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A lo largo de su historia, el capitalismo ha atravesado numerosas crisis económicas, cada una con características particulares y diferencias en su duración, escala y profundidad de sus efectos. Entre las crisis más destacadas del último siglo se encuentran la Gran Depresión de 1929 y la crisis financiera mundial de 2007-2008. Dejamos fuera de estos ejemplos la crisis de 2020, desencadenada por la pandemia de Covid-19, por su naturaleza sui géneris.
Además de estos episodios de crisis, las economías capitalistas presentan, de manera más general, fluctuaciones recurrentes en la actividad económica, caracterizadas por la alternancia de periodos de expansión y contracción. Comprender las causas de las crisis y, más ampliamente, de las fluctuaciones económicas ha sido una preocupación central de la economía. No obstante, no existe un concenso sobre la naturaleza, el origen y la persistencia de las crisis, ni sobre la posibilidad de evitarlas y las medidas que permitan mitigar sus consecuencias.
Dentro del pensamiento económico existen tres grandes escuelas con posiciones contendientes sobre la naturaleza de estas perturbaciones. El marxismo sostiene que las crisis son un fenómeno intrínseco, recurrente e inevitable del capitalismo, resultado de sus contradicciones internas. La competencia entre capitalistas, la anarquía de la producción y la tendencia decreciente de la tasa de ganancia conducen a la sobreacumulación de capital, que se termina manifestando en una sobreproducción de mercancías incapaces de realizar su valor íntegro y ganancia esperada, desencadenando quiebras y crisis. Éstas permiten reajustar temporalmente las condiciones de rentabilidad, pero sin resolver las contradicciones que las originan. Su solución definitiva implica, por tanto, superar las relaciones capitalistas de producción y transitar hacia una economía planificada, orientada a satisfacer las necesidades humanas y no a la obtención de ganancias individuales.
En el otro extremo, la economía neoclásica concibe las crisis como perturbaciones externas al funcionamiento del capitalismo, provocadas, por ejemplo, por pandemias, catástrofes naturales o cambios tecnológicos. Desde esta perspectiva, el mercado cuenta con mecanismos de autorregulación que, mediante el ajuste de precios y salarios, permiten recuperar la producción y el empleo después de una caída. Así, no sería necesaria la intervención del Estado, que incluso podría distorsionar el funcionamiento del mercado y agravar las crisis. Sin embargo, la Gran Depresión de 1929 puso en tela de juicio la capacidad autorreguladora del mercado pues, pese a la drástica caída de los salarios, el desempleo persistió durante más de una década y sólo mediante la intervención del Estado fue posible recuperar los niveles de empleo previos a la crisis.
La experiencia de la Gran Depresión dio impulso al keynesianismo, que reconoce la naturaleza inherentemente inestable del capitalismo, particularmente debido a las fluctuaciones de la inversión. Ésta depende, en gran medida, de las expectativas de ganancia de los capitalistas, quienes invierten hoy con el propósito de obtener determinados rendimientos en un futuro, un futuro que es, de acuerdo con este enfoque, fundamentalmente incierto. Así, el optimismo o pesimismo sobre las perspectivas económicas pueden generar episodios de euforia o caídas abruptas de la inversión, desestabilizando la producción y el empleo. Frente a ello, el keynesianismo plantea la necesidad de la intervención del Estado para compensar las caídas de la inversión privada, sostener la demanda y recuperar el empleo.
Con el tiempo, el pensamiento keynesiano fue reformulado mediante la incorporación de las herramientas y los supuestos de la teoría neoclásica, dando lugar a la Nueva Economía Keynesiana, cuya influencia domina hoy la política macroeconómica de varios países. Esta corriente reconoce que existen condiciones que limitan la capacidad autorreguladora de los mercados y respalda la intervención para estabilizar la economía. Sin embargo, a diferencia de Keynes, que proponía compensar directamente la caída de la inversión privada mediante el gasto público, esta corriente plantea que la intervención sea realizada por un banco central autónomo, que influya sobre las decisiones de consumo e inversión mediante el manejo de las tasas de interés y las expectativas económicas. Fueron precisamente estas aportaciones las que fueron reconocidas este año con el Premio Nobel de Economía, otorgado a Robert E. Hall y Michael Woodford, cuyos trabajos han contribuido a establecer los fundamentos teóricos de la política monetaria antiinflacionaria de numerosos bancos centrales en todo el mundo. Se premia así un nuevo intento por administrar y estabilizar el capitalismo, pero esta vez a la cabeza van los bancos centrales.
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Escrito por Tania Rojas
Maestra en Economía por El Colegio de México. Estudia un doctorado en Economía en la Universidad de Massachusetts Amherst, en EE.UU.