El documental de Yuval Abraham y Rachel Szor, centrado en el conflicto en Gaza, se convirtió en el único largometraje documental de la competencia principal del festival.
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Tiempos Modernos (1936) fue la última película silente de Chaplin; es considerada la cinta más profunda ‒aunque Chaplin lo haya negado reiteradamente‒, porque retrata más críticamente al sistema capitalista. Fue filmada en 1936, y puede decirse, sin exageración alguna, que Tiempos Modernos es la imagen más reveladora, más certera y objetiva, sobre los más profundos resortes que mueven el sistema capitalista en toda la historia del cine. El relato, en su envoltura de comedia, nos lleva con profunda maestría a una crítica demoledora del funcionamiento de la sociedad actual.
En esta historia, Charlot es un miembro más de la clase obrera que sufre cotidianamente los estragos de la explotación: enfrenta la intensificación brutal del ritmo de trabajo debido al desmedido deseo de la clase burguesa por extraer más plusvalía; sufre la represión al ser encarcelado por haber participado (equivocadamente) en una manifestación de obreros huelguistas; afronta el desempleo y nos hace notar, tal vez sin intención de Chaplin, que los obreros aún desempleados, conformados en el ejército industrial de reserva, pertenecen a la clase detentadora del poder económico. El largometraje reflejó los problemas de la gran depresión económica en Estados Unidos a partir de 1929, pero también evidenció la esencia de la esclavización moderna del proletariado a través de una aguda obra de arte con gran riqueza de matices. He ahí que el humanismo de Chaplin no tenía nada de superficial ni sirvió a los intereses mezquinos de la clase poderosa. Charlot, acompañado de quien se vuelve, en la trama, su media naranja (interpretada por Paulette Goddard), una humilde huérfana a cuyo padre asesinan las fuerzas del orden durante una batida represiva contra huelguistas.
En Tiempos Modernos hay secuencias hilarantes donde Charlot, como un obrero más, debe seguir el ritmo de trabajo impuesto por el capitalista dueño de la fábrica en donde se emplea, que lo lleva prácticamente a enloquecer, dado el embrutecimiento provocado por la repetición de una misma operación miles de veces al día. Chaplin conocía los sistemas instrumentados por los capitalistas norteamericanos para aumentar la extracción de plusvalía relativa (cuando por efecto de la lucha de la clase obrera europea y estadounidense a finales del Siglo XIX, los gobiernos debieron adoptar una legislación laboral en la que se redujo la jornada de trabajo, primero a 10 horas y media, posteriormente a ocho horas, y el capitalismo inventó los mecanismos para incrementar más la extracción de plusvalía mediante tecnologías de producción más avanzadas y la intensificación del trabajo).
Con el “fordismo”, cuando se instalan cadenas de montaje en las fábricas, donde se mueven las piezas frente a los trabajadores para que realicen una sola operación, es decir, la división del trabajo llevada a su máxima expresión; pero esa forma de trabajo mutila todo posible desarrollo de conocimientos y de capacidad técnica de los trabajadores, lo que provoca su enajenación completa e inhumana.
Y Chaplin abunda en esa crítica implacable sobre la voracidad de los capitalistas cuando, en otras secuencias del filme, nos presenta a Charlot como “conejillo de indias” a quien le llevan un aparato ‒invento que está a prueba‒ para que, mientras trabaja, pueda ingerir sus alimentos; el experimento termina con una máquina fuera de control que arroja el alimento al rostro de Charlot. No era un simple gag, sino una profunda crítica a los dueños de los medios de producción, que son capaces de todo para hacer que los obreros no “pierdan ni un segundo” y produzcan más ganancias para esos infames dueños del capital, aun a costa de mayores sufrimientos y más explotación de los obreros.
El Buró Federal de Investigaciones (FBI) investigó a Chaplin desde los años 20 del siglo pasado; pero esa averiguación se intensificó a partir de 1947; se le abrió un expediente con más de mil 900 páginas con informes de viajes, contactos y transcripciones de sus conversaciones telefónicas. Cuando fue interrogado por el Comité de Actividades Antiestadounidenses (HUAC, en inglés) en 1947, Chaplin declaró: “No soy un comunista… no soy nada. Soy un buscador de la verdad”.
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Escrito por Cousteau
COLUMNISTA