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Omar Carreón Abud
En política… y en educación, no hay casualidades
No puede evadirse la realidad, la sociedad humana está profundamente dividida en dos clases sociales fundamentales.


Numerosos países tienen acuerdos para llevar a cabo evaluaciones educativas que les sirven para comparar eficiencias y rendimientos. Sin que se conozca una crítica científicamente fundada, durante los gobiernos de la “Cuarta Transformación”, México decidió no aplicar siete de ellos en los que se dimensionaba el aprendizaje en la educación primaria y la formación ciudadana y las condiciones de la enseñanza de los maestros en secundaria; además, desapareció el Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación (INEE) y la Comisión Nacional para la Mejora Continua de la Educación (Mejoredu), que eran los organismos encargados de generar información sobre los aprendizajes de los estudiantes. Todo ello sin que ni la ciudadanía fuera informada de las razones y sin que se diseñaran nuevos métodos de evaluación para mejorar los organismos que los aplicaban.

Más que cualquier encuesta con posibilidades de pago por resultados a conveniencia, a mí se me quedó grabada la multiforme protesta de los padres de familia cuando trascendió que el ciclo escolar 2025-2026 sería recortado por la SEP hasta por un mes para darle tiempo y espacio al espectáculo del campeonato mundial. Tanta fue su fuerza y unanimidad que los encargados de tomar decisiones –que cuando necesitan información confiable se hacen de ella– rápidamente retiraron la idea y sigilosamente la echaron al cajón. Sí, la gente, los padres tienen una muy mala idea de los resultados de la llamada Nueva Escuela Mexicana sobre sus hijos y consideraron que ¡un mes menos! de actividad escolar colmaba la medida. No necesitaron evaluaciones internacionales, sólo observar la conducta y las habilidades de sus pequeños y, con el perdón de la concurrencia, yo coincido con ellos.

No encuentro, por tanto, razones válidas para echar a la basura los resultados de los exámenes que se practican a nivel internacional. México conservó PISA, llevado a cabo por la OCDE a nivel mundial, que mide el rendimiento académico de los estudiantes en Matemáticas, Ciencia y Lectura y que se aplica cada tres años debido a un amparo promovido por el organismo civil Educación con Rumbo para garantizar la aplicación de la prueba y la autorización de la SEP. Veamos algunos de los resultados publicados.

El Universal del ocho de septiembre: “En la prueba PISA 2025… señala que sólo uno de cada 200 estudiantes mexicanos, equivalente a 0.5 por ciento, alcanzó los niveles más altos de desempeño, el cinco o el seis, en al menos una de las tres materias, en los países de la OCDE, el promedio fue de 11.9 por ciento. En lectura, México obtuvo 408 puntos frente a los 461 del promedio de la OCDE: una diferencia de 53 puntos… En ciencias, los alumnos mexicanos alcanzaron 414 puntos, mientras que el promedio de la organización fue de 482. México quedó 68 puntos abajo en esta área, que evalúa cómo los jóvenes emplean conocimientos científicos y pruebas para explicar situaciones y tomar decisiones. El país tuvo resultados inferiores al promedio de la OCDE en las tres materias”.

¿Qué pasa? ¿Errores, omisiones, tropiezos? ¿Ineptitud de los políticos y los pedagogos de la “Cuarta Transformación”? Nada de eso puede descartarse por completo. No obstante, es preciso tomar en cuenta lo que está sucediendo en el país y en el mundo. Más allá de las interpretaciones románticas y, por supuesto, coscientemente falsas, no puede evadirse la realidad, la sociedad humana está profundamente dividida en dos clases sociales fundamentales: los pocos, una exigua minoría, que son dueños de los voluminosos, insólitos y cada vez más costosos medios de producción y las inmensas masas de miserables hacinados por todo el mundo que sólo poseen su fuerza de trabajo para venderla y mantenerse y mantener con vida a su familia.

Sólo el trabajo humano crea riqueza. Las portentosas máquinas que han llegado a provocar el delirio de que sustituirán al ser humano no sólo no crean nuevo valor, nueva riqueza, sino que sólo transmiten el que una mano morena o blanca, femenina o masculina, grande o pequeña, les ha transmitido antes. Todos los sueños de opio de los grandes propietarios de medios de producción en el sentido de que algún día podrán prescindir completamente de los obreros se han estrellado con la ruda realidad de que no pueden generar valor sin fuerza de trabajo.

