"Yo creo que se van a parar algunas de esas cosas" para evitar abusos contra quienes viven en ese país, manifestó el exembajador.
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El Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico (APEC) es un mecanismo de coordinación que agrupa a 19 naciones de la región, entre otras, Estados Unidos (EE. UU.) y aliados suyos como Corea del Sur, Canadá, Filipinas, Chile, Australia, Japón y México mismo.
Participan también Rusia, China y Vietnam, entre otros. La APEC realizará este mes su próxima reunión cumbre en Shenzhen, China, un evento importante, dado que “…Asia-Pacífico sigue siendo la economía regional más dinámica e interconectada del mundo” (APEC).
Se discutirá sobre el fortalecimiento del regionalismo abierto y el problema del proteccionismo interno, es decir, dificultades en la instrumentación de sus principios fundacionales establecidos en 1994, a saber: promover en la región el libre comercio, la inversión y la cooperación técnica. En su declaración de Malasia, 2020 (firmada también por EE. UU.), se establece: “…seguiremos trabajando juntos para lograr un entorno de comercio y de inversión libre, abierto, justo, no discriminatorio, transparente y predecible”.
China apoya firmemente esos propósitos. Así lo declaró recientemente el vicecanciller Ma Zhaoxu: “La apertura se presenta como fundamental para la prosperidad regional (…) Asia-Pacífico ha mantenido el impulso de un desarrollo rápido, y su condición de motor de crecimiento del mundo es aún más prominente”. Sin embargo, advirtió: “…la región enfrenta un proteccionismo creciente, presiones antiglobalización y un crecimiento económico lento”. En otras palabras, hay resistencias internas al libre comercio.
Entre 1989 y 2021, efectivamente, el promedio de aranceles (impuestos a las importaciones) en la región se redujo de 17 a 5.3 por ciento (APEC), pero, en oposición, EE. UU. ha venido privilegiando aranceles y proteccionismo en general como armas de competencia. Los consumidores estadounidenses sufren hoy una carga de aranceles promedio general de 18.3 por ciento: “la más alta desde 1935” (The Budget Lab de Yale, State of the U.S. tariffs, 2025). Así, pretendiendo castigar a Rusia, China e India, como efecto búmeran golpea a su propia población con aumento de precios.
De entrada, desde 2017, Donald Trump canceló la participación de EE. UU. en el Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica, y apenas en septiembre pasado, el Senado estadounidense aprobó un nuevo paquete arancelario con más sanciones económicas a Rusia (miembro también de APEC): aranceles de hasta 500 por ciento, y otro paquete de 100 por ciento a los cinco principales países compradores de petróleo y gas rusos, entre ellos China e India. Bien vistas las cosas, ¡un miembro de APEC sanciona a otros por comerciar entre sí! Ciertamente, por la escasez y encarecimiento del combustible (y la consecuente inconformidad social), Trump se vio forzado a levantar temporalmente algunas prohibiciones a Rusia. Otra barrera proteccionista estadounidense son las restricciones a la inversión de China en México. De hecho, el T-MEC (que reemplazó al TLCAN) prohíbe a los países signatarios firmar acuerdos de libre comercio con otros fuera del tratado que no sean “economías de libre mercado”: una clara dedicatoria a China. EE. UU. presiona también a México para restringir importaciones de aquel país.
La causa profunda del proteccionismo estadounidense, contrario a los propósitos de la APEC (suscritos por EE. UU.), es su propio debilitamiento económico. Veamos. Según el Banco Mundial, el déficit en la balanza comercial estadounidense de bienes y servicios en 2024 era casi 12 veces mayor que el de 1990. Y con aranceles pretende reducir las compras a otros países, más competitivos, con mercancías más baratas, que desplazan a las producidas en territorio estadounidense y reducen su producción, lo cual trae consigo un mayor desempleo en el país. La serie de aranceles promedio de EE. UU. sobre China aumentó de 3.1 por ciento en 2018 a 35.2 por ciento en agosto de 2026 (Instituto Peterson). Esto ha servido, además, para aumentar, por la fuerza, los ingresos gubernamentales.
