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Reportaje
Colapsa el planeta por el hipercapitalismo
Los recursos son finitos, el medio ambiente se degrada y la humanidad oscila entre la extinción y el cambio de paradigma productivo.


La naturaleza ya no resiste la inmoderada explotación planetaria del capitalismo corporativo. Los recursos son finitos, el medio ambiente se degrada y la humanidad oscila entre la extinción y el cambio de paradigma productivo.

Todos perdemos con la degradación ambiental: pobres, ricos, personas de derecha, izquierda, neofascistas y colonialistas. Sequías, huracanes, incendios, inundaciones y deslaves definen al fenómeno que destruye a la civilización, pero los gobiernos no proponen estrategias congruentes que lo atiendan con celeridad.

Detrás de esa incapacidad está la lógica de acumulación del capitalismo que, con ayuda y asistencia activa de los Estados, se renueva con acciones antiecológicas de explotación ‒hasta el agotamiento‒ de recursos naturales, territorios y mano de obra.

Ése es el trasfondo de los siniestros que presenciamos desde Asia hasta Europa occidental y en Nuestra América; no son “desastres naturales” ni “accidentes ambientales”, es la reacción del planeta a la depredación humana, a la contaminación para urbanizar reservas ecológicas como la Amazonia, o por bombardeos sobre Gaza, Sudán y Ormuz.

Los ocho mil millones de habitantes del planeta sufriremos el impacto ambiental por el deshielo del Ártico, como tres mil 200 millones de personas padecen por la desertificación en Sudán, Níger, Mongolia e India.

Y más de mil millones de personas en las riberas marítimas, por la expansiva minería terrestre y submarina de corporaciones tecnológicas que extraen los minerales críticos donde consolidan su poder y riqueza.

Conscientes de ello, desde México vemos acercarse el fin del mundo sustentable y el aumento de la desigualdad social y económica a costa de la producción capitalista de la industria y la tecnología.

Ya Carlos Marx lo anticipó en El Capital: “el capitalismo tiende a destruir sus dos fuentes de riqueza: la naturaleza y el ser humano”. En respuesta a ese masivo quebranto ambiental, también emergen acciones anticoloniales en todo el planeta y contra la necropolítica, que se proponen preservar los espacios y recursos –bienes geopolíticos– que sustentan la vida contemporánea.

Esa lucha se oculta, contrario a las imágenes de los efectos negativos del cambio climático masivamente difundidas por los medios corporativos para incrementar el miedo colectivo.

Ecocidio deliberado

Tal silencio alcanza el impacto destructivo sobre el ambiente de los conflictos armados que destruyen el entorno físico hasta extinguir la vida –humana, flora y fauna‒ a su alrededor.

Las acciones militares generan, al menos, 5.5 por ciento de emisiones mundiales de gases de efecto invernadero, alertaron miembros de la agrupación Científicos por la Responsabilidad Global y expertos del Observatorio de Conflictos y Ambiente.

Si se contabilizaran como una nación, los ejércitos combatientes serían el cuarto emisor global de contaminantes, por que degradan ecosistemas  con sus bombardeos sobre infraestructuras petroleras, poblaciones, edificios, plantas eléctricas, carreteras, puertos, caminos, bosques, tanques, aeropuertos.

Basta considerar que el régimen neonazi de Ucrania ha provocado un legado tóxico con sus ataques aéreos ‒en la región del Donbás y fronteriza con Rusia‒, que liberó más de 230 millones de toneladas de CO2 en la región y que ya contaminó a países vecinos.

Esos bombardeos ‒aéreos y ataques con misiles‒ aumentaron las emisiones tóxicas por incendios forestales al menos 31 por ciento; a lo que se suma la intensa polución causada por el combustible utilizado para tanques, camiones militares y aviones en deterioro de la pureza del aire.

Ucrania usa el sabotaje como arma de guerra, aunque contamine. Así lo hizo al destruir la presa de Nova Kajovka, provocando un tsunami de agua y escombros que arrasó con personas, arruinó las plantas de tratamiento y filtró las aguas sucias al suelo, además de que la basura tóxica dañó tanto al ecosistema local, que miles de personas debieron ser desalojadas.

