La resistencia ha estado en Cuba históricamente; con el marxismo-leninismo ha aguantado los embates del imperialismo.
Cargando, por favor espere...
El irreversible proceso de declinación de la hegemonía global del imperio estadounidense no es tan solo una cuestión económica o tecnológica. Semejante reduccionismo impediría calibrar en toda su magnitud las múltiples dimensiones de este lento pero inexorable ocaso. Es también una cuestión militar: la imposibilidad de ganar guerras, continuamente resaltada por los analistas de ese país y ratificada en estos días por el revés experimentado por Washington (y sus compinches en Tel Aviv) en la guerra contra Irán.
Es asimismo política, porque una de las consecuencias de la dictadura del capital que subyace a la lógica del imperio ha sido la creciente insatisfacción con la democracia burguesa, cuya práctica sólo ha servido para enriquecer exponencialmente a los ricos y mantener en la pobreza a las grandes mayorías de la población de Estados Unidos (EE. UU.), cada vez más inclinada a buscar opciones progresistas o de izquierda, mismas que fueron fulminadas como “comunistas” por Donald Trump el reciente cuatro de julio.
Y es también moral porque las sociedades, no sólo la estadounidense sino en general las del Occidente colectivo, parecen haber sido anestesiadas para no tener compasión alguna por las víctimas de la brutalidad desatada por el genocidio, la limpieza étnica y el robo de territorios ajenos practicados por el régimen neofascista israelí, con sus indiscriminados ataques contra poblaciones civiles indefensas; o por los brutales ataques que EE. UU. e Israel lanzaron en contra de la población y la selectiva aniquilación de la dirigencia religiosa y política iraní; o por el bombardeo norteamericano en contra de una Caracas indefensa y el posterior secuestro del presidente de la República Bolivariana de Venezuela Nicolás Maduro y la diputada Cilia Flores. Hechos aberrantes, propios de figuras monstruosas como Adolfo Hitler, que en su tiempo suscitaban una condena cuasi universal y que hoy son “normalizados” y aceptados con indiferencia por la población por obra de la canalla mediática, el reinado de los algoritmos y los dispositivos de control cognitivo y volitivo que las clases dominantes tienen a su disposición para someter a los pueblos y consolidar su supremacía.
Las formas del genocidio han ido mutando con el paso del tiempo. La barbarie nazi que produjo el Holocausto de los judíos en Europa, o la actual masacre de la población palestina, especialmente mujeres y niños, conviven hoy con una forma más disimulada pero no menos criminal de genocidio: la política de “sanciones” practicada por EE. UU. y sus indignos peones europeos contra un sinnúmero de países. En fechas recientes, una conferencia del profesor de la Universidad de Chicago John Mearsheimer citó un estudio publicado en la prestigiosa revista británica The Lancet en el cual se divulgaban los resultados de una investigación sobre las consecuencias médico-sociales de las medidas coercitivas unilaterales aplicadas sobre 152 países entre 1971 y 2021. Los autores del citado estudio: Francisco Rodríguez, Silvio Rendón y Mark Weisbrot sintetizaron sus hallazgos diciendo que “las sanciones unilaterales están asociadas con una tasa de muertes anual de 564 mil 258 personas”. Es decir, unos 28 millones de personas murieron a causa de las “sanciones” económicas aplicadas por Washington a lo largo de medio siglo, poco más de un tercio de las víctimas ocasionadas por la Segunda Guerra Mundial. En consecuencia, estamos en presencia de un genocidio lento, invisibilizado, inclemente y que no provoca repudio sino en una pequeña fracción de la opinión pública mundial. Por eso es que el académico de Chicago habla de un “homicidio masivo” producido por esas políticas.
Entre los muchos países que las sufrieron se encuentran Venezuela, sobre todo a partir del 2015, y Cuba, ininterrumpidamente desde 1960, cuando la administración Eisenhower comenzó a imponer las primeras sanciones en contra de la Revolución Cubana. La criminal intensificación del bloqueo decretada por Donald Trump y su secretario de Estado, Marco Rubio, ha llevado las cosas a un extremo sin precedentes. En vano la abrumadora mayoría de los países miembros de la ONU han venido solicitando por décadas al gobierno de EE. UU. poner fin al bloqueo (que los publicistas del imperio tratan de endulzar hablando de “embargo” y no de bloqueo).
El imperio, cuya brutalidad crece a medida que avanza su declinación, ha hecho caso omiso de estas demandas y ha seguido infligiendo un “castigo colectivo” al pueblo cubano, provocando muertes y terribles padecimientos, sobre todo a quienes necesitan atención médica. Esto, aparte del castigo que significa la política del bloqueo en lo relativo al abastecimiento petrolero para la vida cotidiana de toda la población: larguísimos cortes de energía eléctrica, obstáculos a la movilidad, desabastecimiento de bienes esenciales, parálisis en las instituciones, desde escuelas y universidades hasta hospitales públicos.