El proteccionismo estadounidense cobró renovado vigor en 2018, cuando el déficit comercial con China alcanzó su máximo histórico; no obstante, esta política ha resultado infructuosa: entre ese año y 2025, el déficit estadounidense con todos sus socios comerciales se duplicó. Los aranceles, pues, no resuelven las dificultades estructurales; constituyen, a lo más, un paliativo; en realidad son un afán desesperado por reanimar una balanza comercial deficitaria. Y es que el problema es sistémico: está en la estructura de la economía estadounidense y tiene su base más profunda en la pérdida de innovación y productividad, y en el consecuente deterioro en la competitividad. He aquí algunas evidencias.
En investigación y desarrollo, China supera a EE. UU. en áreas como inteligencia artificial y vehículos eléctricos; también en procesamiento de tierras raras. En exportaciones de productos de alta tecnología, en 2007 China rebasó a EE. UU.: de entonces a 2024, las exportaciones chinas en este sector aumentaron en 149 por ciento, mientras que las de EE. UU. disminuyeron en 3.2 por ciento (Banco Mundial). En artículos científicos, entre 1996 y 2023, China registró un aumento anual de 13 por ciento, contra 1.2 por ciento de EE. UU. (Banco Mundial). China promueve consistentemente la inversión en formación de investigadores; desde el año 2000, EE. UU. se estancó relativamente y actualmente está disminuyendo. China superó a EE. UU. en 2018 (OCDE, Main Science and Technology Indicators).
En gasto interno bruto en formación de investigadores, EE. UU. supera a China, pero en los últimos veinte años esta última crece con mucha mayor rapidez, y en número de investigadores científicos aventaja: se multiplicó por seis entre 1996 y 2023 a una tasa anual que duplica la de EE. UU. (OCDE). En doctorados otorgados en ciencia e ingeniería, en 2022 China otorgó 53 mil 385 y EE. UU. 44 mil 739 (National Science Foundation, The State of U.S. Science and Engineering, 2026). En innovación, en 2008-2009 China ocupaba el lugar 37 mundial y en 2026, el 10 (Índice Mundial de Innovación de la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual, 2026).
Así pues, atrapado en un capitalismo de competitividad decadente, cada día más rezagado, parasitario y necesitado de la confrontación y la guerra, EE. UU. violenta los principios de la APEC con crecientes aranceles y otros obstáculos a las importaciones. Como consecuencia, internamente condena a su población a un abatimiento en los niveles de bienestar, a lo cual contribuye fuertemente una mayor inflación, asociada con los aranceles, y, muy destacadamente, el brutal aumento en los combustibles, derivado de la guerra contra Irán: una mezcla políticamente explosiva que ya pasó factura a Trump en las recientes elecciones. Todo esto son síntomas de la crisis económica subyacente, crisis que el imperio intenta paliar con aranceles y guerras. Qué lejanos se ven aquellos tiempos de esplendor capitalista, cuando, en 1846, el capitalismo en su entonces país insignia, Inglaterra, fortalecido con la recién concluida Revolución Industrial, ondeaba triunfante la bandera del libre comercio; hoy, en cambio, agotado, se repliega, atrincherándose tras el muro de los aranceles, síntoma en sí mismo de debilidad.
En contraste, China representa una economía más avanzada, que apunta hacia el progreso, y merced a ello es capaz de impulsar el libre comercio. Su desarrollo científico y tecnológico superior le permite producir a menores costos y, consecuentemente, gozar de una mayor competitividad con precios considerablemente más bajos. Ello le posibilita, y le impone, ser un decidido promotor de la APEC y de sus metas. Y en estrecha alianza económica y política con Rusia, igualmente moderna y pujante, pueden ser congruentes con los postulados del libre comercio de manera pacífica y confiable. A la región y al mundo conviene así, pues son dos economías que no dependen del colonialismo ni de la invasión para impulsar su crecimiento; su progreso no implica la subyugación ni el saqueo de otras naciones. El avance de estas dos potencias es la piedra angular para la construcción de un nuevo orden mundial, basado en un renovado equilibrio global de fuerzas, con mayor intervención y mayores derechos de todos los países; un equilibrio basado en la paz y el trato respetuoso y justo entre las naciones, sean débiles o poderosas.
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Escrito por Abel Pérez Zamorano
Doctor en Economía por la London School of Economics. Profesor-investigador de la Universidad Autónoma Chapingo.