Ese conflicto ya causó un impacto devastador no sólo en la exrepública soviética –donde el economista Oleh Nivievskyi afirma que el 30 por ciento de la superficie está minada‒, sino en Rusia, donde los ataques aéreos de Kiev se centran en zonas habitadas por civiles. Esa destrucción deja escombros tóxicos que se dispersan por toda la geografía en menoscabo de la salud poblacional.

De Belgorod a Kursk, Briansk y Tver hasta Koroliov, los ataques de misiles, drones o comandos ucranianos infiltrados causan incendios de gran magnitud mientras estallan en sitios estratégicos: fábricas de explosivos y cohetes, plantas químicas, de cohetes y de electricidad, polvorines de armas, refinerías, depósitos de crudo y aeropuertos.

Drones ucranianos se centran en la infraestructura petrolera rusa, como los repetidos bombardeos sobre la refinería y terminal marítima de Tuapsé, en el Mar Negro, que causaron derrames de crudo y contaminación costera.

 

 

El Kremlin acusa a Kiev por recurrir a métodos terroristas cuando destruyen deliberadamente esos objetivos estratégicos para mermar la exportación de energía rusa, aunque genere gran contaminación.

El caos ambiental cubre todo el mapa mundial y no es casual, sino que sigue una lógica intencional. El análisis de los efectos ambientales en conflictos armados de Afganistán, Irak, Kosovo, Líbano, República Democrática del Congo, Sudán y Somalia confirman que la guerra es literalmente tóxica, según informes del Programa de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) para el Medio Ambiente (PNUMA en inglés).

Así debe verse a Palestina, el Apartheid ecológico en que el sionismo la convirtió tras décadas de ocupación y bloqueo. A esa ilegal campaña de desplazamiento forzoso se suman tres años de incesantes bombardeos sobre la Franja de Gaza, que hoy es un paisaje de más de 40 millones de toneladas de escombros, bajo los cuales yacen miles de muertos.

La contaminación de vías fluviales, aire y suelo por residuos químicos de ataques de saturación de Israel alcanza niveles tóxicos; y ahí la vida peligra a cada momento. Esa destrucción sistemática del ecosistema ha sido política deliberada de Israel, asegura la experta Teresa de Fortuny, del Centre Delàs d'Estudis per la Pau.

La dupla estadounidense-israelí persiste en su febril carrera por ocupar territorios. Su campaña de bombardeos contra la República Islámica de Irán ha destruido infraestructuras civiles, militares y energéticas, causando lluvia “negra” y ácida.

Toneladas de sustancias venenosas que emanan de enormes columnas de humo tóxico deterioran la calidad del aire y se dispersan sobre millones de pobladores en Teherán y otras ciudades, amenazando la vida de millones, pero ésta no es noticia de primera plana.

Basta señalar que, entre julio de 2025 y agosto de 2026, los ataques con misiles sobre Irán liberaron millones de toneladas de gases de efecto invernadero a la atmósfera, una cifra superior a la media de la liberada por países poco industrializados.

El legado tóxico de los bombardeos a infraestructura civil, además de su innecesaria estela de víctimas letales, son toneladas de metales pesados por los restos de metralla con uranio enriquecido de las armas sionistas y occidentales sobre extensas zonas urbanas, rurales e industriales.

Los ataques a plantas eléctricas y desalinizadoras del Golfo Pérsico, zonas donde la población se abastecía históricamente de agua, han degradado los depósitos del vital líquido con residuos industriales e hidrocarburos, lo que agrava la escasez hídrica en ese país en medio del desierto.

A la par, flora, fauna y ecosistemas marinos del Pérsico han sufrido daños irreversibles por la destrucción y la acumulación de desechos tóxicos, denuncian American Progress, The Guardian y Workers World.

