Cargando, por favor espere...

Ensayo
La injerencia de la derecha imperialista en América Latina y las lecciones que debe sacar México
La izquierda ha dado la batalla sin reconocer el problema, ha querido salvar a las naciones discursivamente dejando en su lugar el camino abierto a la derecha al fracasar estrepitosamente con su política sin principios, sin fundamentos, sin una teoría correcta, revolucionaria.


Fue Argentina la nación más grotescamente subyugada por la ultraderecha en América Latina. En 2023, este gran país fue conquistado, de manera abrumadora además, por la oligarquía mundial; el sionismo hizo su nido en la Patagonia y con Javier Milei a la cabeza se apoderó de una de las naciones más grandes y ricas del continente.

Algunos años antes, en 2019, Nayib Bukele se jactaba de ser el gran peón del imperialismo norteamericano en el continente. Hoy, su país sirve de cárcel para los inmigrantes expulsados, a punta de pistola, de Norteamérica. Este año, tres naciones más se agregaron a la lista de conquistas de la élite de ultrarricos apertrechada en Washington. En Chile fue impuesto José Antonio Kast, un nieto de nazis que no tardó en ofrendar la riqueza del pueblo andino al ente anglosajón. En Colombia, el infame De la Espriella, apenas tomando el cetro, puso el país a disposición del capital sionista que rompió así las frágiles barreras construidas por Petro. En Honduras, el dueño de Palantir (una empresa de vigilancia que presta sus servicios al Mossad y a la CIA) ha construido su propia nación con permiso del gobierno encabezado por Nasry “Tito” Asfura, uno más de la caterva de entreguistas elegidos por el ente imperialista. Bolivia, Costa Rica, República Dominicana, Panamá y Paraguay completan esta deleznable lista de gobiernos alineados con la derecha mundial y cuyo objetivo central es poner a disposición del imperialismo las reservas naturales y de mano de obra de las que disponen sus naciones.

Dos son las particularidades que queremos destacar de este tristísimo recuento. La primera de ellas tiene que ver con las condiciones internas previas a la llegada al poder de los apátridas, traidores y entreguistas que hoy controlan el continente. En prácticamente todos estos países gobernaba, antes de que el fascismo hundiera su planta, la “izquierda”. La llegada de Milei estuvo precedida por un escandaloso y claramente incapaz gobierno peronista. Alberto Fernández fue más célebre por sus escándalos personales que por sus acciones de gobierno, por lo demás, reflejo de una ignorancia política severa. En Ecuador, el encumbramiento de la derecha fue precedido por una mutación de la izquierda: el candidato de Rafael Correa, Lenín Moreno, abjuró de su partido y se entregó a las élites norteamericanas. Hoy Correa vive exiliado en Bélgica, jugando al caudillo. En Chile gobernó una coalición encabezada por Gabriel Boric, pretendido representante de las olvidadas juventudes chilenas, quien tomó la posición de “no tomar partido” y “gobernar para todos”. A la larga esto significó gobernar para los ricos de su país y del mundo. Lo mismo podemos decir de Honduras, Uruguay y, sobre todo, de Bolivia, ese gobierno indigenista que, más que por la embestida externa, cayó víctima de sus propias contradicciones. No lo podemos obviar y de ninguna manera nos conviene negarlo: el camino para la llegada de la derecha lo labró, en cierta medida, la propia “izquierda”.

 

 

¿En qué consistieron los errores de los gobiernos de “izquierda” en América Latina? ¿Por qué son directa, aunque parcialmente, culpables de la crisis política y social del continente? No nos atreveríamos a juzgar las particularidades de cada nación y, sin embargo, hay una constante que salta a la vista. Todos estos gobiernos carecían de una teoría económica, política y social que guiara sus acciones. Sus principios surgían de las ocurrencias del caudillo de turno. Éste podía ser carismático, valiente, joven, etc., y, sin embargo, ningún poder se sostiene esencialmente sobre atributos personales. Ni Evo en Bolivia, ni Petro en Colombia, ni Correa en Ecuador, ni Mujica en Uruguay orientaron su política desde claros principios organizativos. Cual curanderos sociales se lanzaron a dar recomendaciones hablando del bien y del mal, del pobre y del rico, de la nobleza de corazón, etc. Ninguna de estas categorías puede erigirse en sí misma en fundamento político.

