El lector puede terminar repugnando el tour, luego de leer este libro venezolano de 2017.
Cargando, por favor espere...
La votación se produjo en el trasfondo de la Doctrina Donroe, con la derecha revigorizada dentro y fuera de Brasil que postula a Flávio Bolsonaro. Desde una izquierda recompuesta, Luiz Inácio Lula da Silva libró la batalla en defensa de los recursos y el multilateralismo de Nuestra América.
Como nunca antes, Brasil se proyectó, el cuatro de octubre, como el último bastión de las fuerzas antihegemónicas en América Latina con Da Silva como su “último hombre en pie”. La contienda se generó en el contexto de la crudísima acometida estadounidense contra Venezuela y Cuba con el decisivo avance de la derecha radical en Perú, Bolivia, Argentina, Chile, Ecuador, Paraguay y Colombia, rendidos a la Casa Blanca.
En un segundo plano y con obvia motivación geopolítica, operó la tecnopolítica con Donald Trump determinado a influir en la elección con su omnipresente injerencia. El capitalismo corporativo llegaba triunfante tras el acuerdo con Dinamarca para instalar bases militares en Groenlandia y satisfecho del impasse con Xi Jinping.
La elección presidencial del quinto país más grande del mundo definió el nivel y fuerza de la injerencia trumpista. En esa batalla, la República Popular China calculó el rango de compromiso para la cooperación que está dispuesta a asumir con Brasil y América Latina.
Los ataques desde la Casa Blanca sirvieron a Lula para alimentar el nacionalismo brasileño y presentarse como defensor de la soberanía regional ante Estados Unidos (EE. UU.). A su vez, los conservadores buscan expandir su poder en la región, valiéndose del peso político-económico de Brasil.
Tras el cuatro de octubre, en primera o segunda vuelta, sólo se ven dos escenarios postelectorales: en el primero, Luiz Inácio perdía y Brasil pasaba a manos de la oligarquía local, que entregaría sus recursos a EE. UU. y sus trasnacionales. Esto implicaría un gran riesgo para el futuro de la región.
En el segundo, Da Silva ganaba y Brasil entraba en la batalla por la hegemonía política regional contra las fuerzas alineadas a EE. UU. para impulsar el multilateralismo con la izquierda y centro-izquierda. El exsindicalista se proyectaría como un líder cada vez más combativo y daría un respiro a la región y a México, el siguiente objetivo imperialista.
Lula, candidato del Partido de los Trabajadores, iría por su cuarto mandato presidencial; y Flávio Bolsonaro, candidato del Partido Liberal, por el primero. Ambos competían por gobernar el país más rico de América Latina desde el Palacio de Planalto.
Los contrastes son obvios: el actual presidente tiene 80 años y Flávio 45, que se asume como heredero de su padre preso. Se pronosticó que habría segunda vuelta por la polarización, que llegó a ritmo frenético tras las denuncias de corrupción que alcanzaban a jueces supremos.
Liderazgo y geopolítica
Brasil no es un país latinoamericano más, sino un gigante agrícola y el mayor exportador mundial de carne y soya, que destaca en la producción de café, caña de azúcar y palma de aceite. Ese auge productivo lo ha posicionado como protagonista ante los mercados internacionales.
A la par, sus 8.5 millones de kilómetros cuadrados alojan grandes reservas de recursos naturales, minerales críticos y gran biodiversidad (alberga el 62 por ciento de la superficie de la Amazonia, convertida en pilar de su economía y potencial energético).
Para algunos analistas, el coloso sudamericano tiene ya la capacidad para redefinir el equilibrio político-económico global porque ha sido capaz de maniobrar entre bloques, como con la Unión Europea, y proyectar sus intereses.
En ese país, el más rico de América Latina, se postuló el experimentado Lula da Silva para su tercer mandato. Su actual gestión ha sido difícil, pues comenzó con la intentona de golpe de Bolsonaro y ha transcurrido con la persistente provocación de Donald Trump y el ascenso de la derecha radical.
Hasta ahora, Luiz Inácio ha salido airoso por el buen resultado producido por su política económica e interna para afianzar el control del Estado sobre recursos estratégicos. Éste es un rubro fundamental, silenciado por analistas y prensa hegemónica que redujeron la campaña electoral a un choque de personalidades (Silva-Bolsonaro).
Durante la campaña se omitió el debate sobre el trasfondo geopolítico implicado en la elección: el futuro del enorme potencial de tierras raras brasileñas, que son las segundas reservas mundiales estimadas en 21 millones de toneladas métricas (™) (23.1 por ciento global). Será el próximo huésped del Palacio presidencial de Planalto quien decida si ese potencial estratégico queda en manos de la nación o se entrega a las trasnacionales tecnológicas.
