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Para entender mejor los recientes acontecimientos en Yemen, conviene recurrir un poco a los antecedentes. Desde 1978, el país estuvo sometido a un gobierno despótico, finalmente derrocado en 2011 por una protesta social. En un afán colonialista, Arabia Saudita, potencia económica vecina en la península arábiga, pretendió imponer un presidente títere, intento que enfrentó el enérgico rechazo de la organización Ansarolá (o Ansar Allah), movimiento patriótico del pueblo yemení, mejor conocido como los hutíes. Así surgió la guerra de resistencia que dura hasta hoy, sin definirse aún.
Desde hace 12 años, y con apoyo de sectores aliados locales, Arabia Saudí mantiene mercenarios en Yemen y sostiene un gobierno títere, con sede en Adén, no en Saná, capital oficial del país, donde gobiernan los hutíes. Desde 2015, los saudíes controlan más del 60 por ciento del territorio yemení y han impuesto también un duro bloqueo al aeropuerto internacional de Saná. Para ello han contado con apoyo en armamento, logística, financiación e inteligencia de Estados Unidos (EE. UU.). Es, pues, una fuerza de ocupación, una herencia colonialista.
Han impuesto un régimen de terror sobre la población nativa y reducido a millones a la extrema pobreza: “La crisis alimentaria de Yemen es resultado directo de la guerra. Su economía se ha reducido a la mitad desde 2015 y más del 80 por ciento de la población yemení vive por debajo del umbral de pobreza” (Oxfam). En pérdidas humanas, los bombardeos masivos saudíes “contribuyeron a la muerte de cientos de miles de yemeníes por la violencia, el hambre y las enfermedades, sin conseguir ninguno de sus objetivos políticos” (Xavier Villar, Resumen Latino). Pero la resistencia ha sido verdaderamente heroica, irreductible. Y cobra nuevos bríos en el actual contexto regional y mundial.
Contra el bloqueo saudí, desde el 20 de julio Ansarolá respondió bloqueando el paso de todos los buques de Arabia Saudita por el estrecho de Bab el-Mandeb: “Ansarolá ha atacado ocho buques en el Mar Rojo y ha obligado al menos a otros treinta a dar media vuelta para evitar el estratégico estrecho. El nuevo escenario ha provocado una caída brusca del 28 por ciento del tráfico marítimo en la zona, así como un fuerte aumento de los costes del seguro marítimo” (Xavier Villar, Resumen Latinoamericano).
En los días que corren, en una exitosa operación, el ejército de Yemen y las milicias de Ansarolá expulsaron de seis distritos a las fuerzas de ocupación saudíes, liberando un territorio de cinco mil 400 kilómetros cuadrados, principalmente en la costa occidental, y restableciendo así la soberanía nacional yemení sobre ese territorio. El 11 de septiembre, los hutíes se apoderaron de la importante ciudad portuaria de Moca, situada en la costa este del mar Rojo. Los territorios recuperados permiten a Ansarolá el control del estrecho de Bab el-Mandeb, salida sur del mar Rojo, hacia el golfo de Adén y el océano Índico; al extremo norte, el canal de Suez es la salida hacia el mar Mediterráneo, ruta que acorta en miles de kilómetros el trayecto naval entre Asia y Europa.
Pero Arabia Saudita sigue sosteniendo militar y financieramente a un gobierno títere (reconocido por EE. UU. y sus aliados), y mantiene el control del 60 por ciento del territorio yemení. Ansarolá exige ahora la retirada total de Arabia Saudita, que deje de apoyar a las fuerzas mercenarias, el pago de los daños causados en más de 15 años de ocupación y el cese del bloqueo aéreo y naval contra Yemen. Mas la fulminante victoria de los hutíes sobre el invasor no se limita a expulsarlo de buena parte del territorio. Produce graves daños inmediatos sobre la economía saudí, dependiente en alto grado de las exportaciones petroleras.
A raíz de la toma del Estrecho de Ormuz por Irán, y para poder seguir exportando crudo, Arabia Saudita desvía diariamente a través de su oleoducto Este-Oeste cuatro millones de barriles hasta su terminal en el puerto de Yanbu en el mar Rojo. Ahora, los hutíes han destruido un tramo del oleoducto (aunque se dice que los misiles provenían de Irak) que atraviesa la península arábiga, y han paralizado las operaciones de Yanbu. Arabia Saudí cuenta apenas con reservas suficientes para mantener las exportaciones máximo durante una semana. Además, los hutíes han destruido importantes instalaciones de Aramco, la gran petrolera saudí, por cierto, la mayor del mundo. Según especialistas, si Arabia Saudita no reactiva el oleoducto en cuestión de días, se reduciría en un cuatro por ciento el abasto mundial de petróleo, pero hacerlo, estiman, requerirá un mínimo de seis semanas. Así, en lo inmediato, las exportaciones ya no tienen salida y el país acusa un demoledor impacto económico, pues el petróleo constituye el 87 por ciento del valor de sus exportaciones, 22 por ciento del PIB y más de la mitad de sus ingresos fiscales. Esto pone de rodillas a la gran potencia petrolera y exhibe la incapacidad de su protector, EE. UU., para garantizarle la tradicional seguridad.
Pero los acontecimientos de Yemen tienen también implicaciones geopolíticas y económicas de alcance mundial. Al tomar el estrecho y las islas que lo dividen, Ansarolá adquiere estatus de potencia marítima, “el observador indiscutible de la seguridad en el mar Rojo”, dicen algunos analistas.
Queda significativamente limitado el tráfico marítimo mundial, pues una cuarta parte pasa por el estrecho. El 12 por ciento del petróleo mundial cruza por Bab el-Mandeb, y 20 por ciento por Ormuz. Considérese además que Arabia Saudita es el principal exportador de petróleo: 6.8 por ciento del consumo mundial. Esto ha provocado ya un drástico aumento en el precio del crudo y del gas, con un fuerte impacto sobre las economías del mundo capitalista, principalmente, y con graves consecuencias sociales y políticas por los efectos que esto provoca en términos de inflación y niveles de bienestar.
Lo ocurrido afecta el poder del dólar, pues derriba uno de sus pilares fundamentales, el petrodólar, de por sí ya bastante debilitado. Arabia Saudita es el aliado más fuerte de EE. UU. en el mundo árabe y venía protegiéndose bajo el paraguas militar de Washington. Ahora ya no tiene esa protección, pues ésta ha sido derrotada por Irán y ahora afectada en Yemen. Muy revelador a este respecto: ante la acometida de los hutíes, en días pasados el reino saudí pidió insistentemente a Donald Trump ayuda para atacarlos, pero éste, empantanado en la guerra de Irán, de la cual no encuentra cómo salir, se negó (al menos por el momento), dejando solo a su ahijado árabe.
En fin, a manera de conclusión, la resonante victoria de los patriotas de Yemen no sólo representa un avance en su propia liberación del dominio saudita. Irán resulta también beneficiado en su lucha contra la agresión estadounidense, pues los hutíes son aliados del país persa. Y se beneficia también la causa palestina, particularmente en Gaza, pues Ansarolá es uno de sus más enérgicos apoyadores. Favorece, asimismo, más en general, a los movimientos mundiales antiimperialistas, al debilitar a EE. UU., patrocinador del más alto nivel de la ocupación de Yemen; y, finalmente, con ello avanza el proceso mundial de descolonización. Los pueblos así liberados podrán ir forjando y fortaleciendo una gran alianza para su progreso y mutua defensa.
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Doctor en Economía por la London School of Economics. Profesor-investigador de la Universidad Autónoma Chapingo.