Brújula
La festividad del Día de Muertos
Los productos y servicios relacionados con el Día de Muertos elevan sus precios.
Casi se cumple medio siglo de que se fusionó el catolicismo con las costumbres religiosas y espirituales de los pueblos americanos. En el caso mexicano, una de las tradiciones que sobreviven al paso del tiempo, y pese a la modernidad, es la del Día de Muertos. Es en este tipo de festividad donde el pueblo expresa su espíritu creador y demuestra su capacidad artística. Esta fiesta se transforma en una de las más vistosas y coloridas del año; tiene además, tanto contenido espiritual y cultural que se ha convertido en Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad desde 2008.
En esta celebración el pueblo sale de su rutina diaria para dedicar muchos días a preparar la llegada de sus fieles difuntos. En cada uno de los altares se muestra ese amor a los que ya no están presentes y el resultado, por muy modesto que sea el altar, luce como una obra de arte debido a la disposición de los arcos, las flores, los escalones, el papel picado; o mejor aún, en las comunidades utilizan sus flores naturales, palmas y crean una escenografía que, por sí sola, muestra el espíritu artístico del pueblo mexicano.
No podía faltar riqueza gastronómica: mole, tamales y pan. La población logra recrear esta festividad con sus modestos recursos; además, la complementa con canciones, ritos, “pedir calaverita” para los niños y días de fiesta. Al terminar, las familias visitan a los compadres y comparten las ofrendas. El gasto no es poco por familia, pero vale la pena darse ese pequeño agasajo que los visitantes también disfrutan y quedan gratamente sorprendidos por el colorido y el sentido en la realización de una fiesta para los muertos, como no sucede en ningún otro lugar del mundo.
Sin embargo, mientras para el pueblo recordar a sus fieles difuntos es la concreción de su espiritualidad, otros menos espirituales, más bien carroñeros, comerciantes y empresarios, no desaprovechan la oportunidad para vender y, como siempre, esperan en cualquier ocasión un motivo para saturar de productos el mercado; por ello, los productos y servicios relacionados con el Día de Muertos elevan sus precios, además de que no les importa mezclar elementos externos como el Halloween norteamericano, que se caracteriza por excesos de fiestas de disfraces que terminan en verdaderas bacanales, muy convenientemente fomentadas por los medios masivos de comunicación. En ese sentido, las empresas sacan el máximo provecho de la fecha para obtener pingües ganancias, mientras, los consumidores han gastado todos los ahorros, o se han empeñado para no quedar mal con sus visitantes de cada año… pues las familias gastan entre cinco y 10 mil pesos en su ofrenda.
Bien vale la pena, porque también ha significado un momento de descanso para reconfortar el espíritu de los vivos, escapando de una rutina cada vez más complicada para el pueblo trabajador. A las extenuantes jornadas de trabajo, salarios bajos, se suman la inestabilidad política, social y económica que se está agudizando a tal nivel que, en estos días de reflexión, se piensa que están descansando mejor nuestros muertos. ¿Y cómo no? Si la economía no crece, no hay trabajo, las protestas sociales de diversos grupos lo expresan así; la inseguridad se muestra por todos lados; y lo único claro es que el presente es tan funesto como si la muerte acechara a cada paso o, como en los cuentos de Edmundo Valadez, tuviera permiso.
Ante una complicación así, la descompuesta clase política no tendrá otra opción que dejar espacio y poder para que sea el pueblo creador, ese mismo pueblo que hoy está postrado y festejando, el que se levante e incendie las antorchas para recuperar la democracia y las libertades perdidas, antes de que sea demasiado tarde.
Escrito por Capitán Nemo
COLUMNISTA