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Opinión
Crisis educativa: privatización, IA y desigualdad
Los malos resultados en PISA 2025 son el reflejo de años de desigualdad social acumulada.


Los países de la OCDE han alcanzado sus calificaciones más bajas en ciencias, lectura y matemáticas desde que comenzó la prueba PISA. La lectura es el área que más ha empeorado, con una caída de 28 puntos entre 2015 y 2025, lo que equivale a perder año y medio de clases. Estados Unidos registró su peor resultado histórico, bajando 14 puntos respecto a 2022: más de una cuarta parte de sus alumnos no entiende lo básico al leer y un tercio no domina las matemáticas elementales. En los Países Bajos, que solían ser un ejemplo en educación, el 39 por ciento de los jóvenes de 15 años está por debajo del nivel mínimo de lectura, mientras que España cayó a mínimos históricos en las tres materias. Lo más preocupante de los resultados de 2025 no es que afecten a los países en desarrollo, sino que están golpeando directamente al corazón de los países más desarrollados.

¿Será esta caída culpa del uso sin control de la Inteligencia Artificial (IA) en los salones de clase? ¿Es sólo un tropiezo temporal o la señal de un problema mucho más profundo? Este artículo plantea que nos enfrentamos a una crisis de fondo que ha permanecido desde hace décadas debido al descuido de la educación pública en favor de modelos de mercado. La IA no creó este problema, pero sí vino a acelerar y empeorar una situación que ya era frágil. Para entender lo que pasa, hace falta mirar el elemento común detrás de estas caídas: años de recortes y políticas de mercado en las escuelas.

Al hacerse a un lado el Estado en temas clave como la enseñanza, el sector privado tomó el control y obligó a las familias a pagar por una educación vista exclusivamente como negocio. Sin embargo, esto no ocurrió igual en todos lados. En Estados Unidos y Reino Unido, la privatización directa y la obsesión por exámenes estandarizados debilitaron al sistema público. En cambio, en países como Finlandia o Países Bajos, aunque no se privatizó abiertamente, la lógica del mercado entró a través de la separación entre escuelas, la brecha social entre alumnos y una digitalización apresurada y sin reglas. Al final, ambos caminos llevan al mismo resultado: la escuela pública pierde su fuerza para igualar oportunidades. En unos casos por comercializar la educación y en otros por falta de regulación, el deterioro de la calidad es evidente.

El caso de México muestra cómo se cruzan estas políticas con las limitaciones de un país en desarrollo. En 2025, los estudiantes mexicanos obtuvieron 414 puntos en ciencias, 408 en lectura y 388 en matemáticas, muy lejos del promedio de la OCDE (482, 461 y 463). La distancia es alarmante: sólo tres de cada diez jóvenes de 15 años alcanzan el nivel básico en matemáticas, mientras que cuatro de cada diez no llegan ni al mínimo en ninguna de las tres áreas, el doble de lo que ocurre en el promedio de los países de la OCDE.

Estos datos reflejan carencias muy concretas en las escuelas. Menos de un tercio de los alumnos va a planteles con instalaciones adecuadas, y apenas un poco más de un tercio cuenta con suficientes maestros. Siete de cada diez estudiantes sufren por falta de computadoras o material de trabajo y seis de cada diez padecen la falta de profesores. Además, tres de cada diez provienen de los hogares de menores ingresos, la proporción más alta entre todos los países evaluados.

Los malos resultados en PISA 2025 son el reflejo de años de desigualdad social acumulada. Más allá de los problemas de gestión, este deterioro se debe a que México ha funcionado en la economía mundial principalmente como proveedor de mano de obra barata y recursos, y no como un centro exportador de patentes de conocimiento y tecnología. Cuando la economía no exige ni recompensa el conocimiento avanzado, se reducen los incentivos para invertir en escuelas de calidad. Sin embargo, esto no es un destino inevitable. Vietnam (que tiene un Estado más social en la práctica), con un nivel de riqueza por habitante parecido al de México, obtiene resultados mucho mejores en PISA, con más de dos tercios de sus alumnos alcanzando un buen nivel. Vietnam demuestra que, si el Gobierno decide tratar a la educación como una prioridad nacional, se pueden superar los obstáculos económicos. En México, por el contrario, la división de la enseñanza en escuelas para ricos y pobres sólo ha abierto más la brecha entre quienes aprenden lo básico y quienes se quedan atrás.

