Las insurrecciones, como las lluvias, por fin han llegado.
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Óscar Oliva (Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, 1937) es el segundo poeta antologado por Agustí Bartra en aquel premonitorio libro colectivo de 1960, La Espiga Amotinada, que marcó el inicio de una prolongada y exitosa trayectoria en las más destacadas universidades e instituciones mexicanas de cultura país, instituciones de cultura, colaborador en al menos 16 revistas literarias y galardonado con los premios Enrique González Martínez (1969); Nacional de Poesía Aguascalientes (1971, por Estado de sitio); Premio de poesía del DDF 1981 (por Plaza mayor); Premio Chiapas de Literatura (1990); Premio Internacional de Poesía Jaime Sabines/ Gatien-Lapointe (2019, por Escucha del mundo / Tendiendo el mundo). Y el pasado 29 de octubre la UNACH le entregó el doctorado Honoris Causa por su amplia trayectoria dedicada a la palabra escrita, la ética social y la promoción de las humanidades
“Nosotros, los nacidos entre las dos guerras, tenemos el compromiso de hablar y de pelear. Porque nuestra época es de decisiones. Y a nosotros nos toca enfrentarnos a las nuevas luchas que se avecinan, para hacer de este mundo un lugar digno de vivirse”, dice el poeta en la presentación de su poemario La voz desbocada, donde, citando a Mayakovski, habla del encargo social del poeta, que, a su entender es “la necesidad y la obligación que tiene el artista de expresar todas las emociones, tragedias, alegrías, esperanzas y luchas de la sociedad en que vive. Saber comprender las angustias y ansias de libertad del hombre contemporáneo, y decir todo esto, siempre desde el lugar mismo de los acontecimientos, con las palabras más ardientes, desnudas de todo ropaje innecesario, destacando estos mensajes por encima de las cabezas miserables, como una cima violenta”.
“Óscar, un día, enfermo de ciudad, de tos, de ira, comienza a decirnos, conmovedoramente, presa de una nostalgia de niño de mil años: Quiero irme a mi pueblo, lejos, muy lejos./ volver a mi casa donde mi ventana está pintada de rojo…”, dice Agustí Bartra en su prólogo a La Espiga amotinada, citando el poema En protesta.
Una cita de Emilio Zola encabeza este poema: “Mi protesta inflamada no es sino el grito de mi alma”. Hoy compartimos con nuestros lectores un fragmento que ilustra la propuesta estética de este poeta, en la que la anáfora juega el papel de consigna, de llamado a la acción en medio de la brutal represión contra los ferrocarrileros en huelga a finales de marzo de 1959, y también de ese impulso que llevara a muchos poetas de su generación a hacer de la poesía un muro frente a la opresión.
(…)
El calendario señala el día tres de abril como un día
[imperecedero.
La Ciudad de México está bajo un cielo de humo.
El tórax no me duele; me duele nombrarme a grandes voces.
Hay un precipicio entre mi boca y mi estómago.
El diablo carcelero ha cerrado la puerta,
ha abierto la oscuridad,
ha roto la rebelión de los dignos.
Las cadenas dicen: nos enredamos en sus manos como
[culebras.
Los altos funcionarios hacen concesiones a la muerte.
Pero las sillas dirán: no se sienten los culpables, los matadores.
Las casas dirán: no entren.
La enfermedad que mata, dirá: asesinos.
Y yo diré: asesinos.
Acuso al hombre de matar al estómago, de herir a las costillas,
de acabar el paso, de abrir los pómulos de la cara,
de enflaquecer la vida.
Yo acuso al agua que da de beber a los criminales.
Yo acuso al aire malo y enfermo.
Yo acuso al señor día, de vivir entre bandidos.
Al señor animal,
al señor banquero,
al señor piedra,
al señor político,
al señor dinero,
de presentarse y de inclinarse ante el señor Estado
que les da de beber y comer para mantener el crimen.
Yo acuso a los periódicos de toda falsedad,
yo acuso al ejército de estar contra el pueblo,
yo acuso a la juventud de ancianidad,
y a los muertos que no hicieron nada, los aborrezco.
No tengo nada contra nadie: nada más odio a los conformes,
a los aduladores del oro.
Yo acuso a mis hermanos, a mis amigos.
Yo acuso a mis ojos de ceguera,
a mis piernas de no andar,
a mis uñas de tullir a mis dedos;
yo acuso a mis palabras incoherentes,
yo acuso a mi corazón de no gritar,
a mis manos de no empuñar una lanza que derrumbe al día (…)
Las insurrecciones, como las lluvias, por fin han llegado.
Ése es el enemigo principal del neoliberalismo; por ello se ha encargado de censurar y desarticular todo intento de organización por todas las vías a su alcance.
La poesía china es una de las más antiguas del mundo.
Compartimos hoy para nuestros lectores dos poemas de Juan Bañuelos que dan cuenta de su poesía terrenal, humana, personalísima, pero también telúrica, cósmica, trascendente.
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La lucha de clases constituye, por decirlo así, la ley de leyes del desarrollo de la humanidad: es el principal resorte del desarrollo de las formas sociales.
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Alejados por razones geográficas e ideológicas, la profunda amistad compartida entre Ramón y Miguel trasciende las fronteras temporales.
"La poesía china es lírica desde sus orígenes y en dichos orígenes encontramos poemas tanto de tipo popular como letrado".
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Dolores Castro siempre reconoció su amor por la vida...
Estos antiguos poemas de amor hablan de una exaltación joven.
La Academia Sueca calificó su obra como “audaz e inventiva”.
Su obra evoluciona desde las formas y temas clásicos hasta una enérgica ruptura con lo establecido.
Los conflictos bélicos, al servicio del aparato estatal, funcionaron como mecanismos de legitimación del poder del Faraón.
Escrito por Tania Zapata Ortega
Correctora de estilo y editora.