La política es una ciencia constituida por leyes y principios que la historia lleva siglos desarrollando y que se resumen en el Materialismo Dialéctico e Histórico o, como se le conoce coloquialmente, en el marxismo-leninismo. La izquierda latinoamericana renegó abiertamente del marxismo: Mujica, Correa, Cristina, Evo y compañía (Andrés Manuel López Obrador en México y Nicolás Maduro en Venezuela) improvisaron. Inventaron principios, creyeron que en política bastaba con la buena fe, con las ganas de cambiar el mundo. Muchos de ellos, como en el caso de Uruguay, Ecuador y México, realmente creyeron constituir un principio cuando su nombre opacó el del partido que los llevó al poder. No profundizaremos más ahora sobre esto, pero es necesario dejar constancia de ello: la izquierda latinoamericana fracasó porque abandonó el marxismo, porque improvisó, porque se encandiló con las masas que vitoreaban nombres y que acudían pidiendo solución en época de crisis y sufrimiento, movidas por el hambre, no por la convicción. En otras palabras, los caudillos que hoy claman desde el exilio sus bondades y lloran el triunfo de los más sanguinarios enemigos del pueblo, son en gran medida culpables de la catástrofe. Ellos querían corregir al sistema, no transformarlo; paliar la pobreza, no exterminarla; atenuar la lucha de clases, no desaparecerla. En el fondo no eran más que reformistas, la parte más sentimental de una clase deshumanizada.

Si nos atrevemos a afirmar que la caída de la izquierda fue por la ausencia y el rechazo consciente del marxismo-leninismo, es un hecho histórico y no como consecuencia de un criterio teórico. La Revolución Cubana, la única que sigue en pie después de más de sesenta años, fue organizada en torno a estos principios; Fidel no se cansó de repetirlo. La Unión Soviética, el gobierno proletario más largo de la historia humana, fue construida en torno a sus fundamentos. Corea del Norte y, sobre todo, China, siguen en pie gracias a la firmeza de su teoría y a la confianza en el poder del Partido. Estos casos, que abiertamente sostienen su adhesión al marxismo, están exentos de mesianismo, voluntarismo y buena fe. La política proletaria es una ciencia y debe ser comprendida como tal para que una revolución sea triunfante. Por más que parezca cantaleta, la máxima de Lenin es imperecedera: ¡Sin teoría revolucionaria no hay movimiento revolucionario! Y la única teoría que ha demostrado ser verdadera es el marxismo-leninismo.

 

 

Ahora bien, ¿es el populismo latinoamericano la causa única de la crisis en el Continente? ¿Esos pretendidos salvadores que hoy empantanan con sus lágrimas el suelo, son la razón última de la injerencia del fascismo sionista en América Latina? No, son sólo sus inconscientes propiciadores. En el fondo subyace una causa de mayor trascendencia. Se justifica la existencia de gobiernos de ultraderecha, inhumanos y antipopulares a partir de la democracia. Estos seres que han puesto a administrar los negocios de la lumpenburguesía son soportables porque fueron elegidos por el “pueblo”. La nación, argumentan, los colocó ahí, y está obligada, como pretendía el Leviatán hobbesiano, a aguantar al gobierno que puso, a pesar de que todo lo que haga vaya en contra de sus intereses. “El pueblo los votó y el pueblo ahora que se aguante”.

Hay dos falacias en este argumento. En primer lugar, la “democracia” que permitió la llegada de estos hombres al poder no es el ejercicio de la voluntad popular. Como ha quedado suficientemente demostrado en estas y otras elecciones, la injerencia del capital es el factor determinante. No ganan los candidatos con mejores discursos, con mejores propuestas o con proyectos sociales que beneficien a las mayorías. El triunfo se reserva para quienes tienen el capital. La democracia bajo el capitalismo es un negocio. Las grandes empresas invierten en el proceso electoral comprando votos, medios de comunicación, fabricando granjas de bots que crean “tendencia” en las redes, etc. El dueño de los medios, del aparato ideológico, es quien, en última instancia, elige al gobierno. El pueblo, bajo este sistema político, tiene un poder limitado. El ultraimperialismo se apoderó de América Latina no después de elegidos los infrahombres que hoy gobiernan el continente, sino mucho antes, al apoderarse de la riqueza, del capital y del aparato ideológico de cada país.

