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En un contexto de incertidumbre internacional, México y Serbia celebran su añejo vínculo; siempre han afirmado la autodeterminación frente a sus poderosos vecinos y vislumbran su progreso en un futuro multipolar.
En la segunda posguerra mundial, dos Estados, separados por 10 mil 620 kilómetros, elevaron su vínculo al máximo nivel diplomático. La iniciativa llegó del líder Josip Broz Tito y, el 24 de mayo de 1946, México y Yugoslavia abrían sus respectivas embajadas mientras coincidían en respaldar a la República española contra la dictadura de Francisco Franco.
Ocho décadas después, las geopolíticas de México y Serbia armonizan nuevamente su política exterior y repudiaron también los excesos del orden surgido de la Segunda Guerra Mundial como la carrera armamentista, la guerra en Vietnam y el bloqueo a Cuba; en este siglo, rechazaron la invasión a Irak y la guerra contra Irán.
Ahora que el mundo atestigua los devastadores efectos de la rivalidad geopolítica de Estados Unidos (EE. UU.) contra China, así como la agresión del Occidente Colectivo contra Rusia e Irán, que también auspicia la destrucción de Líbano y el portazo a un Estado palestino, ambos países envían un fuerte mensaje desde su diplomacia.
Una vez más, Serbia –el antiguo centro político de la exYugoslavia‒ y México proyectan el modelo de no alineación en sus respectivas políticas exteriores, independencia entre bloques que Yugoslavia postuló durante la Guerra Fría y que, en su momento, México adoptó.
Ese modelo cobra vigencia ante la actual conmoción que se vive en el ámbito de las relaciones internacionales debido a la enorme presión multidimensional desplegada por las potencias en la escena global mientras dirimen sus diferencias.
Al celebrar ocho décadas de relación bilateral, conviene revisar los desafíos regionales y globales contemporáneos que ambos Estados enfrentan. Serbia actual, un Estado bañado por el río Danubio y vecino de ocho países: Bulgaria y Rumania, Macedonia del Norte, Hungría, Bosnia y Herzegovina, Croacia, Montenegro y su exprovincia Kosovo.
La fascinación
Poco se sabe en nuestro país que, durante las décadas de 1950 y 1960, se desarrolló en la exYugoslavia un gran interés por México, su historia, cultura y tradiciones que se llamó: Fenómeno Cultural Yu-Mex.
Pese a los miles de kilómetros que los separaban, la fascinación por México fue tal en esos años, que se importaban desde Serbia decenas de películas mexicanas que alcanzaron éxitos rotundos de taquilla en todas las ciudades de esa Federación.
El sincretismo cultural se extendió al arte musical. Artistas serbios adoptaron canciones rancheras y de mariachi, de modo que cantar en español y en serbo-croata y vestirse con traje tradicional de charro garantizaba el éxito en los Balcanes.
A fines del Siglo XX llegaron a México figuras serbias del deporte para aportar sus destrezas, como Velibor Bora Milutinovic, que aún es el “serbio más mexicano” y más famoso.
El paso más antiguo de un viajero serbio por México, según la historia, fue el naturalista y políglota Dorde Sagic (1795-1873), llamado también George Fisher, quien llegó en la primera ola migratoria hacia Norteamérica hacia 1825.
Este personaje estudió sacerdocio en su tierra y, en 1813, fue parte de la primera –y fallida‒ revuelta contra el imperio otomano para embarcarse hacia el Nuevo Mundo, que ofrecía oportunidades. Su rastro llega hasta Texas, entonces territorio mexicano, donde fue juez, general y se sumó a la Revolución de Texas; antes había fundado el diario El Mercurio en Matamoros y fue comisionado por el gobierno como agente de aduanas en Galveston, Texas. Más tarde él se sumó a la llamada “Revolución de Texas”.
La segunda ola de emigración serbia (fines de 1880), trajo a serbios y montenegrinos, entre ellos arribó el célebre inventor Nikola Tesla. Esos eslavos del sur son el puente con México y la historia.
De ahí que hoy Serbia imprima especial cuidado a su política exterior, que debe lidiar con un conjunto de relaciones asimétricas.
Ese pequeño Estado de siete millones de habitantes, repartidos en 88 mil 400 kilómetros cuadrados (casi la superficie de Oaxaca) sostiene todavía elementos de política de bienestar de su pasado socialista: destaca la protección laboral, salud y educación pública universal y acceso a vivienda estatal.
Para expertos del Instituto Lowy, ese país es el “estabilizador” de Occidente; amigo de Rusia y socio de China, que pretende incorporarse a la Unión Europea (UE). Y pese a la presión de Bruselas, Serbia rechazó aplicar sanciones a Rusia, país con el que mantiene vínculos energéticos y económicos. Todo ello sucede bajo el mandato del presidente Aleksandar Vučić, quien dimitió en septiembre para ser candidato a primer ministro en las elecciones parlamentarias del 25 de octubre.
