El presidente estadounidense endurece su guerra económica contra China, rival mundial y un riesgo para su “seguridad nacional”; y para aminorar los “riesgos” ha incluido a México.
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El 26 de junio de 1945, recién concluida la Segunda Guerra Mundial, se fundó en San Francisco, California, la Organización de las Naciones Unidas, con representantes de 50 naciones. Hoy cuenta con 193. La Asamblea General, máximo organismo de decisión, se reúne cada año en Nueva York y constituye uno de los foros más importantes de discusión global. La número 81 transcurre en estos días.
Sin embargo, en lo fundamental esas reuniones no dejan de ser más bien un mero protocolo, un ritual, para fotografías y discursos, pero sin capacidad ejecutiva ni efecto vinculante cuando de someter a las potencias imperialistas se trata. De entrada, su sede misma es reveladora del control de Estados Unidos (EE. UU.) sobre los organismos internacionales: la ONU en Nueva York y el Banco Mundial y el FMI en Washington. Esto ha permitido a EE. UU. incluso impedir, como hoy día, la llegada de los representantes de Palestina y de Sudán.
En la práctica, la ONU ha sido incapaz de realizar sus propósitos declarados, que quizás respondieron a la situación concreta del momento de su creación, cuando todavía los aliados de la Segunda Guerra no llegaban a la confrontación abierta. Pero vino luego la cruda realidad: la Guerra Fría, desatada por EE. UU. contra la Unión Soviética, líder entonces del mundo socialista y cuya existencia el imperialismo jamás aceptaría, ni mucho menos convivir en sana paz y armonía con ella: ve en el socialismo su enemigo mortal. Ni siquiera tolera que haya países mínimamente soberanos, incluso aunque sean capitalistas. El imperio exige la incondicionalidad absoluta; todo atisbo de independencia de los países no desarrollados le es insoportable y debe ser aplastado.
Pero, como reza el texto bíblico: por sus frutos los conoceréis. Veamos cuáles fueron los propósitos iniciales de la ONU y luego sus resultados. En la “Carta de las Naciones Unidas”, su documento fundacional, destaca el lema: “Paz, dignidad e igualdad en un planeta sano”, frase hueca que no ha descendido del etéreo mundo de la palabrería durante más de ochenta años. Sobre sus postulados fundamentales, dice la Carta: “Nosotros, los pueblos de las naciones unidas, resueltos: a preservar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra que dos veces durante nuestra vida ha infligido a la Humanidad sufrimientos indecibles; a reafirmar la fe en los derechos fundamentales del hombre, en la dignidad y el valor de la persona humana, en la igualdad de derechos de hombres y mujeres y de las naciones grandes y pequeñas; a crear condiciones bajo las cuales puedan mantenerse la justicia y el respeto (…) a promover el progreso social y a elevar el nivel de vida dentro de un concepto más amplio de la libertad”. Y agrega: “Y con tales finalidades: a practicar la tolerancia y a convivir en paz como buenos vecinos; a unir nuestras fuerzas para el mantenimiento de la paz y la seguridad internacionales; a asegurar, mediante la aceptación de principios y la adopción de métodos, que no se usará la fuerza armada sino en servicio del interés común, y; a emplear un mecanismo internacional para promover el progreso económico y social de todos los pueblos”. Esto promete la ONU.
Tolerancia, respeto, derechos fundamentales del hombre, dignidad y valor de la persona humana; ¡igualdad de derechos de las naciones grandes y pequeñas!; progreso social, libertad; convivencia “como buenos vecinos”… Sólo declaraciones grandilocuentes que pretenden aparentar que la ONU está por encima de los intereses de los gigantes financieros y monopolistas que devoran al mundo sin reparar en el empleo de los medios más brutales. Allí están las empresas armamentistas, los BlackRock y otros tiburones de las finanzas, verdaderos mandamases del planeta, muchos de ellos más ricos y poderosos que varios países juntos. Ellos se imponen sobre la ONU y los gobiernos de la órbita imperialista. Son los amos del mundo.
Dos casos exhiben palmariamente este sometimiento de la institución, que le priva de autoridad frente a las potencias imperialistas. El primero es Cuba, sometida durante 65 años a un implacable bloqueo, recrudecido en los últimos tiempos al prohibirle comprar petróleo, impidiéndole generar electricidad, indispensable para la vida humana. Es un crimen de lesa humanidad. En 33 ocasiones la ONU ha votado contra el bloqueo, sin resultado práctico alguno. El imperialismo se ríe de los “regaños”. El segundo caso: mediante la Resolución 181, la Asamblea General aprobó el 29 de noviembre de 1947 constituir dos Estados en tierras de Palestina (lo que en sí mismo era ya un despojo): el de Israel y el de Palestina. El régimen sionista simplemente respondió: “las fronteras las define la fuerza”, y bloqueó la resolución, obviamente con apoyo estadounidense.
