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Deportes
Fortalecer la inclusión de la mujer en el deporte
Fortalecer el deporte femenino no debe considerarse un gasto, sino una inversión estratégica para el desarrollo social, la salud pública y el futuro de México.


Para comprender cómo la participación de la mujer ha sido reprimida desde tiempos antiguos debemos analizar el asunto históricamente y entender que el deporte obedece a un proceso histórico, es decir, que ha estado en constante transformación.

Remontémonos, primero, a la antigua Grecia, desde donde se observa el camino de discriminación, desigualdad social y sexismo que perduraría varios siglos en el deporte. En el año 776 a. C. se organizaron los primeros Juegos Olímpicos en honor a Zeus para destacar la fuerza y habilidades bélicas del hombre. En cambio, las mujeres no tuvieron ninguna participación, ya que no las creían capaces de efectuar ese tipo de actividades y únicamente fueron espectadoras; pero solamente las solteras, ya que las casadas sufrían más prohibiciones.

En esta época, las mujeres eran socialmente vistas como un objeto estético debido a su sensibilidad y delicadeza; un claro ejemplo son las Olimpiadas, “inspiradas” en la deidad Niké, la diosa de la victoria. Solamente en Esparta, las mujeres practicaban gimnasia y atletismo con los hombres; mientras que en la Edad Media surgieron la equitación y la caza, pero las mujeres de “clase alta” únicamente podían practicarlas de forma recreativa, no como deporte.

En 1894, los Juegos Olímpicos modernos, organizados por Pierre de Coubertin, se aseguraron de que las mujeres no participaran; pues este personaje creía que no eran capaces de competir en el mismo nivel que los hombres.

Sin embargo, estos episodios históricos demuestran cómo el deporte ha evolucionado y, de la misma forma, evolucionaron las prohibiciones para las mujeres. Primero, al menospreciar su capacidad física y mental para participar en los Juegos Olímpicos y al privatizar el acceso y negar la entrada al sector femenino. Segundo, refleja la lógica capitalista, que justifica la privatización de derechos básicos y convierte el acceso al deporte en un símbolo de estatus y no en un bien común.

Fue sólo hasta finales del Siglo XIX, en Europa y América, cuando surgieron movimientos promotores de la participación deportiva de las mujeres: por ejemplo, la Federación de Sociedades Femeninas, encabezada por Alice Milliat en Francia, organizó los primeros Juegos Mundiales Femeninos.

Una vez que los eventos deportivos importantes fueron abiertos a las mujeres, también se generaron las condiciones para su cooptación por el mercado capitalista, por ejemplo: en Estados Unidos, muchas empresas transformaron su estrategia de marketing para incluir a mujeres en sus publicidades y crear productos especiales para este público.

A pesar de los avances logrados, la lucha por la equidad de género continúa como una tarea pendiente en la actualidad. Las mujeres todavía enfrentan obstáculos, particularmente en el deporte de alto nivel. El Módulo de Práctica Deportiva y Ejercicio Físico (Mopradef) del Instituto Nacional de Estadística y Geografía señala que, en 2024, solamente el 36.8 por ciento de las mujeres mayores de 18 años realiza actividad física, mientras que los hombres alcanzaron el 46 por ciento.

Sin embargo, también existen avances significativos. En los Juegos Olímpicos de París 2024 se alcanzó, por primera vez en la historia moderna, la paridad de género entre los participantes, con cinco mil 250 atletas mujeres y cinco mil 250 atletas hombres. Este hecho representa un importante paso hacia la igualdad y simboliza el cierre de una larga etapa de exclusión.

Es importante aclarar que la lucha por la igualdad en el deporte no es contra los hombres ni una competencia para demostrar superioridad entre géneros. El objetivo es un cambio social, pues quien maneje los medios de producción, controla las ideas dominantes sobre la sociedad; sin embargo, aún le queda vida a este sistema, así que es difícil impulsar diversas medidas.

En primer lugar, México debería destinar al menos uno por ciento de su Producto Interno Bruto (PIB) al deporte escolar, popular y comunitario, y seguir los ejemplos de países como Finlandia, Suecia e Islandia. En segundo lugar, deben garantizarse las mismas oportunidades de acceso a becas, apoyos e infraestructura deportiva para mujeres y hombres. Finalmente, el Estado debe asegurar que todas las niñas accedan gratuitamente a instalaciones deportivas de calidad, entrenadores capacitados y programas integrales de formación física.

Fortalecer el deporte femenino no debe considerarse un gasto, sino una inversión estratégica para el desarrollo social, la salud pública y el futuro de México. Una sociedad que brinda igualdad de oportunidades en el deporte contribuye también a edificar una sociedad más justa e incluyente. 


Escrito por Ingrid Conde Nabor

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