En cambio, durante la campaña, los análisis y artículos se centraron en escándalos políticos y de fraudes financieros que privaron a los 214.2 millones de brasileños de un debate para que decidan si conservan el control de las tierras raras o las entregan al capitalismo corporativo.
Esa cuestión vital para el futuro desarrollo de los brasileños radica en que conozcan que poseen los 17 minerales críticos más deseados por las corporaciones. Es decir, el escandio, itrio, lantano, cerio, praseodimio, neodimio, prometio, samario, europio, gadolinio, terbio, disprosio, holmio, erbio, tulio e iterbio.
En el mundo se libra una intensa batalla por acceder a esos elementos esenciales para la transición tecnológica y energética, pues China –el mayor poseedor, con 44 ™– ya redujo su exportación. La siguen Vietnam, con 22 ™ y Rusia con 1 ™. Se estima que las 21 ™ de reservas brasileñas serían mayores, pues apenas se han prospectado 25 por ciento del territorio.
De ahí el respaldo de las corporaciones tecnológicas a Trump para usar la fuerza contra Lula y apoderarse del recurso con gran potencial geopolítico brasileño. No controlarlo significa para EE. UU. depender de China, que controla el 70 por ciento de las tierras raras.
Así lo constata el Informe 2025, liberado a cuentagotas por el US Geological Survey Mineral Commodity que funge como una agencia de inteligencia y que, a su vez, confirmó la existencia de reservas interesantes de escandio e itrio en México.
Consciente de que esos minerales son fundamentales para el desarrollo brasileño, Da Silva envió al Senado una iniciativa para impulsar la exploración y alentar su proceso. La propuesta se aprobó por abrumadora mayoría un mes antes de la elección, el tres de septiembre.
Con ese nuevo marco legal, Lula situó a su país como socio original del bloque emergente junto a Rusia, India, China y Sudáfrica (BRICS). Ellos lideran la posesión de minerales y materias primas indispensables para fabricar dispositivos electrónicos, vehículos eléctricos, paneles solares e, incluso, motores a reacción.
En ese gran juego geopolítico se efectuó la campaña presidencial que ocultó el peso de las tierras raras en el debate para encubrir información sustancial a los electores brasileños para que no decidan su voto con perspectiva en ese importante asunto para el futuro.
En cambio, Washington y sus corporaciones ya realizaban movimientos para posicionarse en zonas estratégicas de Brasil, donde existen estos recursos. Luego de que, en 2025, China restringió sus exportaciones de tierras raras ante los aranceles de Trump, el análisis conjunto de AP y Reporter Brasil identificó una ola de inversiones norteamericanas en el coloso sudamericano.
La firma USA Rare Earth, con participación del gobierno estadounidense, compró a Serra Verde, el único productor comercial de esos minerales en el estado brasileño de Goiás. Ante esa ola de adquisiciones, Luiz Inácio decidió que Brasil desarrolle una industria propia para explotar esos recursos críticos y ya no exportarlos.
“No vamos a repetir lo que sucedió con el oro y la plata en América. Queremos que Brasil sea el gran beneficiario de las tierras raras”, sostuvo Da Silva el siete de mayo tras reunirse con Donald Trump. Por eso impulsó el Fondo de Garantía de la Actividad Minera y un programa para procesar y transformar los minerales.
Con esa riqueza, Brasil figura entre los 18 países megadiversos con entre 15 y 20 por ciento de la diversidad biológica mundial. Ése es el activo estratégico fundamental para avanzar hacia un modelo de desarrollo sostenido, economía verde y transición energética.
Sin embargo, las políticas de la extrema derecha de Jair Bolsonaro (2019-2022) desmantelaron las salvaguardas ambientales. Entre otros, el agronegocio impulsó la “Ley de la devastación”, que flexibilizó y exentó a macroproyectos infraestructurales de licencias ambientales que alentaron la deforestación y la contaminación.
Con Bolsonaro, la deforestación anual promedio en la Amazonia aumentó 75 por ciento contra periodos previos, con un pico de destrucción de hasta 13 mil kilómetros cuadrados al año. El exmilitar fue multado directamente por violar normas ambientales que aceleraron la destrucción amazónica.
Polarizados
Que los votantes del gigante sudamericano llegaran tan polarizados en lo político-social a la elección derivó de la consolidación entre ambos contendientes y sus valores, luego del intento de golpe de Bolsonaro.
