La extrema derecha crece cuando millones de trabajadores sienten que viven cada vez peor.
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Hablar de Charles Spencer Chaplin tal vez suene a algo trillado, dado que son decenas de miles de artículos, ensayos, biografías, etc., que por todo el mundo se han escrito y reeditado; sus cintas están distribuidas por todas las filmotecas, se transmiten de forma inacabable en los cineclubes, en la televisión, YouTube, etc. Sin embargo, sobre todo para las nuevas generaciones, puede resultar todo un descubrimiento artístico y de gran contenido estético el conocer las viejas películas de este maestro del cine silente. Es más, puede ser profundamente conmovedor conocer las cintas de quien tuvo el gran mérito de transmitir profundas emociones, ideas de alto contenido social con un enfoque muy progresista y de gran aliento humanístico. Utilizó, como nadie lo hizo, la mímica; su genialidad se manifestó también en el hecho de que no sólo fue actor principal, sino también director, guionista, diseñador y elaboraba los difíciles montajes; él compuso la música y las letras de las canciones o piezas con las que se musicalizaban sus películas. En Luces de la ciudad, la banda sonora (el realizador siguió filmando cine silente, a pesar de que desde 1927 ya existía el cine sonoro) presenta la canción Noche de Luna en el lago, que fue conocida como La violetera, una verdadera obra de arte musical.
En Luces de la ciudad (1931), una vez más el protagonista es Charlot, un desheredado, sin empleo, que vaga por las calles de la gran ciudad (Nueva York); en ese deambular, al doblar una esquina, conoce a una linda muchacha que vende violetas; ella insiste en que le compre una flor para que se la ponga en el ojal de su saco. Pero pronto, Charlot se percata de que esa muchacha es ciega. Empieza a frecuentarla y traba amistad con ella. En la imaginación de la violetera, Charlot es un millonario. Él la visita en su humilde casa; al ver su pobreza, ayuda a ella y a su abuela ‒con quien vive la joven‒ a conseguir víveres. Charlot, incluso encuentra un empleo como barrendero de las calles de la ciudad.
Charlot salva a un excéntrico millonario, cuando éste intenta suicidarse lanzándose a un río con una cuerda, a la que le amarra una piedra pesada. Ese burgués, con el alcohol haciendo sus efectos sobre él, le agradece a Charlot. Lo lleva a su casa; ahí lo invita a divertirse en un centro nocturno… lo viste con smoking; y en esas aventuras, Charlot pierde la noción de con quién está tratando realmente. Cuando al burgués se le pasa la embriaguez, al ver a su “amigo” en su cama, se enoja; pues, para él, resulta totalmente incomprensible por qué está acompañado por un “vago” desconocido.
En otra ocasión que Charlot se topa con su “amigo” burgués, lo lleva nuevamente a su casa. Pero en esta ocasión, cuando están en la sala, dos ladrones agazapados al interior, intentan realizar un atraco. En la confusión, Charlot se lleva mil dólares, que utiliza para salvar del desahucio a su amada; ese dinero también sirve para que ésta sea operada de la vista y la recobre. Charlot pasa un tiempo en la cárcel. Cuando sale, deambula más pobre que nunca por las calles y cuando pasa por el negocio de su violetera ‒que ya recobró la vista y se ha instalado en un local‒ él la reconoce, pero ella cree que es un simple vagabundo.
Ella le ofrece una moneda y al tomarle la mano, lo reconoce. Luces de la ciudad es una comedia-melodrama que retrata a las clases sociales, muestra profundamente los valores de los parias, que son capaces de dar todo por la gente que aman. Pero la cinta también nos retrata a la burguesía parasitaria; como el individuo que lo hace su “amigo” cuando está en estado etílico y muestra su rostro verdadero cuando recobra la sobriedad: un ser soberbio que detesta a la gente pobre.
Las secuencias donde Charlot se convierte en boxeador con tal de obtener dinero para la operación de la violetera, son de antología. Al ver a Charlot creyendo que es un simple mendigo, pero al tocar la mano de él, lo reconoce; “¿Puedes verme ahora?” pregunta Charlot; y ella contesta: “Sí, puedo verte”. Y Charlot, con una ternura infinita mientras sonríe, suelta una lágrima. Ésta es una cinta muy recomendable a 95 años de haberse filmado y es considerada una de las mejores de todos los tiempos.
La extrema derecha crece cuando millones de trabajadores sienten que viven cada vez peor.
En esta película, Chaplin nos muestra que el arte cinematográfico puede ser un poderoso vehículo para la “humanización” de millones de seres humanos.
Por todos los muchachos afectados y por sus padres, hago votos porque el asunto se resuelva pronto y con justicia.
Las películas de Chaplin reflejan el sufrimiento de los descamisados, los parias.
Los cineastas latinoamericanos, africanos, asiáticos o árabes están obligados a occidentalizarse si quieren “triunfar” internacionalmente.
El filme nos muestra, cómo los colonizadores europeos tienen esclavizados a los aborígenes, cómo matan al menor intento de inconformarse contra el maltrato.
La primera edición de Chesil Beach apareció en 2007.
Con El Acorazado Potemkin también se sentaron las bases del realismo que inspiraría a otras corrientes del cine como el Neorrealismo italiano, el cinema novo brasileño, la Nueva ola francesa, etc.
Antes de dedicarse al séptimo arte, Eisenstein había estudiado arquitectura e ingeniería, y en 1918 se unió al Ejército Rojo.
Más de 11 mil grabaciones se realizaron en 574 colonias de la capital; Roma Norte, Juárez y Ciudad Jardín fueron las locaciones más utilizadas.
El Expresionismo mostraba algo más complejo y de calado más interno: la angustia social, el sobrecogimiento moral y anímico de una sociedad en crisis.
El cine silente podría parecer algo arcaico para los espectadores del mundo actual.
Estas primeras producciones –casi todas de corta duración– eran cine documentalista que llamaba la atención de un público creciente.
Ven y mira es una narración fílmica que logra captar con profunda nitidez y elocuencia lo que sufrió el pueblo soviético durante La Segunda Guerra Mundial.
El problema consiste en que la falsa conciencia puede profundizarse hasta el grado de paralizar la acción política.
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Escrito por Cousteau
COLUMNISTA