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Opinión
El día que llegaron las lluvias
Las insurrecciones, como las lluvias, por fin han llegado.


Las insurrecciones, como las lluvias, por fin han llegado. Desde París hasta Barcelona, pasando por Italia y otros países europeos, el canto del gallo galo profetiza el levantamiento de los más jóvenes que impugnan el sinsentido del mundo contemporáneo.

Los mayores se aterran, nos aterramos, con el huracán de la vitalidad de los más pequeños que, sin permiso, se sublevan, rompen, queman, se organizan, saquean, revientan y se escabullen de la policía. Hay que estar ahí para ver cómo las protestas toman un ritmo, un lenguaje y una carga simbólica muy propia de nuestra época, o, mejor dicho, de su época. Porque los rebeldes se han encargado de dejar en claro quiénes son los protagonistas de las revueltas. Contrasta la ligereza, la rapidez, la desbandada y la seguridad de quien no tiene nada que perder con que se escabullen los insurrectos con la pesadez, la lentitud, la solidez de los cuerpos de granaderos que los combaten.

Las razones de las protestas, como hemos visto, tienen en su apariencia más superficial las malas condiciones materiales y espirituales de las escuelas secundarias y, por otro lado, la crisis de la vivienda porque los alquileres y las rentas son muy caros y el salario de las personas no alcanza para vivir en ciertos lugares. Ambas situaciones no son para menos, porque como apuntaba Sergio Zermeño, las causas inmediatas suelen ser tan importantes para explicar los movimientos sociales como las circunstancias más profundas. Y como han demostrado los interesados en las protestas, las pésimas condiciones en que se desenvuelve la educación pública en Francia es un síntoma del abandono y el desprecio del Estado de la educación de los jóvenes de la clase trabajadora, migrante, provenientes de países árabes y del norte de África que se han definido a sí mismos como MDLR, mec de la rue, niños o jóvenes de la calle.

Una de las consecuencias de que sean precisamente estos sujetos, los jóvenes de la secundaria, los que se insubordinen, ha sido que las opiniones de los respetables padres y madres de familia del mundo occidental, de izquierda a derecha, se lleven las manos a la cabeza y, al ver perdida la paz del reino, desacreditar las protestas, imaginar enemigos, solicitar medidas drásticas e invocar al garrote de la policía o a las armas del ejército para llenar las cárceles y abatir al enemigo que se organiza contra las circunstancias actuales. Y en este intento de fabricación del enemigo ya se han introducido circunstancias imaginarias: en lugar de entender el odio social y la ira como un fenómeno político y económico que lleva despojando y atentando contra la clase trabajadora en las grandes ciudades se ha culpado al islam, al feminismo, a los migrantes, a Rusia y a todos los elementos negativos que caben en un coctel de conspiraciones.

Pero, como lo analizaba Tiqqun y El Comité invisible, en última instancia lo que buscan es “generacionalizar la protesta para que no se generalice”. Todos los partidos del establishment europeo y la mayor parte de la prensa han establecido un perfil de manifestante para hacer temblar de miedo a los y las ancianas respetables cuando se crucen con un insurrecto, que puede ser cualquiera con el objetivo de que no se haga más general y amplio el conflicto y se insurrecte la mayor parte de la clase trabajadora.

Pero, también siguiendo a nuestros amigos de Tiqqun, es necesario apuntar que “llegaron las revueltas, pero no ha llegado la Revolución”. Es una tarea de los revolucionarios organizar la revolución contra el capital y, sin embargo, “la revuelta siempre se queda atorada en la fase del motín”. Y los partidos políticos revolucionarios (si es que quedan) no han estado a la cabeza, en la vanguardia, y ven (y vemos) cómo se van perdiendo una y otra vez las oportunidades revolucionarias. Sin embargo, los jóvenes de hoy están dando una lección a toda la sociedad y a todas las clases sociales acomodadas que se han puesto de acuerdo para apacentar en el tiempo histórico en que nos ha tocado vivir. Porque no es que las circunstancias no sean óptimas para la revuelta. Las condiciones objetivas están ahí pues el orgullo de nuestra época es “haber logrado la colisión histórica de una crisis ecológica planetaria, una crisis política generalizada de la democracia y una crisis energética inexorable, todo ello rematado por una crisis económica mundial galopante pero sin precedentes desde hace un siglo”. En todo caso, si el vendaval revolucionario nos arrastra, nos impugna, nos critica, la responsabilidad de eso no lo tendrá la Revolución, sino nuestra incapacidad de interpretar el momento histórico.

Una cosa que ha impugnado también la revuelta juvenil es la esencia misma de lo que Lipovetsky decía de la condición posmoderna de nuestra sociedad. Según el canon, la posmodernidad había creado individuos eternamente jóvenes. Es un rasgo de las sociedades contemporáneas la eternización de la juventud de los individuos. No sólo se busca alargar la vida, sino vivir permanentemente en un estado joven. Pero esa juventud es sólo estética, siguiendo de nuevo a Tiqqun, la posmodernidad y el neoliberalismo “quieren todo de la juventud, menos su vitalidad”. En esencia les gustaría contar con cuerpos jóvenes, pero con mentes quietas, dóciles, alegres, apolíticas, subordinadas, consumistas. Los niños de hoy han devuelto la esperanza en la rebeldía, la han puesto en el centro de la discusión política misma.

En un célebre artículo, el crítico literario Cristopher Domínguez Michael, quien ejemplifica mejor que nadie la defensa a ultranza del actual establishment (literario y político-económico-social), el sabio guardián del Ancien Regime estético y político, criticaba el libro Breve Historia de nuestro neoliberalismo, de Rafael Lemus, en una antológica sentencia (antológica por conservadora): “Desde que tengo memoria, he leído decenas de libros, de viejo marxismo o neocomunismo, ortodoxos o heterodoxos (da igual), donde un tribuno afiebrado se eleva más allá o más acá de su tiempo histórico y llama, perentorio y militarista, a “la tarea inmediata” que involucra al prójimo semejante, convertirlo en “generación” a tomar la hoz, el martillo o el piolet para abrir un muro, salir del tiempo detenido, abandonar el interregno, y ver, para poblarla de salvadores, esa paradisiaca historia futura. Ya sabemos a qué clase de tiniebla nos lleva ese rayito de esperanza abierto en la frágil pared del liberalismo”.

Hemos de admitir que la crítica a las deformaciones del socialismo real es válida y necesaria; pero también hemos de formular críticas válidas a las circunstancias de la realidad de hoy. Y responder al viejo profesor y crítico que, desde que tenemos memoria, hemos escuchado centenares de cantaletas liberales o conservadoras (da igual), donde un respetable anciano se indigna sobre problemas imaginarios e hipótesis comunistas y llama, vociferante y añejo, a la defensa a ultranza del statu quo, inventando fantasmas y desviaciones oníricas u onanistas para proteger los valores corruptos y burgueses, la explotación económica y la opresión política y social, los crímenes de Estado, la persecución de los disidentes, la brutalidad policiaca, el genocidio contra los más débiles, la explotación de la tierra, el colonialismo, el racismo y contemplar la realidad desde un lugar de privilegio. Ya vivimos la clase de tiniebla a la que nos ha llevado ese desastre llamado capitalismo.  


Escrito por Aquiles Celis

Maestro en Historia por la UNAM. Especialista en movimientos estudiantiles y populares y en la historia del comunismo en el México contemporáneo.


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