Desastre en el Sur Global

Desde 1985, el PNUMA planteó el término migrantes ambientales para explicar que el cambio climático desplazaba a millones de personas en regiones vulnerables. Cuarenta años después, el contexto neoliberal agravó la situación en el Sur Global, a los que  el profesor egipcio Essam El-Hinnawi llama: refugiados ambientales.

Esa destrucción no dice nada a las cúpulas gobernantes del Occidente Colectivo, cuyos medios llenan espacios con imágenes de incendios sobre bosques y chalets en Francia, España, Portugal, California y hasta en Nueva York.

Calificar lo que hoy sucede en el clima global también está sujeto a la ideología imperante. Al reflexionar en la “crisis climática”, se omite indicar que están en crisis las relaciones de interdependencia, articulación, movimiento y metabolismo de los sistemas vivos e inertes del planeta, advierte el ambientalista Camilo G. Posso.

Esto se gestó en el desequilibrio extremo de economía y relación sociopolítica ante un contexto de globalización e hiperconsumo, que avanza hacia un punto de inflexión por el despilfarro de energía, depredación del medio que relega a las naciones al sacrificio.

De ahí la urgencia por precisar: el Sur Global es la gran víctima de los estragos por la práctica extractiva del imperialismo corporativo del Norte Global que analistas ambientales del Observatorio Mx ya denominan: “zonas de sacrificio”.

Drama en la cima

En Nepal, el 26 de agosto, todos vimos la protesta del planeta a un clima que se calienta velozmente, donde el suelo se desestabiliza por el deshielo de glaciares y baja con fuerza, arrasando vidas.

Lo que no se ve ni se dice de esa región, es la esencia de lo ocurrido: la meseta tibetana y la cordillera del Himalaya alojan la mayor reserva mundial de agua dulce congelada, con la que almacenan el Ártico y la Antártida.

Los hielos de esas cordilleras y sus miles de glaciares alimentan a los diez ríos más grandes de Asia (entre ellos el Ganges, el Brahmaputra, el Yangtsé y el Mekong). Por lo que científicos ambientales denominan a esa zona el “Tercer Polo” o “torre de agua de Asia”.

El día del siniestro, una enorme masa de hielo y roca cayó de un glaciar en lo alto del Himalaya y, transitoriamente, bloqueó el río Lhende Khola. Eso dispersó letales inundaciones (riadas) en la frontera Nepal-China, como un tsunami de lodo que arrasó pueblos y desapareció a miles de personas.

Los deslizamientos de roca, hielo y lodo golpearon todo y llegaron hasta el puerto de Gyirong, al sureste de la región autónoma china de Xizang, el mayor puerto de tierra entre China y Nepal. Tales sacudidas provocaron tremores semejantes a la magnitud de un sismo de 5.2, reportó el Servicio Geológico estadounidense.

Todo ello donde el Himalaya se ha transformado por el cambio climático y la acción humana. Sin atender el deterioro, se han construido ahí decenas de autopistas, obras de infraestructura turística y proyectos hidroeléctricos mientras despojan a comunidades locales de sus tierras. Por ello, persiste el riesgo de que se produzca otro colapso, aseguran científicos del Centro Internacional para el Desarrollo Integral de las Montañas y el analista, Prashant Baral.

Nepal, entre India y China, depende del turismo de montaña, por el que recibe al año unos 762.3 millones de dólares, y de la agricultura. El colapso del glaciar destruyó la cubierta vegetal y aceleró la erosión, que imposibilitará la agricultura en el corto plazo, pues se dificulta el acceso al agua potable para poblados de alta montaña por la destrucción de cuencas hídricas y sedimentación de ríos.

La avalancha en Nepal destruyó aldeas, carreteras, redes eléctricas, puentes, pasos y proyectos hidroeléctricos. Se prevé que la reconstrucción lleve décadas y será costosa ‒entre cuatro mil y cinco mil millones de dólares (mdd), por su aislamiento y escasez de recursos‒, casi 10 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB).

