desde la creación de la Organización de Tratado del Atlántico Norte (OTAN), en 1949, Islandia ha sido su base de operaciones avanzadas en el Ártico.

El Occidente Colectivo ideó la “amenaza” de supuestos submarinos nucleares (de la Unión Soviética, ahora de la Federación de Rusia) que surcan ese océano. De ahí la importancia geoestratégica de Islandia para el control y seguridad de las nuevas rutas marítimas que abre el deshielo del Ártico.

 

 

Y en medio surge una paradoja: Islandia, pese a ser miembro de la OTAN, no tiene un ejército. De modo que, tras el mito sobre las “incursiones” rusas, está la lucha por controlar el vasto territorio helado de Groenlandia.

Por ello, se explica el urgente viaje de Ursula von der Leyen a Groenlandia tras el rechazo islandés. “No es que Rusia esté interesada en Islandia para alcanzar el Ártico, pues ya tiene más de 18 mil kilómetros de costa ahí”, explica el experto en la región, Neil Marvin.

Sí influyeron la guerra de la OTAN en Ucrania contra Rusia y las repetidas declaraciones de Donald Trump sobre Groenlandia. Ambos escenarios significaron que su eventual adhesión a Europa no sea noticia grata para los islandeses.

Para la OTAN sería un vuelco que Islandia ya no garantizara su influencia en el norte, ya que el “No” rechaza someterse a la política exterior de la UE para permanecer soberanos. Fue el voto por el ¡No! a la integración y sin presión.

Hace tiempo que la UE atrajo a Islandia y lo mostró como candidato favorito a incorporarse en el corto plazo; una membresía que eliminaría la soñada posibilidad de Ucrania.

Otra clave del voto se explica en la frase: “Es el pescado, ¡estúpido!”. Islandia es una isla donde la industria pesquera del atlántico norte sostiene la economía, el sector provee gran parte de los empleos y sus exportaciones.

Ante la creciente demanda de pesca, Reikiavik ha sido obligado a defender su litoral y bancos de pesca frente a vecinos como Reino Unido, con el que ha librado “guerras del bacalao” (1958 y 1986) y que ganó con el tiempo.

Para los islandeses, la pesca se ha vinculado históricamente al sentido de identidad nacional y de soberanía. Para ellos, su identidad es la pesca y adherirse a la UE significaría perder el control sobre esas zonas pesqueras y abrir sus aguas a corporaciones extranjeras.

Ingresar a la UE significa someter a Islandia a la Política Pesquera Común, que impone normas sobre la forma en que se debe pescar, qué volumen capturar y en qué bloques hacerlo. Además, determina las cuotas anuales que se permiten a cada Estado.

En contra está el 90 por ciento de las empresas de la industria piscícola de Islandia. La reciente encuesta Gallup revela que los ciudadanos están seguros de que Bruselas impondrá su criterio a costa de que ellos pierdan su soberanía.

Ello, a pesar de que la Comisión Europea ofreció que exploraría soluciones “ingeniosas” para contener la preocupación de los pescadores. También pesó la historia. Islandia fue uno de los países que más sufrió la crisis financiera (2008-2011), quebraron sus tres grandes bancos (Glitnir, Kaupthing y Landsbank), a lo que siguió el pánico bancario.

Ese colapso monetario fue el mayor sufrido por algún país, con relación al tamaño de su economía: la corona islandesa perdió más de la mitad de su valor inicial, el desempleo se elevó y, por ello, el Fondo Monetario Internacional impuso su programa de rescate con estrictos controles que se prolongó por años.

Esa catástrofe se ocultó al mundo y la OTAN opera tan campante en Islandia. De ahí la relevancia del artículo que The Economist publicó el 1° de diciembre de 2008 con el título: Grietas en la corteza.

Esa situación dejó lecciones al país; la principal consiste en no dejarse arrastrar nuevamente por decisiones más allá de sus fronteras; aunque en 2009, la entonces premier Jóhanna Sigurdardóttir solicitó el ingreso de Islandia a la UE.

El proceso se estancó por una década, cuando gobernó la líder del Movimiento de Izquierda-Verde, Katrín Jakobsdóttir, quien perdió su carrera porque no ganó la presidencia en 2024. Algunos votantes de izquierda le reclamaron su cooperación con el Partido de la Independencia y su repentina dimisión como Premier.

 

 

Ese malestar permeó en los comicios parlamentarios de noviembre, cuando rechazaron a los Verdes de Izquierda y al movimiento socialista. Por ello, hoy gobierna en Islandia una coalición de tres partidos (liberales y centro-izquierda), todos liderados por mujeres, que acordaron respaldar a la socialdemócrata Kristrún Frostadóttir como Primera Ministra.

Ante la celebración del referéndum se produjo una crisis a la que fue arrastrada Islandia. La campaña por el ¡No! tuvo como piedra angular la posible entrega a Bruselas de la soberanía de Islandia ganada durante generaciones.

Por ello, la alegría cuando se anunció el muy apretado triunfo del “No”, simpatizantes del status quo vitoreaban: “¡Ganamos!” y sus colegas celebraban con cantos y abrazos; los indecisos confesaban: “No tengo confianza”, “Hay muchas dudas”.

Para los observadores, el bando del “No” aprovechó el escepticismo de los islandeses, hacia Bruselas. Así que, por ahora, en ese estratégico país, muchos resumen lo ocurrido con la frase: “Mejor quedamos como hasta ahora”. 


Escrito por Nydia Egremy

Internacionalista mexicana y periodista especializada en investigaciones sobre seguridad nacional, inteligencia y conflictos armados.


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