Por un lado, la derecha –conformada por las oligarquías y conservadores proimperialistas, aliados con las iglesias evangélicas– se ha fortalecido explotando la percepción de inseguridad pública con la narrativa del auge de la delincuencia, agitada por medios y redes sociales.
Ahí se intensificó el discurso de identidades políticas excluyentes, donde ya no hay rivales legítimos sino enemigos existenciales. Además, la polarización socavó el libre ejercicio democrático al grado de crear condiciones donde los electores aceptaron la violencia política y violaciones a las normas de equidad en la contienda.
Según los expertos Julián Borba y Ednaldo Ribeiro, la violencia no acabó tras los ataques del ocho de enero de 2023, así lo evidenció la encuesta de este año, en la que los consultados ya muestran baja tolerancia hacia los oponentes, en especial los bolsonaristas.
Otro factor que agudizó la polarización provino de la propaganda sobre un supuesto “empate técnico” entre los candidatos. Es evidente que la intención de manipular el voto del elector ya no obedece a un programa político razonado, sino a un acto emotivo de no estar con el perdedor.
La difusión de supuestas preferencias hacia el voto o popularidad de los candidatos acentuó la polarización política porque mostró un escenario muy apretado entre los contendientes. Además, ningún valor parecía estable: la preferencia por Lula osciló entre el 46 y 52 por ciento; mientras que en torno a Flávio Bolsonaro se mantuvo entre 30 y 45 por ciento.
Sin embargo, éste registró un alza a principios de septiembre, cuando su campaña asumió la narrativa del “empate”; de modo que, a días de la primera vuelta, las bases de apoyo de ambos contendientes se mostraban consolidadas, explicó la analista Talita Tanscheit.
Dos visiones
Lúcido y filoso, Da Silva mantiene su firmeza soberana como arma política y nadie le rebate. “Brasil no pertenece a nadie ni es el traspatio de nadie”, advirtió ante la Asamblea General de Naciones Unidas el 22 de septiembre para aclarar su posición ante la presión político-comercial de Donald Trump.
En su actual mandato, Luiz Inácio proyectó una política exterior muy ambiciosa centrada en la cooperación sur-sur, que rechaza una nueva Guerra Fría, diversifica sus asociaciones (desde China hasta la Unión Europea y EE. UU.), que mantiene su alianza con los BRICS y el Sur Global.
Su estrategia de reindustrialización y soberanía tecnológica, coordinada desde el Estado, busca organizar las cadenas de suministro, ampliar el procesamiento interno y evitar la “simple exportación” de materias primas estratégicas. El objetivo consiste en reposicionar a Brasil como actor global autónomo y promover el multilateralismo.
En contraste, la visión del senador Flávio Bolsonaro se centra en “recomponer” las relaciones con EE. UU.; con una diplomacia más pragmática que prioriza en el comercio, la inversión y vincularse con instituciones globalistas como la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos.
La injerencia de Trump ha sido abiertamente a favor de la oposición brasileña y del expresidente Jair Messias Bolsonaro, al grado de imponer sanciones al juez que lo condenó a 27 años de prisión y aumentó la presión diplomática sobre Lula. Su respaldo a la candidatura de Flávio, el hijo mayor de Bolsonaro, logró que su mediocre programa escalara en campaña hasta convertirse en el mayor rival de Luiz Inácio.
China es otro actor omnipresente en la elección brasileña. En los últimos años, la potencia asiática se ha integrado en las redes comerciales y productivas de Brasil; basta ver que a agosto de este 2026, Beijing absorbía el 30.7 por ciento de las exportaciones brasileñas, contra el 9.6 por ciento de EE. UU., revela Americas Quaterly.
En lo político, el presidente Xi Jinping no ha escatimado expresiones de apoyo a la política soberanista de Lula; el 27 de julio manifestó su rechazo a la injerencia externa y expresó su disposición a reforzar la coordinación estratégica bilateral y multilateral.
El brasileño respondió: “Reiteramos nuestro objetivo común de ampliar la cooperación en ámbitos estratégicos y de alta tecnología, como la Inteligencia Artificial (IA), los satélites, el procesamiento de minerales críticos y el comercio de fertilizantes”.
La derecha no ve con malos ojos a Beijing. Aunque, en su campaña de 2018, Jair Bolsonaro afirmó que China estaba “comprando Brasil” y sus asesores la presentaban como amenaza ideológica; ya en la presidencia fue más pragmático: alentó el comercio y la inversión chinas, incluso permitió a Huawei suministrar las redes 5G de Brasil, pese a presiones estadounidenses.
El pivote de ese viraje fue el sector agroindustrial, pues China es el principal cliente de soya y otros productos agrícolas brasileños, por lo que el sector evita una disputa ideológica que arriesgue su mayor mercado.