Aunque el primer ministro y su gabinete donarán su salario, es previsible que el siniestro desate una crisis social pues, por su creciente pobreza y desigualdad, Nepal vivió hace un año protestas de jóvenes contra la corrupción y ostentación de las élites.

 

 

Ríos secos, crisis europea

Parece que pasó a la historia la emblemática imagen de embarcaciones navegando por el río Rin para llevar su rica carga a distintos puertos europeos, así como el transporte fluvial de mercancías por el Danubio y sus afluentes en toda Europa central.

Ambos ríos son dos arterias vitales para Alemania, Hungría, Serbia, República Checa, Rumania, así como para riachuelos y lagos aledaños.

Hoy, gobiernos y empresas evalúan cómo minimizar los efectos del cambio climático, que la Unión Europea atribuye al consumo de combustibles fósiles, pero sigue sin atender las causas reales: la masiva explotación de minas y mantos freáticos locales, así como la explotación de tierras por agroindustrias y la guerra de Ucrania.

Ahora, la sequía por el cambio climático trastocó la cadena de suministros en lagos y ríos de la antes boyante Europa.

Como nunca, la arena del fondo se observa a simple vista y los bañistas de poblaciones aledañas caminan hasta a la mitad de esas corrientes nunca antes surcadas a pie. En las riberas hay cientos de barcazas a la espera de alguna lluvia que suba el nivel y puedan llevar sus mercancías al otro lado.

Las compañías navieras enfrentan un escenario inimaginable: la sequía extrema y las altas temperaturas en todo el continente ocasionaron el dramático descenso en el caudal de esos ríos al grado de obstaculizar el paso de buques mercantiles.

Pesca local, suministro de combustible y materias primas no llegan a tiempo a su destino, la producción de la central nuclear de Paks, Hungría, enciende sus alertas porque su sistema de refrigeración depende de la corriente del Danubio.

Los pescadores serbios mantienen a sus peces en pequeños estanques, pues son incapaces de sobrevivir a temperaturas superiores a los 30 grados, como los que hoy presenta la región. Sin cuestionar las causas de ese desastre en el primer mundo, los titanes mediáticos y think tanks optan por atender lo ocurrido en Nepal o los incendios en España y California.

Lo realmente transformador de estos fenómenos consiste en revelar y penalizar el ecocidio del sistema político-económico ocasionado por la ambición capitalista con sus guerras de expoliación que devastan el Sur Global. 

 

Solución: Ecosocialismo

Desde la izquierda y el pensamiento marxista han surgido grandes propuestas ante la crisis ecológica contemporánea. El biólogo socialista Barry Commoner fue pionero en difundir la crisis ambiental para despertar la conciencia de la problemática mediante su libro El círculo que se cierra (1966).

 

 

El cambio climático es una nueva forma de imperialismo, donde las acciones de los países ricos y sus empresas resultan insuficientes para combatir tales efectos de los que no se responsabilizan, plantea el investigador de la Universidad de Massachusetts, Jayati Ghosh.

Una luz ante ese problema que avanza es el socialismo, que propone transformar revolucionariamente el sistema económico actual para proteger la supervivencia humana.

El pensamiento marxista llama “fractura metabólica de los ciclos ecológicos” al actual escenario de ruptura capitalista, donde el mercado exige la acumulación continua del capital e imposibilita la sustentabilidad ecológica, pues el crecimiento no puede ser infinito.

Esa fractura convierte bienes comunes como agua, aire, bosques y recursos en mercancías. Mercantilizar la naturaleza únicamente beneficia a élites y corporaciones que maximizan sus ganancias al privatizar bienes estratégicos, mientras socializan la creciente degradación ambiental.

En ese modelo hay una contradicción, pues el Estado capitalista también tiene la función de construir –y reconstruir– la naturaleza para vivir de ella. Por ello, los gobiernos deben financiar cada vez más los seguros contra riesgos climáticos, apunta el estudioso Razmig Keucheyan.

 


Escrito por Nydia Egremy

Internacionalista mexicana y periodista especializada en investigaciones sobre seguridad nacional, inteligencia y conflictos armados.


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