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Brasil Acosta Peña
¿Democracia?
La oferta de dinero a los votantes para que gane el Partido Republicano y el ataque discriminatorio del vicepresidente de EE. UU., son muestras palpables de la decadencia del imperio.


No, no hay democracia en Estados Unidos (EE. UU.). Los que se denominan representantes y defensores de la democracia, las clases poderosas y gobernantes, simple y llanamente muestran su verdadero rostro y su consecuencia en los intereses reales que personifican. La “democracia” estadounidense, en sí misma y con base a la traducción de la palabra, no es tal. La etimología de la palabra democracia procede del griego demos que significa, pueblo y cratos, que significa poder. Desde los propios griegos se establecía un sistema democrático del que se excluía a los esclavos.

De la misma forma, en EE. UU. excluyen a los trabajadores para que el gobierno quede siempre en manos de las clases poderosas; aunque hacen creer a los trabajadores que ellos deciden. En principio, sólo hay dos partidos que operan en nuestro vecino país del norte. Se podrá argüir que hay más partidos registrados, etc.; pero todos sabemos que la hegemonía del poder norteamericano está en manos de los llamados “demócratas” y de los “republicanos”, lo demás es pantalla.

El presidente de EE. UU. no es elegido por la mayoría de los votantes; ha habido presidentes electos con menos votos, pero con la mayoría de sufragios en el Colegio Electoral. También se sabe que pesa lo mismo un barrio rico, medido así por la cantidad de recursos aportados por ese distrito en forma de impuestos al Estado; con mucha menos gente, ese barrio tiene tanto o más poder que un distrito pobre con una población, por ejemplo, seis veces mayor. Por ende, el voto de un representante ante el consejo electoral es el mismo. Inicialmente, el diseño del proceso electoral norteamericano está basado en la idea de que el poder siempre quede en manos de las clases pudientes.

Adicionalmente, se plantea la democracia cuando todos sabemos que los intereses políticos están divididos en dos partidos: los republicanos y los demócratas; pero en el fondo obedecen a los mismos intereses de las clases más ricas del llamado “Estado Profundo” que realmente y, en última instancia, manda en EE. UU.

En días recientes, ante las próximas elecciones de noviembre en EE. UU., se efectuaron dos reuniones de los republicanos cuyos resultados llamaron considerablemente mi atención. La primera de ellas tuvo lugar en Dallas y fue una reunión del Partido Republicano a la que asistió Donald Trump. En ella, el hoy presidente de esa nación ofreció dinero a los electores para que votaran por su partido; reveló que cada estadounidense obtendría un bono de cinco mil dólares si el parlamento quedaba en manos de los Republicanos. “Trump promete cinco mil dólares a ‘todos los estadounidenses adultos’ si los republicanos ganan las elecciones legislativas” (El País).

Si esto se realiza, equivaldría a 1.2 billones de dólares (1.2 millones de millones de dólares) y no se sabe cuál será la procedencia de tales recursos; pero como la riqueza nace del sudor de los trabajadores, serán ellos quienes produzcan y reciban la riqueza; pero ahora en forma de soborno electoral. La hipercuestionada compra de votos es promovida por el mismo presidente de EE. UU.

El otro caso tuvo lugar en la misma convención, pero en otro día, y evidenció el carácter fascista del sistema, que no murió con Hitler, sino que se heredó de forma natural al sistema capitalista de EE. UU. Durante su discurso, JD Vance imprecó a un mexicano que portaba orgulloso la bandera de México: “if you are so proud of your country, move your ass there”, que significa, “si tan orgulloso estás de tu país, mueve tu trasero para allá”.

Esto sólo revela el verdadero rostro de la democracia estadounidense: el desprecio hacia los latinos y, específicamente, demuestra el odio hacia los mexicanos, que a su vez también exhibe a las clases poderosas de EE. UU. que quieren a México y sus riquezas; pero no quieren a los mexicanos. Discurso de odio, racista y discriminatorio mueve al imperialismo norteamericano rumbo a su decadencia. La única forma que tienen para salvar la caída estrepitosa e imparable de la tasa de ganancia del capital imperial consiste en quitarse la máscara y mostrar su lado oscuro, violento, fascista y beligerante, que se manifiesta en la intervención de Vance, pero también con el genocidio en Gaza, la guerra contra Irán para golpear a China; el financiamiento a la Organización de Tratado del Atlántico Norte (OTAN), el respaldo a Ucrania para frenar o debilitar a la Federación Rusa; pero, como escribió Carlos Marx: una vez en su etapa de decadencia, el capitalismo, haga lo que haga, no tiene remedio.

Efectivamente, la oferta de dinero a los votantes para que gane el Partido Republicano y el ataque discriminatorio del vicepresidente de EE. UU., son muestras palpables de la decadencia del imperio. ¿Por qué necesitan ofrecer dinero a los votantes para que ejerzan su “voluntad” a favor de los republicanos y de Trump? ¿Por qué el vicepresidente se esmera por dejar clara la postura discriminatoria, racifascista del partido Republicano? ¿También será un acto para obtener votos a favor de ese partido de quienes piensan que América con esas acciones será “grande otra vez”?

¿En qué consiste, entonces, la democracia de EE. UU. en esta fase de decadencia del imperialismo? A juzgar por las reuniones en Texas, sobre la compra de votos nunca antes vista de manera tan abierta y descarada; con el uso de amenazas abiertas a quienes son migrantes para ganarse el favor de quienes hacen suya la discriminación y revelan su actitud fascista a quien porta una bandera no estadounidense.

Ya lo escribimos al inicio de este artículo: no hay democracia en EE. UU. Los candidatos no son propuestos por el pueblo, sólo puede poner a los consejeros; por ello, la democracia norteamericana resulta ser una farsa. 


Escrito por Brasil Acosta Peña

Doctor en Economía por El Colegio de México, con estancia en investigación en la Universidad de Princeton. Fue catedrático en el CIDE.


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