El documental de Yuval Abraham y Rachel Szor, centrado en el conflicto en Gaza, se convirtió en el único largometraje documental de la competencia principal del festival.
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El Neorrealismo italiano tiene en Ladrón de bicicletas (1949), del realizador Vittorio de Sica, una de sus expresiones más destacadas y famosas. La historia de este filme no tiene, aparentemente, ninguna complejidad; está basada en la novela de Luigi Barttolini y adaptada por el famoso guionista y director Cesare Zavattini; narra la penosa situación de un desempleado durante los primeros años de la postguerra en una Italia que intentaba reconstruirse y sufría los estragos de la dolorosa derrota y la guerra civil inmediata.
Antonio Ricci (Lamberto Maggionari), como millones de trabajadores italianos, busca un empleo; en un golpe de suerte, obtiene la vacante como “pegador” de afiches, pero, inconvenientemente, no posee bicicleta –indispensable para el trabajo‒, por lo que su esposa vende unas sábanas para pagar el empeño de una bicicleta para Antonio. Éste comienza su trabajo buscando, como todos los trabajadores que quieren tener la seguridad de un salario, lo indispensable para llevar el sustento a su familia; sin embargo, le roban su principal instrumento de trabajo. Recurre a sus amigos, los integrantes de un sindicato de recogedores de basura. Todo es infructuoso, la búsqueda fracasa y Antonio se ve obligado a averiguar solo ‒seguido por su pequeño hijo, Bruno (Enzo Staiola)‒, pues en ello le va el empleo. Al descubrir por casualidad al ladrón, trata de entregarlo a la policía; pero en el barrio donde vive éste, lo defienden sus “colegas”. Antonio no se sustenta en testigos por lo que su denuncia carece de fundamento. Ante la brutal perspectiva de volver a quedar sin empleo, intenta robar una bicicleta; cuando huye montado en el objeto de su delito, lo persiguen y atrapan los vecinos del hurtado. Al ver que es zarandeado y será entregado a la policía, su hijo se acerca y llora. Esto conmueve a la turba justiciera, por lo que el afectado del robo lo perdona y solicita al conglomerado soltar a Antonio. Antonio camina, inconsolable y sostenido sólo por la cálida mano de su pequeño Bruno.
Ladrón de bicicletas ganó premios cinematográficos importantes en aquellos años de la posguerra. En ese entonces, el Neorrealismo irrumpía con fuerza avasalladora en el mundo del séptimo arte; influido por el Naturalismo literario del Siglo XIX, por el Realismo poético del cine francés y el Realismo socialista soviético, el Neorrealismo italiano es la negación del cine prevaleciente durante el régimen fascista de Benito Mussolini, que consistía en una maquinaria de propaganda del régimen y que, lejos de servir para la crítica social, sólo buscaba fundamentar ideológica y políticamente a la dictadura con filmes en los que la sociedad italiana no presentaba ninguna falla, no había miseria ni descontento social, únicamente destacaba la “grandeza” propia de una potencia militar. Por el contrario, los grandes directores neorrealistas como Roberto Rosellini, Luchino Visconti, Michelangelo Antonioni y Vittorio De Sica, retrataron la sociedad sin maquillaje, con personajes que no eran actores profesionales (salvo algunas excepciones); pero, sobre todo, se enfocaron en la problemática del hombre común, aquel que sufre cotidianamente las circunstancias difíciles y adversas en la sociedad actual.
En Ladrón de bicicletas, De Sica aprovecha la historia para, mediante el periplo del personaje principal en la búsqueda del ladrón de su instrumento de trabajo, recrear el estado de una ciudad no con su rostro más bello y atractivo, sino el de una ciudad con sus contrastantes imágenes de opulencia-pobreza, lozanía-decrepitud, bullicio-soledad, etc., en fin, un filme con una gran calidad estética, lo mejor del Neorrealismo.
El Neorrealismo, dados los requerimientos de difusión temática que se abordaban, y las necesidades comerciales, pues el cine europeo buscó competir con el cine hollywoodense en todo momento, comenzó, ya en la década de los 50 del Siglo XX, a abordar temas históricos y de la literatura universal, más enfocados en los individuos, la familia, las relaciones sentimentales, etc.
El documental de Yuval Abraham y Rachel Szor, centrado en el conflicto en Gaza, se convirtió en el único largometraje documental de la competencia principal del festival.
Este nuevo cine utilizó las viejas técnicas fílmicas producidas en la época de la dictadura de Mussolini; pero su enfoque era totalmente distinto.
El gran dictador es una obra maestra de sátira sociopolítica cinematográfica.
En esta historia, Charlot es un miembro más de la clase obrera que sufre cotidianamente los estragos de la explotación.
Luces de la ciudad es una comedia-melodrama que retrata a las clases sociales, muestra profundamente los valores de los parias, que son capaces de dar todo por la gente que aman.
En esta película, Chaplin nos muestra que el arte cinematográfico puede ser un poderoso vehículo para la “humanización” de millones de seres humanos.
Las películas de Chaplin reflejan el sufrimiento de los descamisados, los parias.
Los cineastas latinoamericanos, africanos, asiáticos o árabes están obligados a occidentalizarse si quieren “triunfar” internacionalmente.
El filme nos muestra, cómo los colonizadores europeos tienen esclavizados a los aborígenes, cómo matan al menor intento de inconformarse contra el maltrato.
Con El Acorazado Potemkin también se sentaron las bases del realismo que inspiraría a otras corrientes del cine como el Neorrealismo italiano, el cinema novo brasileño, la Nueva ola francesa, etc.
Antes de dedicarse al séptimo arte, Eisenstein había estudiado arquitectura e ingeniería, y en 1918 se unió al Ejército Rojo.
Más de 11 mil grabaciones se realizaron en 574 colonias de la capital; Roma Norte, Juárez y Ciudad Jardín fueron las locaciones más utilizadas.
El Expresionismo mostraba algo más complejo y de calado más interno: la angustia social, el sobrecogimiento moral y anímico de una sociedad en crisis.
El cine silente podría parecer algo arcaico para los espectadores del mundo actual.
Estas primeras producciones –casi todas de corta duración– eran cine documentalista que llamaba la atención de un público creciente.
Escrito por Cousteau
COLUMNISTA