A su vez, México es una potencia media cuya visión persevera en identificarse con la de América Latina, aunque comparte tres mil 145 kilómetros de frontera terrestre con EE. UU., la mayor superpotencia bélica y su principal socio en seguridad y comercio.
EE. UU. se repliega en América Latina para fortalecerse y desde aquí emprender su definitiva batalla contra China. En ese juego de poder, México es la pieza fundamental de la geopolítica estadounidense.
Guardadas las diferencias geoestratégicas, algo similar ocurre con Serbia, situado geográfica y políticamente entre Oriente y Occidente, desde donde pondera su idea de coexistencia y cooperación con la Europa occidental, mientras se esfuerza por equilibrar la relación con Rusia, China y el Sur Global.
Vuelo conjunto
Se sabe que la historia de la relación entre la actual Serbia y México data al menos de dos siglos, a partir de encuentros anónimos entre visitantes de paso, comerciantes, incluso científicos. Habrían sido viajeros que transitaron los más de 10 mil 620 kilómetros para desarrollar una afinidad que impulsa el entendimiento formal entre naciones y luego, gobiernos.
Cuando en el Siglo XVI España convertía a México en la Nueva España, Serbia ya había transitado de ser reino medieval cristiano, e imperio con el zar Stefan Uros, a parte del imperio otomano. En el Siglo XIX se independizó, y con otros territorios de los Balcanes, formó el reino de Yugoslavia.
En el Siglo XX, tras la Segunda Guerra Mundial, emergió como Estado en la República Federal Socialista de Yugoslavia, una singular federación no alineada, situada donde geoestratégicamente representa la encrucijada entre Europa Central y Oriental.
Serbia fue la capital de esa entidad con carácter socialista, que se integró al Consejo de Ayuda Mutua Económica (CAME, una forma de Mercado Común impulsado por la Unión Soviética).
De entonces provienen los recuerdos de las dos visitas de Estado realizadas a México por el mariscal de campo Josip Broz Tito, valiente partisano antinazi y legendario líder yugoslavo, artífice de la convivencia pacífica entre las múltiples nacionalidades de los Balcanes y las superpotencias.
La primera vez que vino fue en 1963, invitado por Adolfo López Mateos, con quien asistió a una corrida de toros y visitó la flamante Unidad habitacional Independencia. Además, el mariscal viajó a Guadalajara, donde impulsó un centro de salud.
La segunda fue en 1976, con Luis Echeverría, cuando llegó a Cancún para delinear la política de no alineación. Esa vez, el político nacido en la Croacia que entonces pertenecía al imperio austro-húngaro, no perdió la ocasión de fotografiar, con cámara en mano, esa zona del caribe mexicano.
En aquel momento, el mundo experimentaba conmociones: el Golpe de Estado a la presidenta de Argentina; miles se levantaban en Soweto, Sudáfrica, contra la cruel segregación racial, mientras en EE. UU. James Carter ganaba la presidencia tras el escándalo de Watergate.
La muerte de Tito (1980) precedió a la desintegración de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) y el bloque socialista (1991), alentada por Occidente, que aprovechó la escisión de Yugoslavia durante la Guerra de los Balcanes. Con la vana oferta de la “economía de mercado”, Europa instó a independizarse a las ricas e industrializadas Eslovenia y Croacia –tal como después hizo Ucrania– y urdió la devastadora guerra civil que escindió a Bosnia y Herzegovina.
Ése fue el saldo del separatismo interno alentado por las pugnas nacionalistas y la agresiva injerencia de Occidente que, además de destruir el sueño integrador de Tito, bañó de sangre la región mientras las trasnacionales se hacían de las riquezas balcánicas.
Fue así como Serbia inició el Siglo XXI bajo fuego de la Alianza del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y perdió la provincia de Kosovo. Ante esas sacudidas político-económicas, hasta 2006 mantuvo con Montenegro el nombre genérico de Yugoslavia, hasta que Montenegro también se independizó.
La ola expansiva de la guerra por Kosovo, la antigua provincia yugoslava de mayoría albanesa (2008), produjo la interrupción de relación bilateral en 1992, cuando el presidente de México Carlos Salinas de Gortari apoyó la Resolución 757 de la ONU contra Yugoslavia por el conflicto en Bosnia.
Nuestro país redujo su nivel a encargado de negocios y suspendió viajes oficiales, aunque no cerró su sede en Belgrado. En 1995 se normalizó la relación con Serbia, sucesora legal de Yugoslavia.
