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Opinión
La cuestión de la maquinaria en el Siglo XXI
Pasquinelli afirma que son las relaciones sociales las que impulsan el desarrollo de los medios de producción y no al revés, como señalan los que absolutizan la tecnología.


Ahora que la llamada Inteligencia Artificial (IA) es la nueva panacea del capitalismo, que es llevada y traída por los potentados tecnológicos estadounidenses; ahora que está en boca de todos: de políticos, académicos, opinólogos, incluso del pueblo de a pie, es necesario acercarle la lupa un poco más para conocer qué hay de verdad y qué de ideológico en esta industria de moda en nuestros días. Es necesario hacer un escrutinio riguroso sobre la cuestión de la IA y más en general de la maquinaria en nuestro tiempo. Quiero contribuir aquí con una primera reflexión en torno a esta problemática, apoyándome en un libro publicado recientemente: El ojo del amo, una historia social de la inteligencia artificial, del filósofo de la ciencia Matteo Pasquinelli.

Esta obra se inscribe directamente en la tradición intelectual más fiel a una visión materialista de los fenómenos sociales y que refleja las raíces profundas de éstos de la manera más objetiva posible.

La tesis principal del libro es que la IA no es en absoluto una “superinteligencia” ni una inteligencia alienígena rara y amenazante que nadie sea capaz de entender, aunque así lo quieran presentar sus propietarios. Recientemente, un exempleado de la corporación tecnológica Anthropic hizo público en redes sociales un comunicado en el que expresaba su temor a que la IA entrara en una espiral de autoconciencia y automejoramiento que pusiera en riesgo a la humanidad. Con las agudas observaciones y la investigación seria y materialista del profesor Pasquinelli, podemos estar seguros de que no existe evidencia de que el algoritmo, ciertamente complejo de la IA, conduzca a una llamada “singularidad”, es decir, un momento en que ésta se independice de las condiciones concretas que la sostienen y la reproducen, que son el propio proceso de producción social sobre la que se cimenta. Esto es: desconectas el trabajo y las exorbitantes cantidades de energía que la mantiene operando y desaparecen ipso facto todos los chatbots. Se infiere, entonces, que se trata de una trampa para especular con el precio de las acciones de estas empresas tecnológicas.

Pero contextualicemos históricamente el desarrollo de la llamada IA. Sus antecedentes son las máquinas primitivas del Siglo XIX. De hecho, las primeras computadoras no fueron las máquinas que conocemos hoy en día, sino que eran humanos, mujeres en particular, quienes realizaban tediosos cálculos aritméticos para diversas compañías inglesas. El ingeniero mecánico Charles Babbage tuvo la idea de remplazar estas computadoras humanas, que realizaban tareas mentales repetitivas, por una máquina simple.

Ésa fue la primera vez que la aparición de una tecnología radical generó un ambiente de debate en torno a las consecuencias de estas innovaciones. En efecto, ya el Siglo XIX produjo una discusión en torno a la cuestión de la maquinaria. La clase obrera se movilizó entonces para exigir el control y la propiedad de la tecnología. Los efectos de la introducción acelerada de nueva maquinaria en las fábricas y en los talleres estaba provocando el desempleo de miles de trabajadores, por eso los afectados exigían una mayor participación en las decisiones sobre estas innovaciones y demandaban una mejor distribución sobre los beneficios del cambio técnico y las correspondientes mejoras en la productividad.

Una idea central del texto de Matteo Pasquinelli es que el capitalismo no está movido por la tecnología, como creen quienes ponen toda su fe mecánicamente en el determinismo tecnológico. Es más bien el trabajo vivo el que mueve todo el sistema económico. El trabajo vivo, la actividad humana, que pone en movimiento el proceso de producción y la división del trabajo emergente. Pasquinelli afirma que son las relaciones sociales las que impulsan el desarrollo de los medios de producción y no al revés, como señalan los que absolutizan la tecnología; en concreto, es la división del trabajo la que inspira el diseño de las máquinas. La máquina, igual que el capital, es una relación social antes que un objeto.