México y Brasil: por fin cercanos
Los dos países más ricos de América Latina entablaron relaciones en 1825, aunque en las pasadas décadas fue un vínculo distante pese a que data de hace ya 221 años.
Hoy, Brasil es nuestro primer socio comercial en la región, con acuerdos interesantes sobre cooperación estratégica, como el firmado entre Petróleos Mexicanos y Petrobras para colaborar en producción, refinación, petroquímica y fertilizantes. Asimismo, se pactó otro en tecnología e innovación para transformación digital, IA, semiconductores y transición energética.
En lo político, ambos gobiernos relanzaron su estrategia; y en torno a la perspectiva electoral en Brasil, Sheinbaum Pardo comentó que Da Silva “ha sido un muy buen presidente” porque, en un año, cumplió su promesa de “hambre cero”. Y agregó que rechaza la injerencia extranjera y pidió que sean los brasileños quienes definan su futuro.
Éste es el Brasil que juega en las grandes ligas de la geopolítica global y, en cualquier escenario electoral resultante, con Lula se consolida como la octava economía más grande del planeta. En resumen, un éxito del gobierno de izquierda.
Elección en cifras
El padrón electoral corresponde a 158 millones 765 mil 543 personas.
Se eligió al jefe del Poder Ejecutivo entre 12 fórmulas.
Si se llega a segunda vuelta, será el 25 de octubre.
Además, se eligieron 27 gobernadores, 513 bancas de la Cámara de Diputados y 54 del Senado.
Los candidatos y sus partidos son:
Luiz Inácio Lula da Silva/Geraldo Alckmin por el Partido de los Trabajadores/Partido Socialista Brasileño.
Flávio Bolsonaro/Alfredo Gaspar por el Partido liberal.
Ronaldo Caiado/Gilberto Kassab del Partido Socialdemócrata.
Romeu Zema/Eduardo Girão por el Partido Novo.
Augusto Cury/Júlio Delgado de Avante.
Renan Santos/Aroldo Medina por Missão.
Rui Costa Pimenta/Antōnio Carlos del Partido da Causa Operária.
Samara Martins/Raquel Brício de Unidad Popular.
Edmilson Costa/Cleusa Santos por el Partido Comunista Brasileiro.
Hertz Díaz/Vanessa Portugal del Partido Socialista dos Trabalhadores Unificados.
Wilson Grassi/ Suëd Haidar por Democrata.
Clariana Barão/Fabiana Torquato por Democracia Cristã.
El lector puede terminar repugnando el tour, luego de leer este libro venezolano de 2017.
Lo que está en juego supera unas presidenciales ordinarias: no solo el modelo de desarrollo, sino el destino de Jair Bolsonaro y la composición del Supremo, que Flavio promete “limpiar de naranjas podridas”.
Senado aprueba reforma a los artículos 82, 116 y 122; Baja California, Oaxaca y Ciudad de México ya avalaron la minuta; se requieren al menos 17 congresos locales para completar el proceso constitucional.
La encuesta de Quaest indicó que la preferencia electoral por el presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, pasó de 43 a 48 por ciento.
El país mantiene rezagos en educación superior: sólo 22 % de los adultos de 25 a 64 años cuenta con esos estudios.
Las autoridades de Irán no descartan una nueva escalada militar ante el rechazo de sus condiciones por parte de Trump.
El Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá es uno de los instrumentos que el imperio está empleando para impulsar algunos acuerdos contra China.
El presidente estadounidense endurece su guerra económica contra China, rival mundial y un riesgo para su “seguridad nacional”; y para aminorar los “riesgos” ha incluido a México.
El pueblo trabajador de Lugansk merece respeto al voto. El resultado de lo ocurrido estos días seguirá teniendo un impacto político para Rusia, el este europeo y Washington mismo.
Desde los años noventa, EE. UU. ha desatado guerras a diestra y siniestra, sin que la ONU se inmute ni intente detenerlas.
O el mundo sigue por el camino del imperialismo o abrimos una vía de transición hacia un mundo multipolar.
Con motivo del Día Internacional de la Paz, 21 de septiembre
Hoy, ante una relación conflictiva con la prensa gringa, se advierte que podría traerle problemas de cara a las elecciones de noviembre.
El mercado muestra que el petróleo no escasea: lo que falla es su circulación.
Isenberg nos muestra que la basura humana no es cosa de un lejano pasado histórico, sino también un presente de pavor.
Escrito por Nydia Egremy
Internacionalista mexicana y periodista especializada en investigaciones sobre seguridad nacional, inteligencia y conflictos armados.