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Poesía
Gilgamesh y la búsqueda de la inmortalidad
La belleza expresiva del lamento de Gilgamesh por la muerte de su amigo ha sido comparada con los cantos elegíacos por la muerte de Patroclo, Sigfrido, Rolando y otros héroes legendarios.


El poema acadio de Gilgamesh gozó de una gran aceptación durante la antigüedad preclásica y alcanzó una gran difusión, que también se reflejó en diversas variaciones e incluso un final forzado en el que se reencuentra con el fantasma de su amigo Enkidu, quien le describe el inframundo al que fue precipitado por órdenes de Enlil, el caudillo de los dioses, como castigo por la muerte del Toro del Cielo y las ofensas infligidas a Innana-Ishtar, diosa del amor y la guerra. La belleza expresiva del lamento de Gilgamesh por la muerte de su amigo ha sido comparada con los cantos elegíacos por la muerte de Patroclo, Sigfrido, Rolando y otros héroes legendarios.

 

Siete noches, siete días / ante el gran lecho mortuorio

de Enkidu pasa su vida. / Y en llanto anegado dice:

“Óiganme sabios ancianos. / Pongan atento el oído.

Es por Enkidu mi amigo / que este amargo llanto lloro.

Quisiera llorar tan fuerte / cual plañidera celeste.

La fuerte hacha de mi lado, / la reverencia a mi mano,

la fuerza en mi cinturón, / el escudo frente a mí,

mi hermosa ropa festiva / mi grandiosa joya en sí,

todo me fue arrebatado / por un demonio malvado;

todo y más me fue robado / al morir mi amigo amado.

¡Ah, maldito demoniaco! / a mi Enkidu tú acostaste.

El que era león de montaña / y pantera de la estepa;

Él, que conmigo escaló / las más agrestes montañas,

Quien al Toro derrotó / y afligió al cruel de Humbaba;

Quien lo destruyó en el bosque / de la cedrería sagrada;

Él, que ahora sólo es un sueño; / un sueño por mí apretado.

Dentro de ti apaciguado, / pero mordiente en mi entraña.

¡Ah!, tú ya has anochecido / y no me prestas oído.

Ya no levanta sus párpados / y su corazón no late”.

Entonces veló a su amigo, / a su leal amado Enkidu.

como leona despojada / de sus cachorros gritaba

y como tigre enjaulado / viene y va el lecho rodeando.

Jala sus cabellos, rotos / de tanto que los arranca.

se quita todo el adorno / y al suelo los va arrojando.

Ya bajaba el primer brillo / de aquel séptimo nocturno

cuando Gilgamesh tomó / los despojos de su amigo

y los levantó diciendo / a los ancianos testigos:

“Sobre del lecho de honor / yo te hice reposar,

al lado izquierdo te puse / donde poderte sentar

para que a tus pies los príncipes / se obligaran a inclinar.

Por ti yo haré que la gente / te guarde duelo y lamente

y lloroso todo el pueblo / las calles inundará.

Y cuando tú te hayas ido / me pondré una piel de león,

Bajaré rumbo a la estepa / y crecidos mis cabellos,

Oh, noble y amado Enkidu, / vagaré cual tú lo hacías”.*

 

Con la muerte de su amigo, la angustia existencial se apodera de Gilgamesh, quien toma conciencia de su propia mortalidad. Desesperado, se rebela a su destino y emprende un viaje que lo lleva a los confines del mundo, a la isla en la que habita Utnapishtim, único superviviente del diluvio y a quien los dioses confirieron el privilegio de la inmortalidad. Gilgamesh lo encuentra y solicita para sí mismo este don.

El sabio accede a revelarle su secreto con la condición de superar una prueba, que consiste en permanecer despierto seis días y siete noches; pero el sueño vence pronto a Gilgamesh. A pesar de su fracaso, ruega al inmortal una segunda oportunidad, y entonces éste accede a revelarle el secreto de la eterna juventud, contenido en una planta que arranca del fondo de las aguas subterráneas y deposita en sus manos.

 

Conmovido el sempiterno / por aquella voz oída,

a Gilgamesh se acercó: / “Tú has venido de muy lejos,

grande esfuerzo, Gilgamesh, / para verme y el secreto

de ser eterno saber. /¿Qué pudiera darle a cambio

a quien me tuvo gran fe? / Te descubriré el misterio

para volverse inmortal. / Una planta nombraré

de mil espinas vestida, / cual las rosas ella es.

Y la planta punzará, / al arrancarla, tus manos,

más si tus manos la obtienen, / podrás volverte inmortal”.

 

Pero en su camino de regreso, la Serpiente Primordial devora la planta mientras Gilgamesh se baña; entonces, abatido por el fracaso de su misión decide volver a Uruk para morir, pero al llegar encuentra la hermosa ciudad amurallada que había dejado, admira su grandeza y escucha que su pueblo canta a la inmortalidad de su recuerdo, perdurable a través de las edades.

 

Cuando Gilgamesh salió / y vio una serpiente joven,

y nada más de la planta / enseguida comprendió,

desesperado lloró / y a Sursunabu volvió.

Llegando Gilgamesh dijo: / “¡Ay! ¿Para quién Sursunabu

hoy he lavado mis manos? / ¿Para quién corre la sangre

de mi triste corazón? / Obtuve la donación

de un secreto y lo he perdido. / Para la tierra del león

me he regalado a mí mismo. / Y ahora aquella eternidad

a veinte leguas está / y sin embargo lejana,

entre la selva extraviada, / por culpa de aquellas aguas.

Yo descuidé mi atavío / y lo que era para mí

ahora yo ya lo he tirado. / Sursunabu, deja el bote

y a mi ciudad acompáñame”. / Y después de veinte leguas

ellos probaron bocado. / Y después de treinta leguas

el anochecer miraron. / Cuando ellos por fin llegaron

a la amurallada Uruk, / Gilgamesh a Sursunabu,

el gran barquero, le dijo: / sube Sursunabu amigo

a las murallas de Uruk / y sobre de ellas camina.

Inspecciona la muralla / que le sirve de cimiento.

Revisa el enladrillado / que a muchos produce encanto.

Si no es ladrillo quemado / por los Siete Sabios puesto

no es la ciudad que fundaron. / Treinta mil metros comprende

el centro de la ciudad; / otros treinta mil de huertos

y treinta mil más de tierra. / Más allá el templo recinto

de la hermosa diosa Ishtar. / Cien mil metros son por todo

la superficie de Uruk. / Mas de qué sirve tener

palacios, reinos y muros / si al final se acaba uno.

 

El final es inesperado: el héroe no muere de forma trágica, ni vence a los dioses ni consigue la vida eterna ni recupera a su amigo muerto; la adversidad lo devuelve a su condición humana; así, la Epopeya de Gilgamesh viene a decirnos que la eterna juventud y la inmortalidad no existen, que los seres queridos y todo lo amable y placentero están destinados a morir, y que sólo sobreviven a la muerte las obras de los hombres. La bella ciudad amurallada, y el monumento literario que habla de este arcaico rey sumerio atestiguan que, de alguna manera, Gilgamesh alcanzó la inmortalidad. 

 

(*) La versión en verso que se transcribe se tomó de Iniciación Literaria II, de Antonio Domínguez Hidalgo (1977).


Escrito por Redacción


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