Carlos Marx siempre argumentó que el trabajo es en todo momento colectivo y que la mente es siempre social, por definición, y que el prestigioso trabajo individual es una creación ideológica. Luego entonces, las máquinas, incluidas las novísimas máquinas digitales y los algoritmos de autoaprendizaje, son concreción del trabajo común, del trabajo colectivo social. La máquina sólo viene a reemplazar algo que ya existía previamente como parte de la división del trabajo social. Pasquinelli afirma que, de hecho, una parte del proceso de producción se puede mecanizar porque, previamente el trabajo, ya se había vuelto mecánico, esto es, la máquina no podrá sustituir jamás un trabajo no mecánico.

Pero la máquina también se apropia de las habilidades del trabajador. La máquina enajena el conocimiento y las habilidades del hombre. Se separa, entonces, el trabajo mental del trabajo manual: la ciencia del proceso productivo.

Además, la división del trabajo, sostiene el filósofo, presupone criterios para medir el rendimiento y la eficiencia de los trabajadores. En el capitalismo, esto implica la búsqueda de métodos para disciplinar a los trabajadores. Históricamente se han ideado distintas formas para lograr la vigilancia de los obreros mediante, por ejemplo, el diseño de infraestructura ad hoc, como el famoso panóptico. La misma estadística, en específico la psicometría, surge como resultado de la búsqueda de la evaluación cognitiva de los trabajadores. Estas herramientas luego se automatizaron dando lugar a algoritmos. El autor es contundente al argüir que la IA es heredera directa de esta automatización de la psicometría del trabajo y de los comportamientos sociales, más que de la idea romántica de que es resultado del enigma de la inteligencia per se.

Pero no se puede reducir a la IA a una simple herramienta para automatizar el trabajo, sino que, como cualquier otra máquina, busca establecer parámetros de inteligencia mecánica que refuercen nuevas jerarquías de conocimiento y habilidades que se aprecian socialmente. Produce entonces un nuevo orden social con ganadores y perdedores. Una especificidad de la IA es que representa una automatización de la automatización, es decir, la automatización del propio diseño de máquinas y la creación de modelos y algoritmos. Además, en el caso de los algoritmos de aprendizaje automático de los modelos más conocidos, como GPT o Codex, el hecho de que puedan ser entrenados con un conjunto de datos que forman parte del patrimonio cultural colectivo y del conocimiento e información social los hace más cercanos a lo que en el Siglo XIX se llamaba intelecto general: esa inteligencia colectiva, resultado de la actividad productiva humana.

En esta nueva época de aceleración del cambio tecnológico y la introducción irracional de nuevas tecnologías que desplazan trabajadores o crean empleos precarizados, la clase trabajadora debe organizarse nuevamente y exigir un mayor control de la dirección de la tecnología, demandar la propiedad de la maquinaria y de los medios de producción, exigir la parte justa de los beneficios que se obtienen de estas tecnologías, que son producto del intelecto colectivo de la sociedad. Pero no sólo eso, las crisis múltiples del capitalismo contemporáneo llaman a una nueva radicalidad: la abolición de las relaciones sociales mismas que originan un avance tecnológico ciego. La solución no es tecnológica, es política. Para detener las fuerzas destructivas del capitalismo, incluida la idiotización que provoca la llamada IA, es necesario pasar a la acción política y recuperar la verdadera inteligencia y creatividad humanas, renunciando al conocimiento procedimental e instrumental de las máquinas. Es necesaria, pues, una nueva forma de generar conocimiento, alejada de las estrechas formas históricas del pensamiento abstracto. En suma, para luchar contra los efectos perversos de la IA y su régimen extractivista, es necesaria una nueva inteligencia y mentalidad de pensamiento crítico. 


Escrito por Arnulfo Alberto

Maestro en Economía. Candidato a doctor por la Universidad de Massachusetts Amherst, EE.UU.


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