Lo que quiero mostrar con la anterior cita no es el no idealismo de Hegel, sino invitar a reflexionar sobre qué quiere decir ser idealista o materialista.
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El hecho de que alguien estudie filosofía implica imaginar un futuro sombrío en el que tales estudiosos viven en la miseria. Así se concibe en general, aunque algunas excepciones pueden ejercerla en mejores condiciones gracias a su ascendencia familiar o a su “capital cultural”. Pero parece una vocación que conduce a vivir en condiciones inhóspitas e insalubres. Diógenes, el cínico, básicamente no tenía casa. Baruch Spinoza pulía lentes para ganar dinero. Marx sobrevivía gracias a la generosidad de Engels.
Por ello, los círculos de filosofía reaccionaron con sorpresa y gracia cuando Google DeepMind anunció hace algunos meses que contrataría a alguien con el cargo de “Filósofo”. “Es para que la IA aprenda lo que se siente tener un título universitario y seguir desempleado”, dijo un usuario en redes sociales.
Las empresas de Inteligencia Artificial (IA) contratan filósofos para analizar y entrenar sus sistemas. Por otra parte, la academia de filosofía estudia las afectaciones en la capacidad reflexiva debidas al uso irresponsable de la IA. Llaman la atención ambas cosas. Primero, la contratación de dicho sector para perfeccionar el sistema. ¿De qué modo se perfecciona? La alianza de Silicon Valley (principal núcleo de la industria tecnológica estadounidense) y el gobierno de Trump fortalece una infraestructura tecnológica que vigila y segmenta a la población. Esa vigilancia interviene en la evaluación del rendimiento, la automatización de puestos, los despidos para reducir costos y el control de quienes protestan.
Segundo, la academia filosófica con mayor número de publicaciones y visibilidad en el área educativa a nivel mundial (especialmente porque tienen los recursos para publicar e invertir en proyectos), es decir, la academia europea y estadounidense, se ha abocado al análisis de la implementación de la IA: la IA en la industria de la moda, la IA en la música, la IA como nuevo modelo del hombre del Renacimiento (?), la IA en el diseño de interiores. Son títulos auténticos, tomados de un coloquio de estudiantes de posgrado en Filosofía en el Reino Unido. Son rarísimos los casos en que estos proyectos se preguntan qué le pasa a quien pierde el turno o el empleo cuando una industria se automatiza, o por qué y para qué se automatiza. El problema no es, pues, estudiar esos temas per se, sino hacerlo a un nivel abstracto y superficial.
Es alarmante que mientras la industria de la IA se perfecciona gracias al pensamiento filosófico, una parte de los investigadores estudie la IA desde nichos que no perforan el statu quo: un orden que puede vigilar, despedir trabajadores para optimizar la ganancia de unos cuantos, dividir y controlar el pensamiento.
La filosofía ha sido, en sus mejores momentos, una denuncia incómoda del poder, aunque también ha servido para justificar el orden existente. Por eso no tiene un destino emancipador garantizado. Depende de las preguntas que formula, de las instituciones que la financian y de los intereses a los que termina sirviendo. Hoy, en ciertas áreas, se inserta en un sistema opresivo. Quienes asisten a universidades de élite y desarrollan este tipo de investigaciones, alejadas realmente de los intereses populares o de una visión crítica, son otra vez quienes pueden costearse esa vida: la misma ascendencia y el mismo capital cultural de los que hablé al principio. En estas salas de presentaciones o conferencias también se percibe la lucha de clases y también se gestan proyectos políticamente inofensivos o incluso contrarios a los intereses populares.
La filosofía bajo el sistema burgués arriesga su libertad crítica. La precariedad para cierto sector de la academia se mantiene, mientras que en otros sitios el pensamiento se vende o se dedica al diseño de interiores sin preguntar quién pierde el empleo y por qué. Quienes han desarrollado la filosofía radical y crítica no lo han hecho por amor a la precariedad, sino pese a ella, guiados por un interés más profundo que ha beneficiado a la humanidad. Las reflexiones filosóficas han proporcionado armas para construir mejores formas de vida.
Quienes percibimos que la filosofía en manos de Silicon Valley o de la academia burguesa desvirtúa su objetivo tenemos la obligación política de posicionarnos al respecto. La filosofía debería ponerse del lado de quienes padecen estas transformaciones: estudiar la vigilancia laboral, trabajar junto a sindicatos y organizaciones populares, exigir transparencia y cuestionar por qué el aumento de productividad debe traducirse en despidos y no en jornadas más cortas. Vivir también significa tomar partido.
Lo que quiero mostrar con la anterior cita no es el no idealismo de Hegel, sino invitar a reflexionar sobre qué quiere decir ser idealista o materialista.
La llamada “Inteligencia Artificial” no es más que un nuevo dispositivo, una máquina nueva para enfrentar la agresiva tendencia decreciente de la tasa de ganancia que azota a todos los capitalistas del mundo.
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Escrito por Betzy Bravo García
Investigadora del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales. Ganadora del Segundo Certamen Internacional de Ensayo Filosófico. Investiga la ontología marxista, la política educativa actual y el marxismo en el México contemporáneo.