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Escoria blanca, de Nancy Isenberg
Isenberg nos muestra que la basura humana no es cosa de un lejano pasado histórico, sino también un presente de pavor.
Escoria, es decir, desecho, basura, seres humanos de piel blanca que viven en Estados Unidos (EE. UU.) y que son considerados por otros gringos blancos como desperdicio humano, despojo odiado, que incluso genéticamente han mutado y que tienen una característica común: forman un tipo de seres, millones, que han vivido por generaciones en la más espantosa pobreza y no poseen medios de producción: White trash, título del libro en inglés. Es la clase social oprimida por siglos, que vive en EE. UU., y que el sueño americano siempre nos ha querido ocultar porque su sola existencia lo cuestiona y desmiente como el gran engaño que es para la sociedad norteamericana, “la gran esperanza del mundo”. Este libro de Nancy Isenberg, de 2018, muestra la horrible realidad y reinterpreta la experiencia histórica estadounidense en el sentido de clase y la explotación para evidenciar esta forma de ser norteamericana, que regularmente nos pasa desapercibida. El subtítulo lo confirma: Los ignorados 400 años de historia de las clases sociales estadounidenses. Asomarse a ese basurero sobrecoge el corazón.
Isenberg nos muestra que la basura humana no es cosa de un lejano pasado histórico, sino también un presente de pavor: carente de todo mérito, de valor moral, con hijos sin control en la escuela, portadores de defectos congénitos, de parásitos y de enfermedades, que a menudo viven de la basura, en la inmundicia y del contrabando; así son y han sido generaciones de gringos: igual que los zombis drogados que hoy vemos deambular por las calles de las ciudades de EE. UU., basura de hoy que se acumuló sobre la basura histórica del imperio que está muriendo.
Ése es el degenerado país que vemos desde la tribuna de Nancy Isenberg, nación que pretende darnos clases de moral y enseñar a México y al mundo cómo gobernarse y cómo comerciar justamente: las filas de sus fuerzas armadas, garantes de la “democracia” estadounidense, criminales de tantas guerras imperialistas, han estado y ahora están repletas de los hijos de esas comunidades rurales deprimidas ‒despectivamente llamados “cuellos rojos” por sus propios compatriotas‒, de la clase trabajadora blanca empobrecida, zombis ansiosos de atención cuya clase dominante sólo les puede satisfacer o con la efímera fama de un programa televisivo de concursos y una ametralladora en Libia, Afganistán, Irak… o quizá aquí mismo.
Ésa es la triste realidad de EE. UU.: basural que da pena y acongoja, montañas de seres humanos que viven la infamia de su propia degradación, tanto la de los parias lúmpenes, como la de los gringos “de bien” que los denigran con adjetivos oprobiosos. Una descomposición social que molesta como el hedor de un muerto: hay que usar tapones nasales de mentol para resistir la putrefacción desprendida por la nefasta lucha de clases estadounidense que nos narra Nancy Isenberg. Para que el fascismo imperialista triunfe en el mundo, se requieren multitudes fascistizadas a las que primero debemos ofrecer identidad propia para que se sientan orgullosas, tanto la caterva de los denigrados como los bandidos denigradores.
Isenberg muestra ese largo proceso, también en los últimos tiempos, gracias a la acción funesta de la televisión, en la que el propio presidente Trump dirigió el programa The Apprentice (El aprendiz) durante varios años, donde “se festejaba el trato despiadado hacia las personas que buscan empleo. Tanto en ese espectáculo como en otros similares, el talento resulta ser algo totalmente secundario. Se contrataba a presuntas estrellas carentes de formación para alimentar el interés de naturaleza voyerista con la expectativa de que, siendo mediocres, exhibieran sin pudor la peor cara de las cualidades humanas: vanidad, lujuria y codicia". En ese e incontables programas televisivos se jugó durante décadas con el tema de la escoria blanca y de la clase social que la creó para moldear en ambas una identidad basada en el odio y el afán destructivo.
Isenberg descarta que sea la sola enseñanza de los buenos modales lo que sanará la civilización norteamericana: ya no tiene remedio, es necesario un cambio radical. El mundo necesita otro tipo de gringos, hermanos de los pueblos. Sólo en ellos mismos reside la voluntad para ya no ser basura.
Escrito por Luis Miguel López Alanís
Periodista y escritor. Autor del libro “Ecos de los organizadores”.