La política de Washington es un crimen de guerra y sus responsables deberían ser enjuiciados como se hizo en los juicios de Nuremberg, después de la derrota del nazismo.
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La historia de los muchos pueblos indígenas norteamericanos extinguidos por el desarrollo del capitalismo debe ser contada y qué mejor que escucharla de ellos mismos: escuchar a los vencidos narrar su versión del holocausto de su cultura, no la versión de quienes la destruyeron. Una de las grandes tragedias del pueblo norteamericano es que vive en la cima de un iceberg de mentiras y de horrendas verdades, y teme descubrir lo que tiene debajo, sobre lo que se sostienen su economía, su política y su cultura; se conforma con la fantasía, se aferra a ella como niño a un cuento de hadas y, voluntariamente, se rehúsa a conocer la terrible verdad de cómo sus bisabuelos, que crearon su país, lo hicieron mediante el genocidio de los “indios”.
El libro de Dee Brown Bury my heart at Wounded Knee, publicado en 1970, está imbuido de la preocupación de que el pueblo norteamericano conozca esa verdad, que reconstruye con trozos de testimonios indios dispersos por todo Estados Unidos (EE. UU.) y de épocas distintas. Wounded Knee (Rodilla herida) es una localidad en Dakota del Sur, donde ocurrió una matanza de indígenas a unos días de que los soldados asesinos desearan “paz a los hombres de buena voluntad” en diciembre de 1890.
Uno tras otro, Brown describe los actos de exterminio entre 1860 y 1890, periodo que la “tradición” hollywoodense nos presenta como el Old West; y la lectura evidencia que lo que presentan como “batallas” contra malvados indios fueron realmente las más despiadadas matanzas contra pueblos desplazados de sus tierras, casi desarmados y debilitados por décadas de acoso, injusticias y engaños, robos y crímenes: igual que hoy el fascismo estadounidense con sede en las tierras robadas llamadas “Israel” efectúa contra el pueblo palestino. Con libros como éste, observamos que Gaza no empezó hace unas décadas, sino en los territorios de los sioux, los cherokees, apaches, chickasaws, choctaws, creeks, cheyenes, seminolas, mohawks, mohicanos y muchas otras tribus norteamericanas, desde la llegada de las primeras hordas europeas en 1607, para crear un sistema social que indujera a los seres humanos a odiar y matar.
El imperialismo moderno se constituyó robando tierras indígenas con ayuda de cientos de fuertes o fortalezas empalizadas y luego amuralladas, que le sirvieron como bases militares para proteger a sus colonos, sus invasoras rutas, así como bases de operaciones para organizar las guerras contra los pueblos indígenas por toda Norteamérica. Las más importantes acometidas expansionistas –aparte de las agresiones y robos territoriales contra México– descritas por Dee Brown comienzan con el aprovisionamiento de los fuertes, sobre los cuales proporciona un interesante mapa.
Los tratados de paz firmados por los caudillos indígenas ante los prepotentes invasores de sus tierras para cederlas en clara desventaja; los engaños y promesas de respetarles sus nuevos asentamientos, incumplidas década tras década; la ambición por los minerales y otras riquezas descubiertos por los desarrolladores capitalistas y la constante expulsión de pueblos originarios de las tierras adonde habían emigrado, así como las miles de artimañas y fracturas provocadas para vencer la resistencia de los mejores héroes existentes en EE. UU., todo esto y más conmueve al lector más sereno; sobre todo porque recuerda que la falta de compromiso y lealtad a la palabra proveniente de las clases opresoras y sus funcionarios es una poderosa arma perfeccionada durante siglos.
La voz de los indígenas norteamericanos, aunque apenas esté recabada en desperdigados documentos, aparece estentórea en el contexto nacional y mundial planteado por Dee Brown como el testimonio de los martirizados líderes. Tendría que pasar casi un siglo para que, a través de Brown, el planeta entero notara horrorizado el verdadero rostro del asesino de pueblos y culturas que hoy pretende presentarse como el garante de la democracia y la justicia ante el mundo, cuando realmente siempre las negó a su propio pueblo y no dudó en exterminar a quienes se le opusieran, obligando a los escasos sobrevivientes a vivir eternamente en infiernos llamados “reservas”, como escarmiento frente al mundo entero.
La política de Washington es un crimen de guerra y sus responsables deberían ser enjuiciados como se hizo en los juicios de Nuremberg, después de la derrota del nazismo.
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Con motivo del Día Internacional de la Paz, 21 de septiembre
Escrito por Luis Miguel López Alanís
Periodista y escritor. Autor del libro “Ecos de los organizadores”.