Kosovo no es totalmente visto como ente soberano por el consenso internacional. Aunque obtuvo el reconocimiento de 103 Estados de la ONU, en 2025 le retiraron ese aval más de 25 países como Bielorrusia, Argentina, Brasil, Chile, Norcorea, Cuba, España, India, Irak, Irán, Rusia, Sudáfrica, Ucrania, Congo y otros; China mantiene un reconocimiento “limitado”.
México no reconoce su independencia en apego a la Resolución 1244 (de 1999) del Consejo de Seguridad de la ONU, que apela a los principios constitucionales de política exterior basados en la solución pacífica de los conflictos.
La política exterior de México y Serbia coincide en su visión proactiva, porque favorece la descolonización de los pueblos. Como países en desarrollo y en transición, coinciden también en foros internacionales y se alejan del aislamiento característico del neoliberalismo.
En el aniversario de su relación, se han comprometido a fortalecer sus vínculos en todos los ámbitos. El comercio mutuo ya suma 128 millones de dólares (mdd), y la Cámara Serbia de Comercio e Industria optó por incrementar, sobre todo ofreciendo servicios de alta tecnología de la información(ciberseguridad).
A su vez, México ofrece su fuerte sector automotriz, aeroespacial y agrícola. Ambos países contemplan más cooperación en educación, deportes y turismo. Serbia ha reconocido consistentemente el apoyo de México a su integridad territorial, con el que avanza hacia un futuro multipolar para conectar cadenas de suministro regionales.
Para subrayar la importancia que Serbia concede a los 80 años de relaciones, vino a México la esposa del presidente de ese país, Tamara Vučić, quien ofreció acercar el patrimonio y expresiones culturales de ambos países a sus respectivas sociedades.
Esas dificultades y avances forman la trama diplomática binacional que, a lo largo de su historia común, han tejido con finos hilos nacionales de ambos Estados capaces de identificar las coincidencias e intereses comunes.
Entrevista: la diplomacia bilateral Serbia-México
Quién mejor para pasar revista a la relación diplomática bilateral que el director del Centro para la Estabilidad Social e historiador, Aleksandar Gajic, quien conversó con buzos de la noticia sobre el significado de este aniversario.
Para Gajic, esta conmemoración surge en un contexto único que abre interesantes expectativas de futura cooperación entre Norteamérica –de la que México es integrante, con Canadá y EE. UU.– y el país balcánico.
Más allá de la formal comunicación entre los respectivos jefes de Estado, hubo vínculos más cercanos, describe el académico y afirma que en el libro que escribe, consignará los momentos más brillantes de esa comunicación.
El también asesor general del Ministerio de Asuntos Generales de Serbia refiere que la población serbia ha superado enormes obstáculos desde la segunda posguerra hasta la actualidad y ha sido capaz de volver a levantarse como Estado soberano.
Durante su estancia en México, el doctor Gajic desplegó actividades destinadas a explorar oportunidades de colaboración académicas bilaterales con el Centro para la Estabilidad Social y la propia Universidad de Novi Sad.
buzos (b).- ¿Cómo permaneció estable esa relación pese al cambio regional y en Yugoslavia?
Aleksandar Gajic (AG).- Hemos tenido oportunidad de explicar con colegas de México, lo que fue la disolución de Yugoslavia y cómo después se pudo mantener la cooperación. Aún hoy se recuerda en Serbia el impacto histórico de la relación de México con la entonces República Federal de Yugoslavia.
La desintegración de Yugoslavia marcó una etapa marcada por dificultades como el estallido de múltiples conflictos étnicos armados internos, que dejaron su huella en la economía y que se tradujo en una inflación inmanejable.
b.- Aleksandar Gajic se refirió al impacto político, social e histórico por la escisión de la provincia de Kosovo, que se produjo en medio del proceso de adhesión a la Unión Europea.
AG.- “Para Serbia, ése es aún un importante desafío en su relación con los miembros de la Unión Europea. Ahora, el país ha consolidado su economía al grado de acercar la prosperidad a la población”.
b.- Pese a sus diferencias geopolíticas, hay una historia común de diplomacia independiente entre nuestros países, ¿qué significa México para el pueblo y gobierno serbio?
AG.- Es la oportunidad de profundizar su relación cultural y económica. Serbia es un Estado con identidad geopolítica en una región donde hay divergencias entre los Estados que la rodean. México también tiene una gran identidad cultural que nos atrae mucho. Incluso ahora, en el Mundial de Futbol, nuestras familias estaban a favor de su selección.
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Escrito por Nydia Egremy
Internacionalista mexicana y periodista especializada en investigaciones sobre seguridad nacional, inteligencia y conflictos armados.