Se habla de paz como un propósito central. Pero hoy vemos cómo el mundo se debate en guerras, desatadas todas ellas por la ambición imperialista de dominio global, y que encuentran la resistencia de los países asediados, que defienden su soberanía, su dignidad (como reza el lema de la ONU), su derecho a decidir sobre su propio destino. Recordemos sólo algunos casos recientes.
Desde los años noventa, EE. UU. ha desatado guerras a diestra y siniestra, sin que la ONU se inmute ni intente detenerlas. Algunos de esos casos han sido: la guerra contra Irak (1990 - 1991); Somalia (1992 - 1994); Bosnia y Herzegovina (1994 - 1995); Sudán (1998); Kosovo, Yugoslavia (1999). Y en este siglo destacan la de Afganistán (2001 - 2021); Irak desde 2003 hasta hoy; Libia (2011), un país hoy desmembrado; Siria ha sufrido desde 2014 bombardeos de grupos terroristas patrocinados por Washington.
El sionismo y EE. UU. masacran al pueblo palestino: más de 73 mil muertes en Gaza y arrasan el sur del Líbano. El 28 de febrero lanzaron la guerra y el asesinato selectivo contra Irán. El reino saudí ataca e impone un bloqueo a Yemen desde 2015. ¿Es éste el mundo de paz que se propuso la ONU en su carta fundacional? No. Es realmente la ley de la jungla, donde el más fuerte devora al más débil. Aunque a diferencia de hace algunos años, hoy los débiles resisten con éxito.
Y ante estas barbaridades perpetradas por los señores de la guerra, ¿dónde ha estado la ONU? Está allí, cubriéndolas con un manto de complicidad, legitimando todas esas crueldades –ostensibles violaciones a los principios de la institución– cometidas ante los azorados ojos del mundo entero. Así pues, no es un organismo con el respeto y la fuerza suficientes que le permitan ser en verdad garante de la paz mundial.
Para mejorar el desempeño de la ONU y hacerla realmente funcional y respetable existen iniciativas para reformarla, por ejemplo, incorporando al Consejo de Seguridad, como miembros permanentes, a países en desarrollo, como India, Brasil u otros de África, que no están representados. Quizá algo pueda resultar de ello, pero no cambiaría de raíz las estructuras globales de dominio a las que la ONU está sometida, no alteraría la correlación mundial de fuerzas, verdadero determinante.
A este respecto, a mi modo de ver, sólo con dos grandes acciones puede detenerse la barbarie, acciones que ya están en marcha. Primero, las organizaciones del Sur Global que han venido surgiendo en tiempos recientes, y que hacen frente al omnímodo poder imperialista, encarnando así la contradicción global de nuestros días. Tal es el caso de los BRICS, la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS), la Comunidad de Estados Independientes (CEI), o la Alianza de Estados del Sahel (AES), fundada en 2023, para la defensa mutua y cooperación económica de excolonias francesas en África. Aun así, mientras el mundo esté dominado por los monopolios imperialistas, habrá guerras.
La verdadera y última garantía de paz y seguridad en el planeta, sin depender de burocracias globales, es la resistencia misma de los pueblos, como ocurre hoy en Rusia, defendiéndose de la agresión de la OTAN en Ucrania; o como Irán, Yemen o las milicias del sur del Líbano haciendo frente al sionismo y a Estados Unidos. Únicamente los trabajadores en el poder podrán garantizar la paz mundial, pues ellos no tienen ambiciones de avasallar a nadie. Sólo cuando ellos gobiernen las naciones, podrá ser construida la gran fraternidad humana universal.
El presidente estadounidense endurece su guerra económica contra China, rival mundial y un riesgo para su “seguridad nacional”; y para aminorar los “riesgos” ha incluido a México.
O el mundo sigue por el camino del imperialismo o abrimos una vía de transición hacia un mundo multipolar.
Con motivo del Día Internacional de la Paz, 21 de septiembre
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Escrito por Abel Pérez Zamorano
Doctor en Economía por la London School of Economics. Profesor-investigador de la Universidad Autónoma Chapingo.