¿No puede entonces la clase trabajadora hacer nada para evitar el desastre en nuestro continente ante la embestida brutal del capitalismo? ¿Estamos condenados, dado que no poseemos capital, a aceptar sumisamente el papel oprobioso de colonias que el capitalismo mundial nos ha atribuido? ¿Debemos entregar sin dar pelea la tierra, el agua y todas las riquezas naturales que por derecho le corresponden al pueblo, a un puñado de magnates degenerados? Hay una salida, pero no es la que la izquierda latinoamericana nos presenta. En este momento se están llevando a cabo en Brasil las elecciones a presidente. El mundo entero cruza los dedos para que el más grande bastión de América y el último resquicio del continente no caiga en manos del capital sionista. Es posible que Brasil se salve; esperamos que lo haga, lo que al menos le daría tiempo al pueblo latinoamericano para repensar su táctica. Sin embargo, la solución no es cargar la lucha de toda una clase, de un país sometido históricamente, sobre las espaldas de un hombre. Nadie es suficientemente grande por sí solo para cambiar la realidad. Esto puede hacerse únicamente a través de un partido proletario, organizado desde abajo.

Lo diremos de pasada a sabiendas de que esto requiere una explicación más profunda, y sin embargo nos sirve la experiencia para ejemplificar nuestro análisis. Venezuela es hoy el claro ejemplo de la derrota. Un gobierno que se entrega sin luchar, que acepta la sumisión sin un solo gesto de reacción, merece la condena histórica. No obstante, ¿podemos culpar al pueblo de no reaccionar? Venezuela es un ejemplo claro de que los gobiernos, aunque se autoproclamen socialistas, populistas, etc., representan los intereses de la clase que posee el capital, a menos que surjan de las bases. La organización de las masas en la nación bolivariana se dio desde arriba; era el gobierno el que, bajo una estructura, eficiente ciertamente, controlaba todos los órganos de poder. El pueblo venezolano que intentó reaccionar fue rápidamente controlado. El pueblo venezolano cayó en la más ignominiosa sumisión porque su gobierno lo entregó. Se colige de ello, nuevamente, como lo ha probado la historia durante siglos, que los gobiernos no harán nunca, por más edulcorados que sean, la tarea que le corresponde al pueblo, a la clase trabajadora.

En estos momentos la ultraderecha se cierne amenazante sobre el país carioca; tiene posibilidades de hacerse con el control de la nación, de su riqueza, y de la fuerza de trabajo de su gente, no porque el pueblo brasileño sea incapaz de defenderse, de reaccionar con un levantamiento popular si fuera necesario, sino porque han restringido su lucha a la formalidad de depositar un voto en una urna; porque ven desde sus sillones el conteo y rezan para que su candidato, el más noble de entre la clase enemiga, derrote al más despiadado de la misma clase. No parecen sentir, o pensar, que tengan otra responsabilidad. Si el capital sionista compra el poder, no hay nada entonces que podamos hacer. La trampa está bien pensada y el no imaginar siquiera que existan otras alternativas revela la eficiencia del control.

Si cae Brasil, quedará Cuba sola, como la nación encargada de defender la soberanía y la dignidad de todo un continente. México podría contarse como un aliado y, sin embargo, el partido en el poder no parece calibrar correctamente la amenaza que la injerencia imperialista representa. Es cierto que somos, hoy, un país controlado desde su base por el capital norteamericano; que la cultura y la conciencia en México son manipuladas desde el extranjero; que la idea de la patria se ha difuminado entre los discursos del liberalismo y la globalización y, no obstante, podríamos estar mucho peor. De alguna manera el partido en el poder todavía se resiste, jalonea un poco en defensa de la soberanía. Pero esa actitud, en tiempos de invasión, no es suficiente.

