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Brújula
Los agradecidos
Los índices de pobreza y marginación se concentran precisamente en la población indígena.


Los mexicanos ya podemos dormir tranquilos porque la justicia ha llegado. Por fin, después de más de 500 años, se ha encontrado la solución a la humillación, discriminación y olvido de los pueblos originarios. Así como lo oye, estimado lector, debemos estar agradecidos, pues con bombos y platillos se ha anunciado que el Paso de Cortés ya no se llamará de esa manera tan ofensiva; y desde ahora se le conocerá como el Paso de los Pueblos Indígenas. Esta acción se suma a otras muchas de igual importancia y trascendencia como buscar la cara de los Reyes de España para que se disculpen públicamente, o decir que el sitio de la noche triste es la noche de la victoria de los pueblos originarios. ¡Sí, excelente! Pero, ¿y las acciones reales para dotar de infraestructura, servicios, salud, vivienda a las comunidades indígenas? Alguien que explique a los últimos nahuatlatos, totonacos, zapotecos, chontales, etc., que su suerte ha mejorado.

Lo cierto, y ya no es sarcasmo, es que los índices de pobreza y marginación se concentran precisamente en la población indígena. La marginación es de las más altas, y la pobreza resulta extrema, las familias viven con hambre de forma habitual. En las serranías más inhóspitas quedaron replegados, aislados y abandonados de la política oficial. Ahí, donde es muy difícil la atención médica, donde, en el mejor de los casos, existe un centro de salud con una enfermera o un doctor pasante; padeciendo enfermedades derivadas de la pobreza, diarreas, parásitos que, aunque son curables, se tornan fatales en un ambiente de pobreza extrema. Sin caminos transitables que en tiempo de lluvias se convierten en verdaderas trampas con deslaves o piedras cayendo de los cerros. Las casitas también muy precarias, vulnerables a la naturaleza, con un solo cuarto que sirve de cocina y recámara para todos los miembros de la familia. Una vida así también está llena de violencia. Cada día representa una lucha por la supervivencia, los miembros de la familia se incorporan al trabajo desde temprana edad, ya sea en la parcela o como jornaleros en otras fincas; pero el trabajo del campo siempre es mal pagado y la siembra de autoconsumo no alcanza para alimentar a la familia. La realidad es grotesca.

Sin embargo, hay toda una ralea de pseudo-defensores de la vida indígena que se llenan la boca elogiando los saberes ancestrales de los pueblos originarios, romantizando a un plano idílico la vida cotidiana de sus habitantes, llevando sus rituales al folklor político y que, lejos de ayudar con ello, condenan más a sus habitantes a la marginación y a la pobreza; ya que, desde esa lógica: ¿por qué cambiar la vida de los indígenas si son tan felices? Porque es muy fácil arreglar la penosa realidad de nuestros pueblos desde el escritorio y a través de un discurso. Sí, es mucho más fácil y mucho más barato.

Y claro, con el discurso también el político que lo emite se convierte en un paladín de la justicia, una persona defensora de los derechos indígenas; y para ser más convincente, no dudará ni tantito en ponerse una camisa artesanal o una guirnalda de flores, incluso puede adornar su discurso con algunas palabras en la lengua materna perteneciente a los pueblos originarios, es decir, vestir como pueblo, hablar como pueblo; y ya una vez conseguida su raja política, regresar a su residencia exclusiva, con su escolta y carro del año, seguro para tomar un merecido descanso; y como quien se ha disfrazado de oveja siendo un lobo, se despoja de sus atuendos gozando su proeza. 


Escrito por Capitán Nemo

COLUMNISTA


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