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Historia
La solidaridad de Sheinbaum: el abismo entre dar y pedir
En el discurso, Sheinbaum Pardo invoca la unidad nacional; en la práctica, su partido y sus funcionarios generan división.


En días recientes, Claudia Sheinbaum Pardo llamó a los partidos políticos y a la sociedad civil a solidarizarse ante las muertes y los abusos que sufren los migrantes mexicanos en Estados Unidos. El llamado me parece correcto. La ofensiva del gobierno de Donald Trump no apunta sólo contra Morena o la “Cuarta Transformación”, sino contra los trabajadores mexicanos y más ampliamente contra el país entero. No hablamos apenas de casos aislados de persecución, cárcel o violencia, sino de una política deliberada para intimidar a millones de migrantes y aumentar la presión sobre nuestro país. Cada mexicano perseguido por trabajar del otro lado de la frontera es también el rostro de una nación subordinada, económica y políticamente, a los intereses estadounidenses. Ante semejante afrenta, las diferencias partidistas no deberían impedir una respuesta común en defensa de nuestros compatriotas y de la dignidad nacional.

Sin embargo, la convocatoria presidencial exhibe una contradicción difícil de ignorar. La Presidenta pide a partidos, organizaciones y ciudadanos que dejen sus diferencias para respaldar una causa común, pero su gobierno y su partido no muestran la misma disposición frente a quienes se organizan para exigir soluciones internamente. Para Morena, la solidaridad parece una obligación de los demás hacia el gobierno y no una responsabilidad del gobierno hacia la sociedad. En el discurso, Sheinbaum Pardo invoca la unidad nacional; en la práctica, su partido y sus funcionarios generan división, pues las demandas colectivas de partidos, organizaciones y grupos de la sociedad civil son recibidas con soberbia, indiferencia, descalificaciones, incluso calumnias. No se trata de que los funcionarios acepten automáticamente cada petición, sino de que escuchen, dialoguen y respondan con argumentos y buena voluntad. La solidaridad, en suma, no puede ser unilateral.

Esa falta de reciprocidad se nota en el trato que reciben muchos sectores organizados. Las madres buscadoras reclaman apoyo, seguridad y resultados, y casi siempre cargan solas con la búsqueda de sus familiares. Los campesinos exigen precios justos, agua y respaldo productivo; los transportistas, seguridad en las carreteras; los estudiantes, aulas, casas del estudiante, subsidios y respeto a sus derechos. Tampoco hallan apertura las comunidades que se oponen a los megaproyectos por sus efectos ambientales, territoriales o sociales. Y están las colonias y organizaciones populares que piden vivienda digna, agua potable, drenaje, pavimentación, clínicas, medicamentos. Nada de esto son caprichos ni privilegios, sino necesidades colectivas. Aun así, en cuanto estos grupos se organizan, protestan o exigen respuestas, la solidaridad oficial desaparece.

Ahora bien, conviene examinar también por qué organizaciones, partidos y amplios sectores de la sociedad civil muestran poca disposición a solidarizarse con el gobierno de la Presidenta y que se puede explicar, en buena medida, por la flamante política de “entrega de apoyos sin intermediarios” instaurada por Andrés Manuel López Obrador. En teoría, la medida buscaba evitar abusos, clientelismo y desvío de recursos; en la práctica, también sirvió para desacreditar a organizaciones populares, estudiantiles y vecinales que gestionan demandas comunes. La palabra “intermediario” ya se convirtió en una acusación fácil que no requería pruebas como si, por sí misma, toda representación colectiva fuera corrupta o ilegítima.

Por eso, aunque el llamado de Claudia Sheinbaum sea justo, pierde fuerza cuando proviene de un gobierno que pide una solidaridad que no está dispuesto a dar. No se trata de minar la unidad nacional frente a los abusos de Trump, sino de construirla sobre bases firmes y recíprocas. La Presidenta no puede pedir respaldo a partidos, organizaciones y ciudadanos mientras desprecia, divide o calumnia a quienes luchan por resolver justas necesidades colectivas. La solidaridad no es una consigna para momentos de crisis, sino una relación política que debe demostrarse y construirse todos los días. Quien quiera recibirla, debe empezar por aprender a darla. 


Escrito por Dante Montaño Brito

Licenciado en Ciencias de la Comunicación por la UNAM.


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