En lo estrictamente médico, hay que recordar que Cuba, que se encontraba a la cabeza de los países con menor tasa de mortalidad infantil en el mundo, experimentó un aumento de un 148% entre 2018 y 2025, pasando de 4.0 por mil nacidos vivos a 9.9, según un estudio difundido por el Center for Economic and Policy Research de Washington. Este salto significa que aproximadamente mil 800 niños cubanos han muerto a causa del bloqueo, cifra que se empequeñece cuando se le añaden las muertes ocasionadas en pacientes que no pueden acceder a sus medicamentos oncológicos o a drogas para el tratamiento de la diabetes y muchas otras enfermedades crónicas.
En suma, la política de Washington es un crimen de guerra y sus responsables deberían ser enjuiciados como se hizo en los juicios de Nuremberg, después de la derrota del nazismo, con los jerarcas del régimen responsables del genocidio de los judíos. Hoy tenemos otro en marcha –en Gaza, Cisjordania, sur del Líbano– que, sin embargo, no provoca la indignación y el repudio que se suscitara en aquel momento y, para colmo, nos encontramos con una sociedad anestesiada en su capacidad de pensar críticamente y reaccionar contra ese verdadero asesinato en masa que produce la política de sanciones estadounidenses a Cuba, a Venezuela y a numerosos países de todo el mundo.
Esta tácita naturalización del bloqueo es uno de los grandes triunfos del soft power imperial. De ahí la urgencia de librar la “guerra de pensamiento”, como decía Martí, y que nos urgía a que la ganásemos “a fuerza de pensamiento”. Esto implica combatir con todas nuestras fuerzas contra el sentido común dominante y los actores que, como Poncio Pilatos, se lavan las manos y se desentienden de esta tragedia, sobre los apáticos y los que hacen un culto de la despolitización y del repliegue sobre los intereses egoístas. En su putrefacción, el imperio ha envilecido a las sociedades del Occidente colectivo, fomentando el egoísmo y tornándolas insensibles ante el dolor de sus semejantes. Vienen al caso las palabras que un joven Gramsci plasmara en su artículo titulado Odio a los indiferentes. Allí decía, entre otras cosas, que “la indiferencia es el peso muerto de la historia. La indiferencia opera potentemente en la historia. Opera pasivamente, pero opera. Es la fatalidad; aquello que no se puede contar”. O, añadimos nosotros, lo que se puede, pero no se quiere contar, porque el espacio mediático está dominado por el enemigo, empeñado en encubrir los crímenes del sistema. Y seguía Gramsci diciendo que “vivir quiere decir tomar partido. Quien verdaderamente vive no puede dejar de ser ciudadano y partisano. La indiferencia y la abulia son parasitismo, son cobardía, no vida. Por eso odio a los indiferentes”. Gramsci recoge en ese pequeño artículo el legado humanista que Dante Alighieri dejara estampado en La Divina Comedia cuando sentenció que el “círculo más horrendo del infierno lo había reservado Dios para quienes en tiempos de crisis moral habían optado por la neutralidad”.
La resistencia ha estado en Cuba históricamente; con el marxismo-leninismo ha aguantado los embates del imperialismo.
El imperialismo moderno se constituyó robando tierras indígenas...
Israel promueve una producción audiovisual titulada NAZA: The Real Story, que imita el estilo del documental original para confundir al público y desviar la atención de las denuncias sobre las muertes de civiles en Gaza, advirtió The Guardian.
Yoed Magen aseguró que los actos antisemitas se han triplicado en el mundo; sus declaraciones se producen en el tercer aniversario del 7 octubre, hecho que marcó una escalada de la ofensiva militar israelí en Gaza.
Miles de estudiantes se movilizaron en distintas ciudades del país al cumplirse tres años del genocidio en Gaza; exigieron el fin de las hostilidades y denunciaron la crisis humanitaria.
Cuatro monumentos en la Ciudad de Mexico se iluminaron con los colores de la bandera iraní por el Día de Teherán, en un nuevo gesto de amistad entre México e Irán, semanas después de que la Torre Azadi luciera los colores de la bandera mexicana.
"Lo que ha faltado son consecuencias cuando ese derecho es violado sistemáticamente": Nadya Rasheed, diplomática palestina.
Las organizaciones australianas estiman que más de 11 mil niños podrían requerir apoyo para desplazarse.
El papel de los trabajadores fue esencial durante el desarrollo de esta compañía, pero ahora son los más vulnerables y de un día para otro podrían ser despedidos.
Desde una izquierda recompuesta, Luiz Inácio Lula da Silva libró la batalla en defensa de los recursos y el multilateralismo de Nuestra América.
Los mexicanos debemos estar listos para frenar cualquier ataque. Listos para movilizarnos en defensa de nuestra patria.
Hoy, Alemania es uno de los países que más apoya con dinero y armas al régimen nacionalista ucraniano de Volodímir Zelensky.
El lector puede terminar repugnando el tour, luego de leer este libro venezolano de 2017.
Los conflictos bélicos, al servicio del aparato estatal, funcionaron como mecanismos de legitimación del poder del Faraón.
Las protestas por más docentes y mejores condiciones educativas derivaron en enfrentamientos y una respuesta policial cuestionada por Teherán.
Escrito por Atilio. A. Borón
colaborador invitado