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Brújula
El regreso a clases
El problema para los padres de familia consiste en sostener los estudios de los hijos, pero con trabajos precarios e inestables en el mercado laboral, poco se puede hacer.


Un nuevo ciclo escolar comienza; más de 23 millones de estudiantes regresan a clases. Los primeros días son caóticos, las prisas, arreglar a los hijos para la escuela, preparar el lonche, preparar el desayuno; en el medio rural, la escuela está relativamente cerca; pero en las colonias populares regularmente se toma el transporte público o bien, cuando se lo permiten los tiempos, los padres llevan a los hijos en el automóvil familiar. Con el regreso a clases, la economía se reactiva y se observa el movimiento desde temprano a la hora de salida. Los comerciantes y transportistas venden más; pero no todos los padres de familia enfrentan la situación con el mismo optimismo; para muchos de ellos, los pertenecientes a los deciles más bajos, se convierte en un verdadero sacrificio cada vez que inicia un ciclo escolar. Ningún padre es malvado, cada uno desea lo mejor para los hijos; y el hecho de verlos yendo a la escuela les ofrece al menos la esperanza de que, en el futuro, su vida sea diferente al cúmulo de necesidades que actualmente padecen.

En la semana previa al inicio aumentan los gastos; éstos van desde los uniformes, mochila, zapatos, útiles escolares y la colegiatura que, para los hogares que están al día, significan un verdadero predicamento; más cuando cada hogar tiene, por lo menos, dos estudiantes, los pone en la disyuntiva de ocupar el dinero destinado a los alimentos de la semana o para los útiles escolares. Y es que, con precios tan altos, se requieren unos cuatro mil pesos por cada hijo para que regresen con lo mínimo necesario a las aulas.

El problema para los padres de familia consiste en sostener los estudios de los hijos, pero con trabajos precarios e inestables en el mercado laboral, poco se puede hacer. Aun cuando se publicite que, con el aumento del salario mínimo, los trabajadores ganan más, en la realidad grotesca que viven las familias, la mayoría gana menos de un salario mínimo. Por ello, padre y madre deben trabajar, pero el hijo mayor también. Mientras que los miembros de la familia cuentan con un trabajo, los hijos menores siguen estudiando; con la amenaza permanente que significa tener un empleo temporal o informal.

El riesgo de no estudiar para los hijos de las familias de estos deciles resulta elevado, porque cuando los padres se quedan sin trabajo, la escuela para los hijos termina, así como los sueños de una vida mejor. Si los gastos diarios para sostener el hogar se incrementan, los gastos escolares también. Si bien se ofrecen becas en el nivel básico, éstas siempre resultan insuficientes para solventar las necesidades académicas de los estudiantes. Los apoyos pueden dar un respiro, pero es momentáneo, además que no todos los estudiantes reciben este apoyo.

La única forma sostenible para que los padres de familia puedan enfrentar las necesidades escolares y las del hogar, consiste en que efectivamente el salario crezca en términos reales y no ficticios al tamaño de sus necesidades. Además de una política educativa que priorice el gasto público para que mejore sustancialmente la infraestructura, los comedores y las tecnologías en los diversos niveles educativos. La única responsabilidad de niños y jóvenes debería ser la de estudiar de forma exhaustiva y dominar la ciencia y la técnica; y el Estado debería garantizarles este derecho; porque hasta ahora únicamente ha puesto remiendos que poco ayudan en ofrecer las mismas oportunidades a niños y jóvenes. Por ello, no debería sorprendernos que, en esta loca carrera por salir adelante, de cada cien niños que inician la primaria, sólo una decena llegará a ser profesionista. Porque la injusticia está presente en cada regreso a clases. 


Escrito por Capitán Nemo

COLUMNISTA


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