En este contexto, la llegada de la IA empeoró la pérdida de hábitos de lectura que ya existía en Occidente. Entre 2018 y 2025, se duplicó la cantidad de jóvenes que leen a la carrera sin comprender lo que leen, perdiendo la capacidad de pensar críticamente y comparar información. Según la OCDE, a los estudiantes que mejor les va es a aquellos que no usan la IA para hacer sus tareas o que la emplean con la supervisión de sus maestros; en cambio, usarla de forma desmedida y sin supervisión provoca una pérdida de hasta 20 puntos en ciencias (el equivalente a un año escolar). La IA no creó el problema: sólo puso en evidencia las fallas que ya existían.

En contraste, el ejemplo de China muestra una realidad totalmente distinta. Las regiones evaluadas por PISA (Pekín, Shanghái, Jiangsu y Zhejiang) consiguieron las puntuaciones más altas del mundo en ciencias y matemáticas, con 597 y 612 puntos, y el 55.5 por ciento de sus alumnos alcanzó un nivel de excelencia, comparado con el 11.9 por ciento de la OCDE. Menos del 10 por ciento de los estudiantes se distrae con teléfonos o pantallas en clase, frente al 28 por ciento global. En lugar de enfocarse sólo en unos cuantos, el sistema chino busca elevar el nivel de la mayoría: ve la educación como un pilar fundamental del país, no como un negocio. Invierte en los maestros, frena las distracciones digitales y le da prioridad a las ciencias. Los logros alcanzados demuestran que el declive de Occidente dista de ser un destino ineludible; responde, más bien, al impacto directo de decisiones políticas erróneas.

En las potencias capitalistas, en cambio, los gobiernos han sido muy eficientes para frenar a los sindicatos de maestros, privatizar servicios escolares, imponer exámenes estandarizados y frenar las protestas sociales; pero al mismo tiempo muestran una incapacidad total para financiar escuelas públicas de calidad, mandar buenos profesores a las zonas más pobres o dotar de Internet e instalaciones dignas a las comunidades marginadas. No es un Estado incapaz: es un sistema que funciona bien para los grandes intereses económicos y mal para la gente común. De ahí la gran pregunta que nos deja el modelo chino: ¿a quién están sirviendo realmente los gobiernos?

Esa diferencia explica por qué los países occidentales siguen desarrollando tecnología de punta mientras descuidan sus aulas, y por qué países como México mantienen la desigualdad con empleos que no requieren alta preparación. La IA no empezó esta crisis: sólo dejó al descubierto décadas de falta de presupuesto, mercantilización y olvido de la enseñanza pública. Al encontrarse con jóvenes a los que ya les costaba concentrarse y analizar textos, la IA actuó como un amplificador del problema, no como la causa principal.

Por lo tanto, la solución para México no está en hacer más estudios técnicos, sino en organizarnos para exigir que el Estado deje de favorecer a unos cuantos y asuma la educación pública como una prioridad verdadera. No alcanzan los parches al presupuesto ni las reformas superficiales: se necesita una clase trabajadora organizada que entienda que la educación de calidad no es un favor, sino un derecho fundamental que le permitirá vivir mejor, socialmente, en el mediano plazo. Sin esta exigencia, la mayoría no sólo quedará al margen del avance tecnológico, sino que terminará atrapada en el uso de herramientas como la IA sin las capacidades críticas necesarias para defender sus derechos y construir un futuro digno: sin pobreza y sin ignorancia. 


Escrito por Marco Aquiáhuatl

Licenciado en Historia por la Universidad de Tlaxcala y Licenciado en Filosofía y Letras por la UNAM.


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