La lucha de clases constituye, por decirlo así, la ley de leyes del desarrollo de la humanidad: es el principal resorte del desarrollo de las formas sociales.
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Obra de teatro fascinante, escrita por Schiller en 1803 y representada un año después, logrando un éxito inmediato. Ha sido inspiración de medio mundo y, en el arte musical, de la última ópera de Rossini. Más que sólo la trillada historia de la flecha que peligrosamente perfora la manzana sobre la cabeza del hijo de Guillermo Tell, luego de que éste la lanzara a 80 pasos de distancia, la obra cuenta la historia de todo un pueblo que lucha por su libertad contra el opresor extranjero, conquistada con una violencia que acepta claramente el adjetivo de revolucionaria, al menos para su época.
Es una de las grandes obras del romanticismo alemán que sin duda necesita leer o ver representada la juventud de cualquier nación, incluido México, como parte de nuestra sana alimentación literaria. Los personajes son tanto los señores feudales de la Suiza del Siglo XIV como sus vasallos, ambos oprimidos por el dominio extranjero. Las dos clases sociales, con sus diferentes estratos, todos ellos de las diferentes regiones que componían la Suiza confederada de entonces, se unen para luchar contra el tirano Geszler, lugarteniente del imperio austriaco. “Permaneced unidos estrechamente y para siempre. Que ninguna comarca se mantenga indiferente a la libertad de otra comarca; velad desde la cima de estos montes, para que los confederados acudan presurosos a defender a los confederados. Permaneced unidos..., unidos..., unidos...”, dice en su agonía a los suyos el barón de Attinghausen, padre de Ulrico de Rudenz, quien de manera sorprendente cambia de ser casi un traidor a terminar, arrepentido, dando la libertad ¡a sus vasallos!
Es inevitable relacionar la tiranía de Geszler, sus decisiones profundamente injustas y humillantes contra los personajes de esta obra, su desprecio por la vida, la integridad y la seguridad de vasallos y sus dueños suizos, los saqueos y robos de casas, ganado y propiedades que comete, su odio, crímenes y menosprecio a todo patriota, sus caprichos (como exigir que todo suizo se hinque ante su sombrero), sus abusos militares y todo lo que conduce al pueblo alpino a la justificada rebelión, relacionarla, decía, con la conducta del sionismo y del fascismo que hoy hacen exactamente lo mismo, pero a escala mayor, en Gaza y Ucrania, desde donde agreden a palestinos y rusos.
En esta obra incomparable de Schiller encontramos ejemplos sublimes de nobleza de sentimientos, de ayuda al desvalido y respeto a la palabra empeñada (como cuando el cazador Tell ayuda, a través de un lago bajo fiera tormenta, a huir a Baumgarten de la persecución del régimen; o cuando se apiada del joven príncipe de Suabia, asesino de su tío y que llega huyendo a casa de Tell a pedir ayuda y éste no se la niega); modelos de conducta como la firme decisión de todos los personajes de permanecer fieles a su patria, de defenderla sin importar ningún sacrificio, la voluntad de ofrecer la vida por la libertad de su pueblo; como la conciencia patriótica de Gertudis, mujer de Stauffacher, cuando lo exhorta a encabezar conspiraciones para la rebelión a riesgo de perder todas sus posesiones; o la de Berta, austriaca oprimida por sus compatriotas, que reprocha a Rudenz, su enamorado, la traición que está a punto de cometer contra su propio pueblo, mujer extranjera que termina enamorada de las ansias libertarias del pueblo suizo; o la de la valiente madre que con sus hijos hace frente al caballo de Geszler para exigirle que libere a su esposo, injustamente encarcelado.
Más que sólo de Guillermo Tell, Schiller presenta la gesta heroica de todo un pueblo que se organiza para liberarse y resistir la dominación extranjera. Es emocionante ver cómo se van organizando y poniendo de acuerdo, aún sin la presencia del valiente cazador; cómo deciden, en la oscuridad de la noche, junto a los bosques de Rutli, a la luz de sus antorchas, dejar a un lado sus desavenencias particulares en pro del bien colectivo y así, en asamblea popular, deciden tomar las armas.
Nada que ver con la flacidez política de la clase gobernante actual de Suiza, supuestamente neutral en los conflictos intereuropeos, que ha declarado que tendrá una neutralidad “flexible”, es decir, sin eufemismos, apoyará a la OTAN en caso de que le declare la guerra a Rusia. Seguramente Guillermo Tell y todos sus compañeros ya piensan regresar del más allá, ballesta en mano, a flechar tan infame flexibilidad.
La lucha de clases constituye, por decirlo así, la ley de leyes del desarrollo de la humanidad: es el principal resorte del desarrollo de las formas sociales.
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Escrito por Luis Miguel López Alanís
Periodista y escritor. Autor del libro “Ecos de los organizadores”.