 

 

Puntualicemos, para terminar, las características del problema al que nos enfrentamos: 1) El capital en decadencia busca, porque los necesita para sobrevivir, apoderarse de todos los recursos existentes en el continente, lo que implica apoderarse de su soberanía a través de gobiernos títeres. 2) La izquierda ha dado la batalla sin reconocer el problema, ha querido salvar a las naciones discursivamente dejando en su lugar el camino abierto a la derecha al fracasar estrepitosamente con su política sin principios, sin fundamentos, sin una teoría correcta, revolucionaria. 3) El único sector capacitado para defender verdaderamente a la patria, para salvar al pueblo, es el pueblo mismo. Nadie jugará el papel que históricamente le está reservado a él.

En el caso de México, como en el de América Latina y el mundo entero, la única defensa posible de la vida, la patria y la humanidad es organizarse desde abajo. Crear estructuras independientes, ajenas al poder establecido. Construir una política popular que se organice a través de un partido, de un partido específicamente leninista; aquí no caben ya más aclaraciones. Si existe alguna posibilidad para la clase trabajadora en esta batalla final contra el capital, ésta se halla en sus propias capacidades organizativas, en la inteligencia de la vanguardia proletaria que, comprendiendo la realidad científicamente, genere métodos de organización y educación lo suficientemente firmes y resistentes para dar una lucha que es inevitable y que, por todo lo dicho, sólo puede comprenderse como una lucha de clases, la última esperanza que tiene la humanidad de sobrevivir. 


Escrito por Abentofail Pérez Orona

Licenciado en Historia y maestro en Filosofía por la UNAM. Doctorando en Filosofía Política por la Universidad Autónoma de Barcelona (España).


Notas relacionadas

México y Serbia celebran su añejo vínculo; siempre han afirmado la autodeterminación frente a sus poderosos vecinos y vislumbran su progreso en un futuro multipolar.

La política de Washington es un crimen de guerra y sus responsables deberían ser enjuiciados como se hizo en los juicios de Nuremberg, después de la derrota del nazismo.

La resistencia ha estado en Cuba históricamente; con el marxismo-leninismo ha aguantado los embates del imperialismo.

Las formas para seleccionar candidatos cambiaron, pero el oportunismo, los cacicazgos y la disputa por posiciones todavía encuentran espacio para reproducirse.

El imperialismo moderno se constituyó robando tierras indígenas...

El Gobierno adjudicó el 90 por ciento de las acciones por 340.2 millones de dólares a un consorcio privado; el 10 por ciento restante seguirá en manos de los argentinos.

Miles de estudiantes realizaron manifestaciones en Río de Janeiro para respaldar a Lula y defender la educación pública, la democracia y los derechos sociales, a 18 días de la segunda vuelta presidencial.

Miles de estudiantes se movilizaron en distintas ciudades del país al cumplirse tres años del genocidio en Gaza; exigieron el fin de las hostilidades y denunciaron la crisis humanitaria.

El organismo proyectó que el PIB del país aumentará 1.4 por ciento.

Flávio Bolsonaro está respaldado por los sectores más conservadores y busca imponer una agenda de extrema derecha para eliminar el progresismo del gobierno de Lula.

Desde una izquierda recompuesta, Luiz Inácio Lula da Silva libró la batalla en defensa de los recursos y el multilateralismo de Nuestra América.

El lector puede terminar repugnando el tour, luego de leer este libro venezolano de 2017.

La Guardia Costera estadounidense interceptó el carguero Grace el 5 de septiembre en el Caribe; Washington sostiene que utilizaba tácticas de la llamada flota oscura para evadir la vigilancia marítima.

Mediante un pronunciamiento, los firmantes cuestionaron las sanciones de Estados Unidos contra la isla y alertan sobre sus efectos en sectores como salud y energía.

Los legisladores pidieron a Marco Rubio que el gobierno de Donald Trump respete el proceso electoral brasileño y reconozca el resultado oficial de las urnas, sin importar quién gane la elección del 4 de octubre.