Lo más que han podido lograr es crear diferentes formas para arrancar al trabajador el excedente de lo que produce sobre lo que le es indispensable para conservarse vivo. El esclavo de Roma o el de las plantaciones de Estados Unidos que todavía apuntaló con su sacrificio el despegue de la Revolución Industrial en Inglaterra, el siervo de la Nueva España entregado a su feroz explotador mediante una befa que llamaba encomienda al abuso o, en la actualidad, en el mundo realmente existente, el trabajo asalariado.

Al obrero moderno se le paga lo que necesita para vivir. “¡No!” Puede contestar algún descuidado. Sí, insisto; si así no fuera no duraría trabajando treinta o cuarenta o cincuenta años y hasta más. Sólo que precisamente ahí está el secreto que sostiene al mundo moderno, al mundo de la ganancia: lo que el obrero requiere diariamente para mantenerse vivo es sólo una fracción cada vez más diminuta del valor que produce en una jornada de trabajo. Plusvalía se llama, aunque su nombre científico cause urticaria o rabia a quienes se quedan con ella. El juego, pues, consiste en echar a andar y mantener funcionando el mecanismo de producir mercancías para arrancar plusvalía perennemente, sea lo que sea, juguetes para niños, medicinas para enfermos o pistolas y misiles para matar al que cuestione. Producir por producir.

Siempre y cuando, claro está, lo producido, llamado mercancía, se venda para hacer realidad –así se dice– la plusvalía. En consecuencia, para ganar un lugar en las ventas, el capitalista debe disminuir constantemente, como si se tratara de una patología, el promedio de las horas adheridas a su mercancía. Para ello debe producir más en el mismo tiempo, aumentar la productividad y eso se logra con la maquinaria y la tecnología (usarla es otra compulsión que no lo deja vivir en paz). Sólo que la nueva maquinaria diseñada, así como la nueva tecnología para producir más mercancías en menos tiempo, requiere una cantidad menor de fuerza de trabajo.

Existe, consecuentemente, para proteger la realización de la plusvalía, una tendencia irrefrenable a despedir obreros de las fábricas. La desocupación se ha vuelto no sólo crónica, sino inmensa y avasalladora. “Gabriela Siller, integrante del Comité Nacional de Estudios Económicos del IMEF… En una reciente investigación… (señaló que en nuestro país) la debilidad del ISR coincide con un deterioro del mercado laboral formal. De acuerdo con la ENOE, durante el acumulado del año se perdieron alrededor de 343 mil empleos formales” (Reforma, 21 de julio).

El fenómeno no es casual ni temporal, ni siquiera local, es una tendencia objetiva, imparable del capitalismo mundial. En nuestro país ya tiene tiempo y continúa. Observemos el llamado “empleo informal”, que no es empleo y, por tanto, no es informal, sino el crecimiento monstruoso de los que han perdido su empleo o nunca lo han llegado a tener. Sólo como ejemplo ilustrativo de la situación en nuestro país: “… de abril a junio de 2026, el total de personas empleadas en la informalidad ascendió a 33 millones 83 mil 675, unas 494 mil 607 más de las que se tenía en igual periodo de 2025, por lo que se alcanzó un récord”.

El uso masivo de maquinaria y tecnología aumenta la esclavización del obrero, que se convierte en apéndice de la máquina y, consecuentemente, reduce la necesidad de que cuente con un nivel educativo aceptable, su labor es cada vez más monótona y simple y si aceptamos, como es la verdad, que la llamada “Cuarta Transformación” no es más que el aparato que se hace cargo de la defensa de los intereses de los dueños de los medios de producción, entenderemos que para sus destacados integrantes, la clase obrera, para producir grandes cantidades de plusvalía, función a la que el sistema la ha confinado, no necesita ni matemáticas ni ciencia ni lectura. Es más, si aceptamos que en el sistema esclavista y en el feudal, la explotación y el abuso saltaban a la vista, mientras que en el moderno sistema capitalista permanecen escondidos detrás de un contrato entre supuestos iguales adobado con las llamadas prestaciones, entenderemos que para abrirse paso, encontrar y aceptar la verdad que lo oprime y encadena, el obrero requerirá de un cierto nivel de comprensión teórica de la realidad, por lo que las graves deficiencias de la educación formal recibida por su clase, no son ni error ni omisión, menos aún incompetencia, son un plan macabro para prolongar su sumisión. 


Escrito por Omar Carreón Abud

Ingeniero Agrónomo por la Universidad Autónoma Chapingo y luchador social. Autor del libro "Reivindicar la verdad".


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