Hoy compartimos con nuestros lectores un fragmento que ilustra la propuesta estética de este poeta, en la que la anáfora juega el papel de consigna.
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Publicada en el poemario El rayo que no cesa (1936), semanas antes de que estallara la Guerra Civil Española, la Elegía a Ramón Sijé es un desgarrador canto fúnebre en el que el gran poeta revolucionario Miguel Hernández (1910-1942) expresa el duelo por la muerte de su amigo y coterráneo. “En Orihuela, su pueblo y el mío, se me ha muerto como del rayo Ramón Sijé, con quien tanto quería”, es el epígrafe de la que ha sido considerada una de las elegías más perfectas en nuestro idioma. Escrita en tercetos encadenados, propios de la poesía clásica española, la maestría de su construcción, el empleo preciso de recursos poéticos, la perfección de cada verso y la singularísima rima no son sino el ánfora que contiene un dolor tan personal, tan auténtico por la pérdida, que tocan la universalidad y alcanzan a las almas capaces de sentir un duelo de esa magnitud. ¿Y qué decir del ritmo? No hay estrofa ni verso que puedan cambiar de sitio; el poema posee una insuperable sintaxis interior para expresar distintos estados de ánimo: dolor asfixiante al recibir la noticia, incredulidad, inconformidad, desesperación, angustia, impotencia, deseos de venganza y de resucitar al objeto de su duelo hasta desembocar en el anhelo de un reencuentro cósmico, caracterizado por un torrente de símbolos que contrasta con el de la primera parte: los hachazos, golpes, heridas, difuntos, dentelladas y mordazas dan paso a rosas, pájaros, colmenas y a los almendros del reencuentro espiritual que el poeta anhela.
Alejados por razones geográficas e ideológicas, la profunda amistad compartida entre Ramón y Miguel trasciende las fronteras temporales y hoy lo publicamos en esta Tribuna como un camino a la catarsis que nos permita llorar al camarada que se nos adelanta.
Yo quiero ser llorando el hortelano,
de la tierra que ocupas y estercolas,
compañero del alma, tan temprano.
Alimentando lluvias, caracolas
y órganos mi dolor sin instrumento,
a las desalentadas amapolas
daré tu corazón por alimento.
Tanto dolor se agrupa en mi costado,
que por doler me duele hasta el aliento.
Un manotazo duro, un golpe helado,
un hachazo invisible y homicida,
un empujón brutal te ha derribado.
No hay extensión más grande que mi herida,
lloro mi desventura y sus conjuntos
y siento más tu muerte que mi vida.
Ando sobre rastrojos de difuntos,
y sin calor de nadie y sin consuelo
voy de mi corazón a mis asuntos.
Temprano levantó la muerte el vuelo,
temprano madrugó la madrugada,
temprano estás rodando por el suelo.
No perdono a la muerte enamorada,
no perdono a la vida desatenta,
no perdono a la tierra ni a la nada.
En mis manos levanto una tormenta
de piedras, rayos y hachas estridentes,
sedienta de catástrofes y hambrienta.
Quiero escarbar la tierra con los dientes,
quiero apartar la tierra parte a parte
a dentelladas secas y calientes.
Quiero minar la tierra hasta encontrarte
y besarte la noble calavera
y desamordazarte y regresarte.
Volverás a mi huerto y a mi higuera:
por los altos andamios de mis flores
pajareará tu alma colmenera
de angelicales ceras y labores.
Volverás al arrullo de las rejas
de los enamorados labradores.
Alegrarás la sombra de mis cejas,
y tu sangre se irá a cada lado
disputando tu novia y las abejas.
Tu corazón, ya terciopelo ajado,
llama a un campo de almendras espumosas
mi avariciosa voz de enamorado.
A las aladas almas de las rosas
del almendro de nata te requiero,
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.
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Escrito por Tania Zapata Ortega
Correctora de estilo y editora.