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Brújula
La cultura del mínimo esfuerzo
La justicia social no significa pasar de año a los estudiantes o regalarles calificaciones, sino otorgar igualdad de condiciones para que nadie se quede sin preparación de calidad.


La crisis en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), que se manifestó en las trampas realizadas durante el examen de admisión virtual, sólo deja entrever que existe algo más de fondo, sobre todo porque se trata de la mayor casa de estudios del país y cuya seriedad hoy se cuestiona. Pero no la tienen fácil las instituciones cuando todos somos testigos de cómo la disciplina se ha relajado. Los últimos gobiernos han insistido tanto en que la preparación no es algo importante; no solamente lo han manifestado de viva voz, sino que han dado muestras de ese desprecio hacia la exigencia académica, el espíritu crítico y el pensamiento científico.

En más de una ocasión, el gobierno ha optado abiertamente por la chamanería y superstición sobre la realidad y la razón. Todavía se recuerdan los bailoteos de la maestra Ana María cuando explica, durante una conferencia mañanera, en qué consiste la Nueva Escuela Mexicana, donde se burla de que sacar 10 carece de valor; ni qué decir de lo declarado por el expresidente en torno a que gobernar no requiere mucha ciencia o sus palabras durante la contingencia de la pandemia de Covid-19, de que no era contagioso. Y así ejemplos sobran.

Entonces, se ha privilegiado y convertido en política educativa la cultura del mínimo esfuerzo desde la primaria hasta la universidad. El mandato de que los alumnos no pueden reprobar el año escolar y que no requieren méritos académicos para la escolta son muestras de ello en el nivel básico; pero sucede lo mismo en las universidades, sobre todo en las estatales: bajo los criterios de cumplir con los indicadores, se exige a los maestros que ya no haya reprobados. Si algún docente pretende aplicar un criterio de mayor exigencia académica, es presionado o ya no se le contrata.

Para las autoridades educativas es más fácil abrir universidades patito que dotar de verdadera infraestructura moderna a las universidades ya existentes, y en brindar condiciones como alimentos, becas y hospedaje para que los estudiantes se dediquen cien por ciento a dominar la ciencia. La justicia social no significa pasar de año a los estudiantes o regalarles calificaciones, sino otorgar igualdad de condiciones para que nadie se quede sin preparación de calidad.

En ese sentido, nada nuevo hay en la propuesta educativa actual, todo lo contrario: parece una carrera sin freno al despeñadero. Por si fuera poco, se ha degradado tanto la carrera profesional que sistemas completos de universidades no exigen ya el examen profesional: basta con que el estudiante realice un informe técnico para salir con título en mano. ¡Feliz, claro, por haberse titulado!; pero sale como profesionista mediocre. El problema es que todo ello trasciende en la realidad y se vuelve grotesco.

Así, tenemos estudiantes que prefieren hacer trampa en los exámenes a aprender y ciudadanos que buscan cualquier oportunidad para delinquir. Seudoprofesionistas que plagian sus tesis, cuyos puentes se caen, las carreteras nuevas se agrietan, las vías del Tren Maya improvisadas y que ya han costado vidas humanas; la irresponsabilidad oficial ante los millones de fallecidos en la pandemia de Covid-19. En ese tenor del mínimo esfuerzo, miles de funcionarios deambulan por las oficinas de gobierno gracias al llamado palancazo: secretarios de Estado sin preparación; ni qué decir de ministros del Poder Judicial; y tanto, pero tanto es el problema, que pueden convertirse en presidentes de la República. ¡Válgame Dios! 


Escrito por Capitán Nemo

COLUMNISTA


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